09/09/2025
Homilía
Fiesta de la Virgen de la Caridad
8 de septiembre de 2025
P. Jorge Luis Gil Orta
Con dos velas en las manos los cubanos de la isla celebramos hoy la Fiesta de la Virgen Madre.
Dos velas y un solo corazón. Dos llamas que se encienden para iluminar el cuerpo y el alma, la habitación oscura y el rostro de la Virgen de la Caridad. Dos velas que reflejan a un tiempo la desgracia y la esperanza de este pueblo. Dos luces que se unen en un mismo sentir, que iluminan una misma vida y que aspiran a ser vista desde arriba, desde el cielo, desde donde se espera alcanzar la salvación.
Serán miles los hogares cubanos donde esta noche ambas velas unirán su luz en un mismo resplandor. Y compartiendo espacio en un mismo salón habrá incertidumbre, miedo y desolación, junto a la fe, la paz, la esperanza y la confianza en Dios.
Una vela habla de apagón, de agobio, de cansancio, de represión política, de colapso económico, de emergencia humanitaria y de emigración, la otra, la otra es más noble, la otra habla de confianza, de paz, de seguridad, de refugio bajo el manto protector.
Y con esas velas encendidas y con ese resplandor se iluminan ambos rostros, el de la madre que mira, escucha, intercede y acompaña, y el del cubano que suplica, que agradece, que busca respuestas y que recibe el amor maternal.
¿Y los otros, los que se fueron, los que ya no tienen apagón? ¿Ellos también prenden velas y se dejan mirar? Basta conocer algunos para entender. No importas donde estén, allí donde hay cubanos hoy se encienden velas a la Virgen de la Caridad.
María nos mira, nos escucha a todos, nos acompaña en este peregrinar que, para unos, sabe a tierra amada junto a miles de problemas y, para otros, sabe a conquistas de pan y libertad junto a la añoranza de lo quedó atrás.
Hoy es un día hermoso, es un día, para festejar esa gran alegría de contar con una Madre común, una intercesora que se nos presentó bajo el bello nombre de la Virgen del Amor, o lo que es lo mismo, la Virgen la Caridad.
Es un verdadero privilegio y es un regalo inmenso que, a esta isla pequeña, llena de contrastes, desde hace más de cuatrocientos años, llegara, para quedarse, la bendita imagen de la Virgen Madre de Dios.
Cuanta historia compartida, cuantas lágrimas secadas, cuanta intercesión, cuanta gratitud y cuanto amor caben en estos cuatrocientos años de relación entre una madre y sus hijos de varias generaciones.
No hay más que recordar cómo llegó y quienes la encontraron flotando en aquella tabla en medio de la bahía de Nipe. Fueron los tres juanes, tres hombres cuyos rostros, acento y color de la piel, testificaban la complejidad, el mestizaje y la riqueza cultural de este pueblo. Tres hombres y un mismo bote. Tres realidades, pero una misma Cuba que le abría sus puertas a aquella imagen bendita que llegaba a nuestras costas en medio de un mar revuelto con su manto, con su hijo y con su cruz.
No hay más que recordar la historia de nuestros mambises que llevaban en sus sombreros una cinta con la medida de la Virgen buscando protección y que a sus pies encomendaron el inicio y el final de las guerras de independencia.
No hay más que recordar cómo la Virgen entró en la cultura de este pueblo, en el arte, en la música, la pintura y el cine, en los nombres de los cubanos, en las salas de las casas, en las tumbas de los cementerios y en las cunas de los niños al nacer.
No hay más que recordar cómo la medalla de la Virgen bajó de la Sierra Maestra adornando el pecho de los barbudos y como la persecución religiosa que se vivió después, no pudo lograr que se apartara a los hijos de su madre celestial.
No hay más que recordar cómo la imagen de la Virgen recorrió, hace unos pocos años, los pueblos, los campos y las grandes ciudades de esta isla, siendo aclamada, venerada y aplaudida por millares de cubanos que salieron a su encuentro.
No hay más que ir al Cobre y ver los exvotos que durante generaciones han dejado allí los hijos de esta tierra como señal de gratitud y de amor.
No hay más que ir a la Ermita de la Caridad en Miami, y ver cómo los cubanos acuden incesantemente al encuentro de la Madre que les une y que les ayuda a mantener su identidad.
No hay más que constatar cómo la Virgen, junto con la bandera, el himno y el escudo es ante los ojos del mundo reconocida como un símbolo de nuestra nación.
Son cuatrocientos años, en los que la Caridad y su pueblo se han profesado y dispensado cercanía y amor.
Y así llegamos hasta hoy, hasta este hoy de nuestra historia nacional, hasta esta celebración del 8 de septiembre con nuestras dos velas, una para la Virgen y la otra para el apagón. Dos velas, dos luces que se hacen una para iluminar la habitación y el corazón que se aferra a la fe.
Una representa lo peor, la encendemos por necesidad, la encendemos con rabia porque, aunque la odiemos, no nos queda otra opción. La encendemos con la esperanza de no perder la última posibilidad de tener un ripio de luz en medio de tanta oscuridad que trae el apagón, en medio de tanta miseria, inflación, hambre, falta de medicinas y seguridad, en medio de tanta injusticia y represión, en medio de tanta censura y falta de libertad. La encendemos, aunque la odiemos porque ilumina la silla vacía de nuestros seres queridos que se han tenido que marchar huyendo de su mediocre iluminación. La encendemos como un modo de sobrevivencia y resignación ante tanto abandono y soledad. La encendemos para darle un poco se luz a la frustración de no ver cambios económicos, políticos y sociales que nos devuelvan la ilusión de una Patria alegre, acogedora y próspera, la esperanza de un futuro mejor.
La otra vela representa la fe, y la encendemos por amor. La encendemos libremente porque con ella queremos honrar a esa que nos acompaña en medio del sufrimiento, que nos alienta en nuestros avatares y que nos hace alzar los ojos y hacia Dios. La encendemos para iluminar el rostro de la Virgen que nos trae en sus brazos a Jesús. La encendemos porque al hacerlo nos sentimos menos solos, menos cansados, menos frustrados y perdidos. La encendemos porque sabemos que María nos entiende porque ella también sufrió a causa de la miseria y la injusticia de los hombres, ella también conoció el exilio y la persecución, tuvo preso a su hijo y lo cargó mu**to en sus brazos cuando lo bajaron de la cruz. La encendemos porque ella nos enseña a mantener viva la esperanza y nos alienta a creer y a confiar en Dios.
Con nuestras dos velas encendidas en el día de hoy le pedimos a la Virgen que nos libre de la desesperanza y de la frustración, que nos libre del conformismo y de la indolencia, que nos libre de los prejuicios ideológicos, del victimismo y de la falta de libertad.
Le pedimos que podamos mirar al futuro con optimismo y determinación. Le pedimos que nos ayude a reconciliarnos y a poner por delante la verdad, la justicia, la solidaridad y el amor.
Con nuestras dos velas encendidas, llevemos al tiempo presente, y hagamos nuestras hoy las estrofas del himno de la Virgen de la Caridad:
Cuando el llanto es el pan de tus hijos
y su vida terrible ansiedad,
eres tú, dulce Madre, la estrella,
que anuncias la aurora de paz.
No abandones ¡oh! Madre, a tus hijos,
salva a Cuba de llantos y afán,
Y tu nombre será nuestro escudo,
nuestro amparo tus gracias serán.
Amén