22/07/2026
Escuché hace muy poco una predicación de un gran hombre de Dios, Héctor de la Cruz. Él relata que, cuando estaba en sus etapas iniciales en el evangelio, cometió errores de los que hoy se arrepiente con lloro y lamento. Dentro de esos errores manifiesta que era experto para señalar pecados de otros y hacerlos públicos, si era necesario, porque él estaba convencido de que el resto de los mortales eran pecadores y el único santo era él.
Relata que, en esa época, una servidora de la iglesia le confesó que un diácono del templo, casado, la pretendía y que llegó a hacerle propuestas indecorosas. Ante esta confesión, él habló con quien era su pastor superior y le relató la situación de pecado en la que se encontraba aquel creyente. Confrontaron al diácono, quien al principio se negó, pero terminó confesando y lloraba amargamente, dejando ver su arrepentimiento genuino. Rogó a Héctor y al pastor no contar lo sucedido, que él aceptaba la disciplina que le interpusieran, pero que no lo expusieran ante la congregación para salvaguardar su matrimonio, que, sin lugar a dudas, se acabaría si se sacaba a la luz semejante pecado.
Héctor, inmisericorde, obligó al pastor superior a que hiciera pública la falta del hermano, y así lo hicieron. Dejaron al descubierto al hermanito en la fe y lo sometieron al escarnio público y, como era de esperarse, la vida de ese hombre se destruyó: perdió su familia y, naturalmente, se apartó de la iglesia y, hasta el momento del relato, nunca más volvió.
Un día, Héctor tuvo un sueño revelacional, donde él m4taba a un hombre con un dispar0. Angustiado, se despertó en medio de la noche y, con voz jadeante, le oró a Dios y le pidió que lo librara de cometer un delito de esa magnitud, a lo que Dios le respondió:
—Es que ya lo hiciste, Héctor.
—¿Cómo así, Señor? ¿Cuándo ocurrió eso? —expresó él con voz temblorosa.
—Lo hiciste cuando condenaste a aquel hombre que falló, pero que se arrepintió y buscó en ti un aliciente y encontró fue la muerte espiritual, porque lo hiciste en tus juicios, y no son los tuyos, son los míos —le dijo Dios.
En medio del testimonio vi a este hombre llorar de temor de que aquel hombre muriera y su alma se perdiera, porque su sangre caería sobre su cabeza.
Somos expertos juzgando, como si estuviéramos libres de pecados. Hemos pretendido desplazar a Dios de su trono de juicios para subirnos nosotros a mirar la paja de los demás, cuando tenemos la retina atiborrada de vigas.
Yo he llegado a considerar que el extremismo religioso es tan dañino como el liberalismo, porque hay muchas personas con necesidades espirituales que desertan de la fe, porque, en vez de encontrar palabras de aliento, han encontrado señalamientos e improperios que terminan ahuyentándolos de la grey del Señor
Por Jaime Nieto
Tomado de mi libro MIL VERDADES ESCONDIDAS
Read 9. NO JUZGUES from the story MIL VERDADES ESCONDIDAS by JimmyNieto (Jimmy Nieto) with 67 reads. motivacion, reflex...