30/04/2026
𝗫𝗫𝗫 𝗔Ñ𝗢𝗦 𝗗𝗘 𝗟𝗔 𝗗IÓ𝗖𝗘𝗦𝗜𝗦 𝗗𝗘 𝗖𝗜𝗘𝗚𝗢 𝗗𝗘 Á𝗩𝗜𝗟𝗔: 𝗚𝗥𝗔𝗧𝗜𝗧𝗨𝗗 𝗬 𝗖𝗢𝗠𝗣𝗥𝗢𝗠𝗜𝗦𝗢 𝗝𝗨𝗡𝗧𝗢 𝗔𝗟 𝗣𝗨𝗘𝗕𝗟𝗢 𝗗𝗘 𝗗𝗜𝗢𝗦
✍️ 𝗢𝗻𝗲𝘀𝗶𝗼 𝗘. 𝗱𝗲 𝗟𝗲ó𝗻 𝗚𝘂𝘁𝗶é𝗿𝗿𝗲𝘇
El ### aniversario de la Diócesis de Ciego de Ávila nos encuentra hoy con el corazón lleno de gratitud y, al mismo tiempo, con una renovada conciencia de misión. No celebramos solo una fecha, sino un camino concreto en el que Dios ha ido escribiendo su presencia en medio de este pueblo. El 2 de febrero de 1996, por bula papal, esta iglesia fue erigida oficialmente como diócesis; ese fue su nacimiento canónico, el momento en que Ciego de Ávila comenzó a ser una iglesia particular, llamada a vivir, celebrar y anunciar el Evangelio en este territorio. Pocas semanas después, el 28 de abril de 1996, tomó posesión su primer obispo, monseñor Mario Eusebio Mestril Vega, y con él inició de manera visible la vida pastoral de la diócesis.
Recordar aquellos primeros años es reconocer que no todo fue sencillo. Surgimos con apenas cuatro parroquias, en un momento en que el desprendimiento de la Diócesis de Camagüey y del acompañamiento de monseñor Adolfo Rodríguez Herrera implicó también un costo humano y espiritual. Sin embargo, junto a ese sacrificio nació una esperanza firme: la certeza de que esta nueva iglesia no era fruto del azar, sino de la voluntad de Dios. Así, de la mano de nuestro primer obispo, fuimos aprendiendo a organizarnos, a crecer como comunidad y a sostener la fe en medio de realidades muchas veces exigentes.
En este proceso, el 30 de abril de 2006 se convirtió en una fecha profundamente significativa, al consagrarse el altar de nuestra catedral diocesana san Eugenio de la Palma. Ese momento marcó un signo visible de identidad y de madurez espiritual: el altar, centro de la vida cristiana, nos recuerda que toda la iglesia vive de la Eucaristía. Por eso, más allá de su dimensión litúrgica, esta consagración expresa que Cristo es el centro de nuestra historia y que todo lo que somos como diócesis nace de su sacrificio y se orienta hacia Él.
El caminar continuó y, con él, llegaron nuevas etapas. En el año 2017, la diócesis recibió a su segundo obispo, monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, quien acompañó el crecimiento pastoral de esta iglesia particular hasta el año 2022, cuando fue trasladado como obispo de la Diócesis de Matanzas. Durante su ministerio entre nosotros, se continuó fortaleciendo la vida eclesial, se impulsaron procesos pastorales y se sostuvo con fidelidad el compromiso evangelizador en nuestras comunidades cristianas.
Desde ese momento y hasta hoy, la Diócesis de Ciego de Ávila ha sido acompañada por un administrador diocesano, el presbítero Dariusz Jósef Chałupczyński, quien ha asumido con entrega y responsabilidad la conducción pastoral en este tiempo de espera. Su servicio ha sido signo de continuidad, de comunión y de fidelidad a la iglesia, permitiendo que la vida diocesana no se detenga y que el Pueblo de Dios siga caminando con esperanza.
En este presente, vivimos una etapa marcada por la gratitud de lo que hemos recibido y, al mismo tiempo, por el anhelo de lo que está por venir. Como comunidad diocesana, sentimos el deseo profundo de recibir a nuestro tercer obispo, para continuar construyendo, aquí y ahora, el Reino de Dios con renovado impulso pastoral. No se trata de una espera pasiva, sino de una esperanza activa y confiada, que nos invita a seguir trabajando, evangelizando y sosteniendo la fe en medio de las realidades concretas que vivimos.
A lo largo de estos treinta años hemos sido testigos de la llegada de numerosos misioneros que, con generosidad, han sabido superar barreras de idioma y cultura para anunciar el Evangelio. Junto a ellos, sacerdotes, diáconos, religiosas y laicos han sostenido la vida de la iglesia con una entrega silenciosa pero fecunda. Han sido años con dificultades, con carencias y desafíos, pero también con grandes alegrías y signos claros de la acción de Dios en medio nuestro. Porque si algo hemos comprendido es que esta obra no es nuestra sino del Señor, y nosotros solo somos sus colaboradores.
Por eso, hoy, al celebrar estos treinta años, no podemos quedarnos solo en la memoria del pasado. Estamos llamados a mirar hacia adelante con esperanza, confiando en la Divina Providencia y dejándonos guiar por el Espíritu Santo. El Señor nos invita a no temer, a buscar nuevas formas de anunciar el Evangelio, a sostener la fe con creatividad y fidelidad, y a seguir construyendo comunidad, incluso en medio de las limitaciones de cada día.
Si Dios ha estado con nosotros desde el comienzo, si nos ha acompañado en cada etapa, si ha sostenido nuestra vida eclesial en medio de los cambios y dificultades, podemos estar seguros de que seguirá caminando a nuestro lado. Por eso, con humildad y esperanza, seguimos adelante como iglesia diocesana, sabiendo que nuestra historia no es otra cosa que historia de salvación, y que el Señor continúa escribiéndola con nosotros, aquí y ahora, porque “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8).