26/10/2025
Ese sábado no fue uno más… Desde días antes, la iglesia había estado orando con fervor. En cada oración mencionábamos nombres de hermanos que en algún momento se habían alejado, algunos desde hace poco, otros desde hace años.
Habíamos preparado algo especial: un encuentro de reencuentros. Un espacio para compartir una comida, momentos de gratitud y pequeños detalles que expresaran cuánto los extrañamos.
Desde su llegada, se notaba en el ambiente una mezcla de alegría y emoción. Los rostros lo decían todo: tanto los hermanos activos como aquellos que habían estado lejos irradiaban gozo por volver a verse.
En medio de la reunión, una joven compartió con voz temblorosa:
“Lo que más me gustaba hacer en la iglesia era cantar. Recuerdo cuando dirigía la alabanza… muchas veces, cuando voy, siento nostalgia porque ya no puedo hacerlo.”
Pero ese día no era un culto cualquiera. Era su día.
El encargado del programa le dio la oportunidad de dirigir un himno. Ella eligió “Un buen amigo tengo yo”.
Después de tanto tiempo, volvió a levantar su voz, y aunque su cargo había cambiado, su talento seguía allí… intacto, esperando el momento de volver a servirle a Dios.
Esa escena y muchas más se vivieron. Algunos sonreían, otros no podían contener las lágrimas.
Y en medio de la emoción, la iglesia aprendió una lección profunda:
Muchos de nuestros hermanos que se alejaron desean regresar, pero hay circunstancias en sus vidas que los abruman. Solos no pueden.
Pero si como iglesia los buscamos, los rodeamos con amor, oramos y caminamos junto a ellos… muchos volverán.
Porque al final, la misión de Jesús sigue viva en nosotros:
“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (Lucas 19:10)