23/05/2026
Hace unos momentos acabamos de ser testigos en nuestra Iglesia de un hecho que demuestra con tristeza hasta dónde llega la desesperación de nuestro pueblo.
Una madre con su hijo robó un ventilador de un puesto de ventas y se dieron a la fuga. Entregó el ventilador a su hijo pensando que podría escapar más aprisa de todos los vecinos que se unieron para rescatar lo robado.
Finalmente, fue recuperado.
Y la madre y su hijo huyeron sin más consecuencias que el escándalo y el malestar provocado, gracias a Dios.
Muchos gritaban que había que haberla golpeado o apresado o encarcelado, "es lo justo".
Pero, hermanos:
¿Cuánta desesperación debe sentir ya una madre para robar un ventilador recargable para su hijo?
¿Cuán incapaz y sin opciones se debe ver una madre para involucrar a su hijo en un robo a plena luz del día y delante de todos?
Quizás con la esperanza de no ser descubiertos y de que su hijo duerma hoy en medio del triste y seguro apagón con un poco de aire, que si bien no logrará refrescarle completamente, al menos le ayudaría un poco.
El sabio de Proverbios nos advierte de una realidad peligrosa para nuestra nación: una persona a quien se ha empobrecido puede, en su desesperación, robar y cometer otros delitos más graves.
«No me des pobreza ni riquezas; mantenme solamente con el pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios.»(Proverbios 30:8-9)
Un padre que ve sufrir, pasar hambre, calor o falta de sueño a sus hijos ( o todo esos sufrimientos y más, juntos a la vez) y que su salario no le alcanza para comprar las cosas básicas que dignamente con su trabajo debía tener, puede llegar a convertirse en ladrón.
Hace mucho tiempo, la filosofía, la psicología, y en especial la palabra del Señor, nos han despertado al hecho de que es deber de una sociedad garantizar el acceso pleno a la riqueza, o al menos al sustento, o de lo contrario puede pasar, y ha pasado, que incluso personas honestas y de bien se transformen en delincuentes para sobrevivir o ver sobrevivir a las personas que aman.
Siguen siendo delitos sin excusa y dignos de justicia; pero son una alerta para nosotros, cuando nuestro pueblo se ve en la miseria más desesperante.
Nuestro deber como hijos de Dios es, en primer lugar, orar, denunciar la injusticia y también seguir compartiendo con los necesitados, que en este caso somos todo el pueblo, por lo que es más necesario que nunca que nos amemos unos a otros y mantengamos la cubanía de compartir hasta un poquito de azúcar si nuestro prójimo no tiene con que endulzar su café... o su día.
«No digas a tu prójimo: Ve, y vuelve, y mañana te daré; cuando tienes contigo qué darle.» (Proverbios 3:28)
"Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad." (1 Juan 3:18)
Nuestro consuelo más grande es que tenemos y debemos seguir compartiendo con nuestro pueblo, la buena noticia del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo y que sigue siendo el mejor y el más oportuno mensaje para aquellos que viven sin esperanza y sin Dios en el mundo (Efesios 2:12)... y en Cuba 2026.
«¡Oh Jehová, Dios de los ejércitos, restáuranos! Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.» (Salmo 80:19)