07/06/2026
“La elección de hoy ya no es entre violencia y no violencia. Es la no violencia o la no existencia”
—Martin Luther King Jr.
(Citado por J. Butler en La fuerza de la no violencia)
Por estos días de ansiedades y frustraciones contenidas dentro de una ya medio pálida esperanza —no negociable por razones obvias—, leía un libro de Judith Butler: La fuerza de la no violencia.
Aunque aún no he podido pasar de la página veinte, me golpearon sus palabras sobre la necesidad de abrazar primero la semántica de conceptos como "violencia versus no violencia" como paso inicial para convertirlos en causas. Confío en que su libro me salve de seguir restringiendo esa esperanza que hoy fenece poco a poco en cada persona —y quién sabe si también en algunos animalitos— que vive, o más bien sobrevive, en este archipiélago cubano tan querido, tan vilipendiado por muchos (incluyendo a un buen número de sus hijas e hijos), tan avasallado por los poderosos de todos los tiempos desde que el señor Colón dijo que era la tierra más hermosa que ojos humanos habían visto.
Lo primero que hicieron: aniquilar a nuestros aborígenes y casi borrar su cultura. Solo Dios sabe qué historia habríamos construido si los hubieran dejado vivir y hacer, si les hubieran permitido existir. El asunto es que, desde entonces hasta hoy, todos los grandes imperios de la historia han querido controlar este enclave de tierra para su conveniencia. Y cuando digo todos, me refiero a todos, incluyendo a esos que mi generación definió como "los rubios buenos que fabrican malo", en oposición a "los rubios malos que fabrican bueno".
Toda esta introducción —que puede ser solo un ejercicio de calentamiento o una catarsis a medias— la escribo porque, leyendo a Butler, la única neurona que me queda despierta después de una noche de apagón, calor insoportable, ventiladores recargables sin carga por otro apagón (como muchas y muchos de mis compatriotas conocen de primera mano, probablemente muchos sin el ventilador recargable descargado), esa triste y angustiada neurona comenzó a buscar la dendrita que aún le funciona para entender de golpe lo que llevo años preguntándome: por qué tanto odio contra este pueblo, que casi nunca se ha fajado con nadie, salvo en la búsqueda de su tan añorada independencia.
No me refiero al odio de los imperios, porque esos se levantan sobre la arrogancia de creer que el resto del mundo es su vertedero de mi**da (pido excusas otra vez por mi francés). El que no me explico es el de los que nacieron aquí y, aunque les pese, deben tener un pasaporte azulito con letricas que dicen "República de Cuba".
Y mucho, mucho, mucho menos entiendo el de esos cubanos y cubanas que hoy, desde sus aires acondicionados y sus neveras con la comida que pueden comprar según su nivel de vida, con electricidad y otras necesidades básicas cubiertas con mayor o menor dignidad, piden una invasión para su gente, más sanciones económicas (que saben bien solo afectan a los más vulnerables —si es que quedan muchos entre los "no" vulnerables—) y hasta hacen fiesta porque las cadenas hoteleras se van del país y sus políticos de mi**da (de nuevo, excusas) siguen diciendo mentira tras mentira en su democracia de mi**da (ídem).
¿Cuál es el gran pecado que hemos cometido para que este pueblo generoso, alegre, solidario y con tantas otras virtudes de nuestra identidad merezca ese castigo colectivo que ya va tomando carácter de genocidio?
Tengo que reconocer que no lo entiendo. Pero más que el odio irracional de esas personas, me desconcierta el de los que van a la iglesia los domingos, especialmente los que fueron hijos e hijas de las comunidades a las que hoy desprecian, o graduados de la institución que les ofreció, casi gratis, todo lo que saben de Biblia, Teología y otras cosas, aunque no lo usen mucho. ¿Solamente porque es moda poner una etiqueta vacía de contenido pero temida en todo un condado, la de comunista?
Parecería que ni siquiera atendieron a clase cuando nos obligaban a leer los manuales rusos de todos los "ruskiyasikparadium", que nos metían un marxismo enlatado (no tan rico como las latas de carne rusa) con lo más barato de toda una filosofía maravillosa que ha transformado la historia de los últimos dos siglos, incluyendo la de la Teología.
Esos que crecieron en nuestras escuelas dominicales, cantaron y oraron con los que aquí quedamos, asistieron a los campamentos que logramos hacer (hasta hoy día, aunque por muchos años con lo que se recogía en las propias iglesias para alimentarles el cuerpo y parece que también el ego). Solo un comentario no tan al margen: esas muchas familias que se movilizaban para sostener el trabajo de la iglesia que supuestamente les alimentaba el espíritu, especialmente las muchas mujeres en las congregaciones que hicieron milagros para sostenernos, hoy están sin electricidad, sin medicamentos, sin tratamientos para sus padecimientos, con pensiones que no les alcanzan ni para un cartón de huevos.
Esas son las personas que la iglesia "comunista" alimenta, acompaña, intenta ayudar con los medicamentos que nos donan, les abastece de agua potable y les toma de la mano hasta que el buen Dios las llama a su presencia. Por solo hablar de los adultos mayores. ¿Ignorantes? No lo creo. Otra palabra me viene a la mente, pero recuerdo que soy pastora y ya he pedido excusas como tres veces…
Volviendo a la cita de Judith Butler. La copio porque vale la pena digerirla poco a poco para que, tal vez, les haga experimentar un "eureka espiritual", como me sucedió a mí. Aquí va:
"La no violencia es menos una falta de acción que una afirmación física de las reivindicaciones de la vida, una afirmación viva, un reclamo que se hace con la palabra, los gestos y la acción, mediante redes, campamentos y asambleas, con el fin de redefinir a las personas como dignas de valor, como potencialmente dignas de ser lloradas, precisamente en las condiciones en las cuales se las borra para que no se las vea o se las abandona a formas irreversibles de precariedad. Cuando las personas en condiciones de precariedad exponen su estatus de personas frente a esos poderes que amenazan su propia existencia, participan de una forma de persistencia que tiene el potencial de derrotar uno de los objetivos rectores del poder violento: considerar que aquellos que están en los márgenes son desechables…"
Este es, entonces, mi primer ejercicio de persistencia y de exigir al universo (a Dios) mi derecho a existir. Aunque para validarlo faltaría un ejercicio comunitario que dejo pendiente por falta de combustible.
Les confieso algo a aquellas personas de la otra orilla (y a algunas de este lado también) que creen que, parafraseando al Rev. Martin Luther King Jr., no tenemos derecho ni siquiera a existir: pueden adormecer su odio, y si es que duermen tranquilos, les confirmo que no necesitan invadirnos porque ya nos estamos muriendo de a poquito. Niñas y niños, personas ancianas, gentes con enfermedades curables e incurables. No tienen que esforzarse mucho más.
Pueden salir a festejar desde ya. Solo les comento que van a perder el negocio de la disputa eterna entre las dos orillas y entre los dos gobiernos, ese del que viven muchas y muchos. Si regresan —algo que dudo mucho— encontrarán un país en ruinas, destruida su gente buena, destruido todo el carisma que nos hizo únicos, como país y pueblo deseados por todos los imperios.
Por cada calle que desanden, aunque esté llena de baches, recuerden el precio que nos hicieron pagar por el egoísmo de convertirnos en lo que ninguno de ustedes quiso ser, o por no hacer lo que ninguno tuvo el coraje de hacer, o sea solo por "ser", por querer seguir siendo, pero aquí, de este lado del mar.
Siempre les quedará la duda de lo que habríamos podido ser si nos hubieran dejado en paz y nos hubieran permitido ser lo que queremos ser, como todo país y todo pueblo del mundo. Ahora pueden hacerse la retorcida terapia de "la culpa la tiene el gobierno". Igual no les servirá de mucho cuando, si sucede, el gobierno deje de estar, pero la responsabilidad que les corresponde por el mal que han infringido a tanta gente inocente, ese mal espíritu no lo podrán exorcizar tan fácilmente.
Cuando llegue la hora —porque siempre llega— de enfrentar el juicio, ese que yo llamo de Dios y otros llaman de la Historia, les doy mi palabra de pastora de que escucharán las palabras de la Escritura: "Apártense de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber; fui extranjero, y no me recibieron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo, y en la cárcel, y no me visitaron" (Mateo 25:41-43). Solo les invito a mirar la lista y ver cuántos "check" tienen. Y esta vez no me disculpo por el lenguaje porque no lo digo yo, lo dice la Palabra de Dios.
PD: Como el muro es mío, no voy a darle oportunidad a nadie para opinar, para que vayan aprendiendo la verdad de la represión del pensamiento. Si quieren despotricar, compartan y háganlo en el muro de alguien más. Al fin y al cabo, los felices saben de qué estoy hablando (cfr. comentario anterior en mi propio muro acerca de la gente feliz); los demás… al parque, como dice la sabiduría popular cubana.
✒️ Dora Ester Arce Valentín
(Asesora de Voces Ecuménicas Cubanas)