06/08/2026
Ayer en nuestro culto de oración, examinamos el escudo de la fe que apaga el fuego - Efesios 6:16.
Aprendimos que no se trata de una fe superficial o meramente intelectual, sino de una confianza viva y perseverante en la persona, las promesas y la soberanía de nuestro Dios.
El enemigo no ha cesado su obra. Sus dardos siguen siendo lanzados: la duda acerca del carácter de Dios, el temor al futuro, el desaliento, la tentación al pecado, el orgullo, la autosuficiencia, la mundanalidad y las sutiles mentiras que buscan apartar nuestros ojos de Cristo. Satanás rara vez se presenta de manera evidente; con frecuencia obra mediante pensamientos, deseos y razonamientos que parecen inofensivos, pero cuyo propósito es debilitar nuestra comunión con el Señor.
Por eso, el escudo de la fe debe mantenerse siempre en alto. La fe se fortalece cuando contemplamos a Cristo en las Escrituras, cuando descansamos en las promesas del pacto de gracia, cuando perseveramos en la oración y cuando permanecemos fieles en la comunión de la iglesia. No vencemos por la fortaleza de nuestra voluntad, sino porque nuestro Capitán ya ha vencido, y nos sostiene por su gracia.