14/12/2025
Hoy, domingo 14 de diciembre de 2025, celebramos con gozo y gratitud el 26.º aniversario del reconocimiento de nuestra iglesia. Y mientras lo decimos, no lo sentimos como una cifra fría, sino como una historia viva: 26 años de la mano de Dios, 26 años de lágrimas convertidas en esperanza, 26 años de batallas donde el Señor nos sostuvo, 26 años de avances que no se explican solo con esfuerzo humano, sino con gracia.
En días como este, uno se emociona porque vienen a la mente rostros, momentos y etapas. Recordamos cultos sencillos pero llenos de presencia, noches de oración donde aprendimos a depender de Dios, tiempos de escasez donde el Señor proveyó, y también tiempos de alegría donde celebramos salvaciones, bautismos, restauraciones y llamados al ministerio. Y eso nos hace decir, con el corazón en la mano: “Señor, gracias… porque si hemos llegado hasta aquí, es porque Tú nos has traído.”
A veces, sin darnos cuenta, celebramos más el edificio que el milagro. Damos gracias por el templo, claro que sí: ha sido refugio, escuela, altar, hogar espiritual. Pero hoy celebramos algo mayor: la iglesia, el pueblo comprado por la sangre de Cristo. Un templo se construye con materiales; la iglesia fue levantada por un Dios que ama a los hombres. Un templo puede deteriorarse; la iglesia, cuando es probada, puede salir más fuerte. Un templo concentra; pero la iglesia se esparce por la ciudad como luz encendida, como sal que preserva, como testimonio vivo del evangelio.
Por eso este aniversario no es solo “cumplimos años”; es reconocer que estamos aquí porque muchos corrieron antes que nosotros. Hombres y mujeres que oraron cuando nadie veía, que sirvieron aunque fuera difícil, que no se rindieron cuando el camino se hizo cuesta arriba. Algunos ya descansan con el Señor, disfrutando su corona; otros están con nosotros, todavía corriendo. Y nosotros—hoy—somos el relevo que Dios ha puesto en la pista en esta generación.
Y aquí es donde la Palabra nos da el lente correcto para interpretar esta celebración. Pablo lo describe en Filipenses 3:13–14 como la carrera de la fe: “olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta”. Esa frase me gusta porque suena real, humana, alcanzable. Pablo no se presenta como un “supercristiano” que ya lo logró todo; al contrario, reconoce que todavía está en proceso, y aun así sigue avanzando. Eso es una iglesia madura: no presume perfección, pero tampoco se detiene.
En este 26.º aniversario, Dios nos invita a hacer lo mismo: mirar con gratitud el camino recorrido, pero sin quedarnos atrapados en la nostalgia. Hay recuerdos que nos fortalecen y hay nostalgias que nos frenan. Pablo nos enseña a soltar el pasado—culpas, heridas, tropiezos, pero también triunfos que podrían adormecernos—para correr con enfoque. Porque celebrar bien no es solo aplaudir lo que Dios hizo; es disponerse para lo que Dios quiere hacer ahora.
Como pastor, hoy celebro con ustedes de manera cercana: celebro cada familia restaurada, cada joven afirmado en la fe, cada niño alcanzado, cada hermano que se mantuvo firme en crisis, cada oración respondida, cada servicio silencioso que no salió en fotos pero sí quedó escrito en el cielo. Celebro la identidad espiritual que Dios nos ha dado y la fidelidad que nos trajo hasta aquí.
Pero también, con amor, les digo lo que el Espíritu nos está diciendo en este aniversario: iglesia, sigamos corriendo. No miremos atrás para detenernos. Extendámonos a lo que está delante. Pongamos la mirada en Jesús. Porque hay una ciudad que necesita una iglesia viva, hay generaciones que necesitan una fe auténtica, y hay un Reino que avanza.
Que el Señor nos conceda terminar bien. Y que cuando llegue nuestro día, podamos decir como Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7). Hoy celebramos, sí… pero celebramos de pie, con el corazón encendido, con alegría santa y con visión clara.
¡Feliz 26.º aniversario del reconocimiento de nuestra iglesia! Sigamos corriendo la carrera de la fe.