02/09/2026
Querido Hermano Templario, considera cómo Dios, Trino y Uno, esculpió al hombre con el fuego de su propia imagen y semejanza. Le insufló un alma donde arde esa esencia divina, un reflejo absoluto de su supremo intelecto y de sus perfecciones más sagradas. Seis son las grandezas; hoy nos consumiremos en las tres primeras:
La primera llama de nuestra alma es que, al igual que Dios es espíritu puro, invisible a la carne, indivisible, omnipresente, sosteniendo la vida y el pulso del universo, nuestra alma es también espíritu invisible que habita el templo del cuerpo. Entero está en los ojos, en las manos, en cada rincón de nuestra carne, sosteniendo su movimiento. ¡Sin este aliento, la carne se desmorona y vuelve al polvo! ¡Es imperativo que este espíritu, con cada fibra de nuestro ser, se convierta en fuego vivo para bendecir y glorificar al Creador!
La segunda cumbre es su inmortalidad. Tal como Dios permanece eterno e independiente aunque el mundo perezca, nuestra alma desafía la muerte. Cuando este frágil envoltorio corporal se desvanece en la tierra que lo vio nacer, el espíritu no muere; se eleva inquebrantable hacia Dios para recibir la justicia de sus merecimientos.
La tercera y más alta cumbre revela que nuestra alma, siendo una, encierra el misterio trinitario en tres potencias sagradas: el entendimiento que cruza los cielos y la tierra, la memoria que resucita el pasado haciéndolo presente, y la voluntad que arde amando u aborreciendo. Así como el Padre engendra al Verbo por el conocimiento y el Espíritu Santo brota del amor mutuo, nuestra alma, al contemplar a Dios, engendra un concepto santo y enciende un amor puro que la diviniza.
¡Aquí reside el corazón de nuestra grandeza, como bien proclamaba Santo Tomás!
Hermano, vive combatiendo sin tregua cada segundo por abrazar esa semejanza divina. ¡Qué absurdo, qué doloroso es que, habiendo sido forjados a fuego por un Padre tan benignísimo, elijamos arrastrarnos lejos de su luz!
FTAT. NNDNN 🌹❤🌹