23/08/2026
Es fácil abrir la Biblia pensando en lo que otra persona necesita escuchar.
Leemos un versículo y pensamos en alguien más. Escuchamos una predicación y rápidamente encontramos a quién debería aplicarse.
Pero la Palabra de Dios primero debe alcanzarnos a nosotros.
“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores… porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.” — Santiago 1:22-23.
La Escritura sí es espada. Confronta el error, expone la mentira y anuncia la verdad. Pero también es espejo: revela nuestro orgullo, nuestras intenciones, nuestros pecados y cuánto necesitamos diariamente de la gracia de Cristo.
Antes de señalar lo que debe cambiar en otros, conviene preguntarnos:
¿Qué quiere Dios transformar primero en mí?
La verdadera madurez cristiana no usa la Biblia para sentirse superior. Se deja corregir por ella antes de corregir a los demás.
Porque cuanto más nos vemos a la luz de la Palabra, menos orgullo tenemos para señalar… y más gracia para hablar la verdad.