24/05/2026
El Espíritu que despierta nuestros sueños y nos une en la fragilidad
Queridos jóvenes:
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos y todo cambió. Personas de distintas lenguas, culturas y lugares comenzaron a entenderse.
No fue solo un milagro de palabras. Fue una señal clara del corazón de Dios: construir comunión donde antes había separación.
En Hechos 2, cada uno escucha en su propia lengua. Esto nos recuerda algo esencial: Dios no es distante. El Espíritu entra en la historia concreta de cada persona y habla de forma personal, cercana, real.
Y esta promesa no comienza allí.
Ya el profeta Joel había anunciado: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne… y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños” (Jl 2).
Esto significa algo profundo: Dios también habla a través de los sueños de los jóvenes.
Ustedes, jóvenes cubanos dentro y fuera de Cuba, no están fuera de esa promesa. Sus sueños no son un accidente ni una ilusión pasajera. Pueden ser lugar de encuentro con Dios, lugar de dirección, de llamado y de sentido.
Pero también vivimos tiempos difíciles.
En Cuba y en muchas partes del mundo, nos encontramos en realidades donde a veces nos herimos unos a otros, incluso sin darnos cuenta. La presión, la incertidumbre, el cansancio y las tensiones pueden afectar nuestras relaciones… y también nuestros sueños.
Y aun así, Dios no ha retirado su promesa: el Espíritu Santo sigue siendo derramado y habita en nosotros.
He podido redescubrir en este tiempo algo muy profundo: el poder transformador de la unidad de la Iglesia.
Cuando nos reconocemos como una sola familia —diversa, con desafíos, con tensiones— entendemos que la unidad no nace de la perfección, sino de la presencia del Espíritu que nos sostiene.
Somos una familia con dones distintos, talentos diversos y llamados únicos.
San Pablo nos recuerda en Gálatas 5 que el Espíritu se reconoce por sus frutos: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.
Estos frutos no son ideas bonitas. Son señales reales de una vida guiada por Dios.
Por eso, no se trata solo de descubrir nuestro propio don, sino también de ayudar a otros a descubrir el suyo. De acompañarnos. De levantarnos. De caminar juntos.
La vida en el Espíritu no es individual. Es comunidad. Es familia. Es Iglesia.
Y es en esa comunión donde los sueños vuelven a tener vida. Donde las heridas empiezan a sanar. Donde los dones se reconocen. Y donde el amor, la paz y la unidad se hacen visibles.
Pentecostés no es pasado. Es presente.
El Espíritu sigue actuando.
Sigue hablando.
Sigue despertando sueños.
Hoy le pido a Dios algo sencillo pero profundo:
que despierte en ti el sueño que no ha mu**to,
que sane lo que ha sido herido,
y que te recuerde que no caminas solo.
El Espíritu Santo sigue aquí.
Y sigue soplando vida.
Suyo en Cristo
Revdo. Yannel Valdivia
Capellán y Director de JEC