Centro Arquidiocesano de Evangelización

Centro Arquidiocesano de Evangelización La escuela de discipulado misionero atiende el llamado que hace Jesús de Nazaret a seguirlo y compartir su experiencia.

https://sites.google.com/arquicali.org/escueladediscipuladomisionero/inicio El CAE es un espacio amplio y organizado, que presta sus servicios a los centros de evangelización, pastorales especializadas, instituciones educativas y demás grupos de la Arquidiócesis de Cali. La sede cuenta con salones, capilla, zona de cafetería para albergar convivencias de máximo 150 personas. Además cuenta con parqueadero para 30 vehículos. aquí se lleva a cabo la Escuela de discipulado Misionero de la Arquidiócesis de Cali, itinerario formativo donde laicos de diferentes parroquias y movimientos apostólicos, se preparan como discípulos para servir a la Misión Permanente en los diferentes sectores de la Arquidiócesis de Cali. En las instalaciones se ubica la coordinación de los movimientos apostólicos y brinda la posibilidad a grupos y asociaciones de realizar sus encuentros y reuniones semanales u ocasionales.

AMAR CON FIDELIDAD: CUANDO EL CORAZÓN SE ENTREGA, LA VIDA SE CONVIERTE EN SERVICIOHermanos y hermanas, hoy la Palabra de...
14/08/2026

AMAR CON FIDELIDAD: CUANDO EL CORAZÓN SE ENTREGA, LA VIDA SE CONVIERTE EN SERVICIO

Hermanos y hermanas, hoy la Palabra de Dios nos coloca delante de una pregunta profundamente humana y cristiana:
¿a quién pertenece nuestro corazón y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para amar con fidelidad?

Celebramos hoy a san Maximiliano María Kolbe, un hombre que comprendió que amar no consiste solamente en sentir afecto, sino en entregar la propia vida por el bien del otro.
En Auschwitz, ante la condena de un grupo de prisioneros a morir de hambre, Maximiliano dio un paso al frente y ofreció su vida a cambio de la de un padre de familia. Allí, en medio del horror, su existencia se convirtió en una palabra viva del Evangelio: el amor verdadero es capaz de darse hasta el extremo.

Y esto ilumina profundamente el Evangelio de hoy. Jesús habla del matrimonio, pero en realidad está hablándonos de algo mucho más amplio:
la fidelidad del corazón.

“Ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mateo 19,6).

Jesús no está simplemente resolviendo una discusión jurídica sobre el divorcio. Está devolviendo al amor su grandeza.

En una cultura donde las relaciones podían convertirse fácilmente en objeto de interés, conveniencia o dominio, Jesús recuerda que el otro nunca es una cosa que puedo usar mientras me sirve y abandonar cuando deja de satisfacerme. El amor cristiano tiene memoria, compromiso, responsabilidad y capacidad de sacrificio.

Por eso la pregunta no es solamente:
“¿puedo separarme?”.
La pregunta más profunda es:
¿qué estoy haciendo para amar, cuidar, sanar y permanecer fiel?

Y aquí la primera lectura de Ezequiel nos presenta una imagen muy fuerte: Dios contempla a su pueblo como alguien a quien encontró abandonado, levantó, cuidó, vistió y llenó de dignidad; pero después ese pueblo olvidó al que lo había amado primero.

Es la historia de un amor herido por la infidelidad.

También nosotros podemos vivir algo semejante.
Dios nos ha amado primero.
Nos ha sostenido en momentos que nadie conoce, nos ha levantado de situaciones difíciles, nos ha regalado personas, oportunidades, dones, una comunidad, una familia, una vocación.
Y, sin embargo, fácilmente podemos comenzar a poner nuestro corazón en otros “dioses”: el dinero, el poder, el prestigio, la apariencia, el éxito, la comodidad, el reconocimiento o incluso nuestro propio ego.

La gran tragedia no es solamente equivocarnos.
La tragedia sería olvidar quién nos ha amado primero.

Pero la lectura de Ezequiel no termina en la condena. Termina en una promesa:
“Yo recordaré mi alianza contigo”.
¡Qué impresionante es el corazón de Dios!
Nuestra infidelidad no tiene la última palabra.
La misericordia de Dios es más grande que nuestras caídas.
Él no abandona fácilmente la obra que comenzó en nosotros.

Y esto tiene una resonancia especial en estos días que estamos viviendo como nación. Colombia continúa llorando después del terremoto del 10 de agosto.
Detrás de cada cifra hay una persona, un rostro, una familia, una historia.
Hay familias que hoy buscan desaparecidos, personas que lloran a sus seres queridos, heridos que necesitan atención, comunidades que han perdido sus casas y servidores que continúan trabajando entre los escombros.

No podemos interpretar esta tragedia como un castigo de Dios por los pecados de la gente.
La fe cristiana no nos autoriza a señalar a las víctimas y decir que Dios las castigó.
El dolor no debe convertirse en juicio contra quienes sufren.
Al contrario: cuando la tierra tiembla y nuestras seguridades se derrumban, la Iglesia está llamada a hacer visible el corazón misericordioso de Dios.

Por eso, en estos días, nuestra pregunta cristiana no puede ser solamente:
“¿por qué ocurrió esto?”.
También tenemos que preguntarnos:
“¿qué puedo hacer yo ahora por mi hermano?”

San Maximiliano Kolbe nos ofrece una respuesta radical:
dar la vida.
Quizás nosotros no tengamos que morir por otro como él, pero sí podemos entregar tiempo, alimento, dinero, escucha, oración, trabajo, capacidades, contactos, solidaridad.
Podemos convertir nuestra fe en manos que ayudan, en palabras que consuelan, en comunidades que acompañan.

Y aquí aparece una conexión hermosa con el matrimonio y con toda vocación cristiana: amar es aprender a salir de uno mismo.

El esposo que permanece junto a su esposa en la enfermedad;
la esposa que sostiene a su esposo en la dificultad;
los padres que no abandonan a sus hijos;
los hijos que cuidan a sus padres;
el sacerdote que entrega su vida a la comunidad;
la religiosa que consagra su existencia a Dios y al servicio;
el joven que descubre su vocación;
el voluntario que se mete entre los escombros para buscar a un desconocido:
todos ellos están diciendo con su vida: “Tu vida me importa”.

Eso es precisamente lo contrario de una cultura del descarte.

Jesús nos recuerda que el amor verdadero no se construye únicamente sobre emociones.
Las emociones cambian.
Los sentimientos fluctúan.
Las circunstancias se transforman.
La fidelidad, en cambio, aprende a permanecer.

Esto no significa justificar violencia, abuso o situaciones que destruyen la dignidad de una persona.
Permanecer fiel al Evangelio nunca significa aceptar el mal como si fuera voluntad de Dios.

Cuando una relación se vuelve destructiva, también es necesario proteger la vida, buscar ayuda, establecer límites y actuar con responsabilidad.
Pero incluso en medio de situaciones dolorosas, el cristiano está llamado a no responder con odio, venganza o indiferencia.

San Maximiliano no venció al mal convirtiéndose en otro verdugo. Lo venció ofreciendo amor.

DESAFÍO PARA LAS PRÓXIMAS 24 HORAS:

Hoy voy a hacer un acto concreto de amor fiel.
No solamente voy a decir “estoy orando por Colombia”: buscaré una manera real de ayudar a una persona afectada por esta emergencia o apoyaré responsablemente una iniciativa solidaria.
Y, además, llamaré o buscaré a una persona de mi familia con quien necesite fortalecer mi vínculo y le diré sinceramente: “Gracias por estar en mi vida; quiero cuidar nuestra relación”.

Porque la fe que no se convierte en amor concreto corre el riesgo de quedarse solamente en palabras.

FINALICEMOS PIDIENDO LA GRACIA DE VIVIR ESTA PALABRA:

Señor Jesús, enséñame a amar con un corazón fiel, como san Maximiliano Kolbe, capaz de salir de sí mismo para servir y entregar la vida; sana mis infidelidades, fortalece mis vínculos familiares, ayúdame a cuidar las personas que me has confiado y haz de mí un instrumento de consuelo para quienes sufren en Colombia; que en medio de tantas pérdidas no permanezca indiferente, sino que pueda ofrecer mis manos, mi tiempo, mi oración y mi corazón para reconstruir esperanza, porque sé que cuando el amor se entrega, el mundo comienza a levantarse de nuevo. Amén.

Fraternalmente:
Omar Herney Salgado Gómez, Pbro.

PERDONAR PARA RECONSTRUIR: UNA IGLESIA QUE DESATA LAS HERIDAS Hermanos, hoy, cuarto día después del terremoto que ha est...
14/08/2026

PERDONAR PARA RECONSTRUIR: UNA IGLESIA QUE DESATA LAS HERIDAS

Hermanos, hoy, cuarto día después del terremoto que ha estremecido a Colombia, la Palabra de Dios nos pone delante una palabra exigente, pero profundamente sanadora:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18,22).

En un momento en que nuestro país necesita reconstruir viviendas, templos, hospitales, escuelas y caminos, Jesús nos recuerda que también hay algo que reconstruir desde el corazón: nuestras relaciones, nuestra capacidad de perdonar y nuestra fraternidad.

No podemos interpretar la tragedia que vivimos como un castigo de Dios.

La primera lectura presenta el drama del exilio de Israel dentro de una lectura profética de su propia historia; pero el terremoto que hoy sufrimos no debe convertirse en ocasión para señalar culpables ni para atribuir a Dios el sufrimiento de las víctimas.

Más bien, ante el dolor, la pregunta cristiana es otra: ¿cómo podemos responder como hermanos?

El Evangelio comienza con una pregunta de Pedro:
«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?».
Pedro cree estar siendo extraordinariamente generoso. Pero Jesús rompe nuestros cálculos:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
No está hablando de una matemática del perdón.
Está diciendo: el perdón cristiano no puede vivir contando las veces que hemos perdonado.

Porque Dios no lleva una contabilidad de nuestras faltas para decidir cuánto amor nos corresponde.
La parábola lo expresa con una fuerza impresionante: un hombre recibe el perdón de una deuda inmensa, pero inmediatamente se niega a perdonar una deuda pequeña a su compañero.
Jesús desnuda así una contradicción que también puede aparecer en nuestra vida: pedimos misericordia para nosotros y justicia estricta para los demás.

Queremos que Dios comprenda nuestras debilidades, pero nos cuesta comprender las de otros.
Pedimos que nos den otra oportunidad, pero cerramos la puerta cuando alguien nos falla. Rezamos «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos», pero algunas veces pronunciamos esa oración con heridas que nos negamos a entregar.

Y hoy Colombia necesita escuchar esta palabra.

Una emergencia de esta magnitud nos recuerda algo que fácilmente olvidamos: somos vulnerables y nos necesitamos unos a otros.
Nadie puede afrontar solo una tragedia así. Por eso, la respuesta cristiana no puede limitarse a lamentar lo sucedido.
Tiene que convertirse en cercanía, servicio, solidaridad y fraternidad. Pero precisamente porque somos una sociedad herida, también necesitamos sanar otras heridas que venían de antes: divisiones, resentimientos, conflictos familiares, enemistades, polarizaciones y palabras que han levantado muros entre nosotros.

Los santos Ponciano e Hipólito nos ofrecen hoy un testimonio particularmente significativo. Fueron desterrados juntos y murieron en el contexto de la persecución. Su memoria nos recuerda que incluso en medio de conflictos y dificultades, la Iglesia está llamada a caminar hacia la reconciliación y a dar testimonio de una comunión que es más fuerte que las diferencias.

La grandeza de la Iglesia no consiste en que nunca haya conflictos, sino en que aprende, con Cristo, a atravesarlos sin dejar que el odio tenga la última palabra.

Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien.
Tampoco significa negar la justicia, permitir abusos o permanecer en situaciones de violencia. Perdonar cristianamente significa renunciar al deseo de destruir al otro, entregar a Dios el juicio definitivo y abrir un camino hacia la libertad.

Hay heridas que requieren tiempo, acompañamiento, límites y procesos de reconciliación. Pero incluso cuando todavía no podemos abrazar al que nos hirió, podemos comenzar a pedirle al Señor: «Sana mi corazón para que esta herida no me convierta en aquello que me hizo daño».

Por eso Jesús nos enseña a desatar.
Hay personas que viven atadas al pasado por una ofensa ocurrida hace años.
Hay matrimonios que conviven bajo el mismo techo, pero llevan años sin hablar desde el corazón.
Hay hermanos que dejaron de visitarse.
Hay amigos que se separaron por una palabra.
Hay comunidades parroquiales divididas por pequeñas diferencias.
Hay familias que siguen transmitiendo de generación en generación heridas que nadie se ha atrevido a sanar.

Jesús nos dice hoy: desata:
Desata el resentimiento.
Desata la palabra que nunca dijiste.
Desata la necesidad de tener siempre la razón.
Desata el orgullo que te impide pedir perdón.
Desata la ofensa que sigues repitiendo en tu memoria.
Desata esa historia que todavía gobierna tus emociones.

Y cuando llegue el momento, da el primer paso.

Tal vez no puedas solucionar todo hoy.
Pero sí puedes comenzar.
Puedes llamar.
Puedes escuchar.
Puedes decir «perdóname».
Puedes decir «te perdono».
Puedes dejar de hablar mal de alguien.
Puedes orar por quien te hizo daño.
Puedes buscar un mediador cuando el conflicto sea demasiado grande para resolverlo solos.

Eso también es reconstruir Colombia.

Porque mientras los organismos de socorro levantan escombros, nosotros podemos ayudar a levantar personas.
Mientras unos reconstruyen paredes, otros podemos reconstruir vínculos.
Mientras algunos buscan sobrevivientes entre los edificios derrumbados, nosotros podemos buscar a quienes llevan años sepultados bajo el peso de la soledad, el resentimiento o la desesperanza.

El salmo nos invita:
«No olviden las acciones del Señor».
Recordar lo que Dios ha hecho nos ayuda a no perder la esperanza.
Y hoy tenemos que recordar también el bien que está brotando en medio de la tragedia: manos que ayudan, voluntarios que sirven, comunidades que comparten, médicos que trabajan, familias que abren sus puertas, personas que donan, sacerdotes y agentes pastorales que acompañan, organismos de socorro que no se rinden.

En medio de la destrucción también está naciendo fraternidad.

Que esta tragedia no nos encuentre divididos.
Que nos encuentre más humanos, más solidarios y más reconciliados.
Que podamos reconstruir no solamente los muros de nuestras ciudades, sino también los muros interiores que nos separan.

DESAFÍO PARA LAS PRÓXIMAS 24 HORAS

Identifica una persona con la que tengas una herida, resentimiento o distancia y da hoy un primer paso hacia la reconciliación.
Si puedes, habla personalmente; si todavía no es posible, escríbele, llámala o comienza orando sinceramente por ella. Y realiza, además, un gesto concreto de solidaridad con una persona o familia afectada por el terremoto. Que en las próximas 24 horas alguien pueda experimentar, a través de ti, que no está solo.

FINALICEMOS PIDIENDO LA GRACIA DE VIVIR ESTA MEDITACIÓN:

Señor Jesús, en medio de las heridas de Colombia y de las heridas de mi propio corazón, enséñame a perdonar como tú me perdonas, a no alimentar resentimientos, a buscar la reconciliación y a tender la mano al que sufre; sana lo que está roto dentro de mí, derriba los muros que me separan de mis hermanos y hazme instrumento de tu misericordia, para que allí donde haya dolor pueda llevar consuelo, donde haya división pueda sembrar fraternidad y donde haya desesperanza pueda anunciar, con mi vida, que tu amor siempre abre un camino nuevo.
Amén.

Fraternalmente:
Omar Herney Salgado Gomez. Pbro.

🇨🇴 En momentos de dolor, la fe nos une y la oración nos sostiene.​Ante la difícil situación que atraviesa nuestra Patria...
11/08/2026

🇨🇴 En momentos de dolor, la fe nos une y la oración nos sostiene.

​Ante la difícil situación que atraviesa nuestra Patria tras el reciente terremoto de este 10 de agosto, como Escuela de Discipulado Misionero nos unimos en un solo corazón por cada familia afectada, por las víctimas y por los equipos de socorro.

​Como adultos en la fe, sabemos que el amor de Dios se manifiesta en la solidaridad y en la oración confiada. Cristo abraza hoy a Colombia y nos llama a ser luz en medio de la prueba.

​🙏 Oremos juntos desde el corazón:

​"Señor Jesús, Consolador de los afligidos, abraza con tu ternura a nuestro pueblo colombiano. Da fortaleza a quienes sufren, descanso eterno a los fallecidos y sabiduría a quienes brindan auxilio. Haz de nosotros instrumentos de tu paz y de tu amor fraterno. Amén."

​🤝 ¿Cómo podemos unirnos hoy?

​1️⃣ Comenta el nombre de la ciudad, municipio o ser querido por quien deseas que oremos en comunidad.

2️⃣ Comparte esta imagen y oración en tus historias o con tus seres queridos para multiplicar esta cadena de fe.

3️⃣ Guarda esta publicación para mantener esta intención presente en tu oración diaria.

*“EN MEDIO DE LA TORMENTA, MANTEN LOS OJOS PUESTOS EN JESUS”*Hermanos, todos tenemos una barca. La barca de la familia, ...
09/08/2026

*“EN MEDIO DE LA TORMENTA, MANTEN LOS OJOS PUESTOS EN JESUS”*

Hermanos, todos tenemos una barca.
La barca de la familia, del matrimonio, de la salud, del trabajo, de los proyectos, de la comunidad, de la propia vocación.
Y todos, tarde o temprano, encontramos vientos contrarios: situaciones que no esperábamos, enfermedades, pérdidas, conflictos, incertidumbres, cansancio, preocupaciones económicas, heridas afectivas o momentos en los que parece que Dios guarda silencio.

El Evangelio de este domingo no nos promete una vida sin tormentas; nos anuncia algo mucho más grande: Jesús viene a nuestro encuentro precisamente en medio de ellas.

Después de multiplicar los panes, Jesús sube al monte para orar y envía a sus discípulos en la barca.
Ellos avanzan solos, pero no están abandonados.
El viento se vuelve contrario, las olas golpean la embarcación y el miedo comienza a dominar sus corazones.

Es una imagen extraordinariamente actual.
A veces pensamos:
“Si estoy con Jesús, ¿por qué estoy pasando por esto?”.
Pero el Evangelio nos enseña que estar con Cristo no significa que nunca habrá tempestades; significa que ninguna tempestad tendrá la última palabra sobre nosotros.

También Elías, en la primera lectura, conoce la tormenta interior. Después de haber experimentado un gran triunfo en su misión, ahora huye, tiene miedo y llega al Horeb agotado.
Allí descubre algo maravilloso: Dios no estaba en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en «el susurro de una brisa suave».
¡Qué enseñanza para nosotros! Muchas veces buscamos a Dios solamente en lo extraordinario, en lo espectacular, en aquello que hace ruido.
Pero Dios también se manifiesta en el silencio, en una palabra serena, en una oración sencilla, en una persona que nos acompaña, en una decisión tomada con paz.

Y esto ilumina el Evangelio. Los discípulos están aterrados porque ven a Jesús caminar sobre las aguas y creen que es un fantasma.
Pero Jesús les dice: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo» (Mateo 14,27).

Antes de calmar la tormenta, Jesús calma el corazón.
Antes de cambiar las circunstancias, quiere cambiar nuestra mirada.

Pedro entonces hace una petición sorprendente:
«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua».
No pide que desaparezca el mar.
No pide que el viento deje de soplar.
Pide algo más profundo: ir hacia Jesús en medio de la tormenta.

Ahí está una de las grandes claves de la vida cristiana.
Nuestra fe no consiste en esperar a que desaparezcan todos los problemas para acercarnos a Dios.
La fe consiste en aprender a caminar hacia Él precisamente cuando el viento es contrario.
Pedro sale de la barca porque confía en una palabra: «Ven».
Y mientras mantiene los ojos puestos en Jesús, camina sobre las aguas.

Pero luego sucede algo que también conocemos muy bien:
Pedro mira el viento, mira las olas, mira el tamaño del problema y deja de mirar a Jesús.
Entonces comienza a hundirse.

¿Cuántas veces nos sucede lo mismo?
Mientras miramos al Señor, encontramos fuerzas.
Pero cuando comenzamos a mirar exclusivamente el diagnóstico médico, la deuda, el conflicto familiar, la noticia negativa, la incertidumbre del futuro o nuestras propias limitaciones, el problema comienza a parecernos más grande que Dios.

Pedro no se hundió porque el agua fuera demasiado fuerte; comenzó a hundirse cuando el miedo se hizo más grande que su confianza.
Y, sin embargo, hay algo hermoso: cuando ya está hundiéndose, Pedro no se queda paralizado. Grita:
«¡Señor, sálvame!». Y Jesús inmediatamente le tiende la mano.

Esta debería ser también nuestra oración cuando sintamos que ya no podemos más:
«Señor, sálvame».
No necesitamos discursos complicados. No necesitamos aparentar que somos fuertes. Podemos reconocer nuestra fragilidad delante de Dios. Y el Señor no desprecia nuestra poca fe; nos toma de la mano y nos sostiene.

Por eso la ñnos ofrece una certeza extraordinaria. Pablo, que conoció persecuciones, angustias, rechazos y sufrimientos, proclama que nada puede separarnos del amor de Cristo. Ni las dificultades del presente ni las incertidumbres del futuro. Nuestra seguridad definitiva no está en que el viento nunca sople, sino en que el amor de Cristo permanece cuando todo lo demás parece tambalearse.

Y el salmo lo resume como una súplica que podemos hacer nuestra: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». No estamos pidiendo una vida sin dificultades; estamos pidiendo la presencia de Dios para atravesarlas con fe.

Hoy el Señor nos invita a revisar nuestra barca. ¿En qué estamos poniendo nuestra seguridad? ¿En el dinero? ¿En las personas? ¿En el reconocimiento? ¿En nuestras capacidades? ¿En controlar absolutamente todo? Todas esas cosas pueden ayudarnos, pero ninguna puede sostener definitivamente nuestra vida. La única seguridad que no naufraga es Cristo.

Y hay algo más: no podemos vivir eternamente dentro de la barca. La barca representa nuestras seguridades, pero también puede convertirse en nuestro refugio cómodo. Pedro tuvo que bajar de ella. También nosotros estamos llamados, algunas veces, a salir de nuestras seguridades para dar un paso de fe: pedir perdón, reconciliarnos, comenzar nuevamente, servir, asumir una misión, hablar de Jesús, acompañar a quien sufre, confiar en una decisión que hemos discernido delante de Dios.

La pregunta no es solamente: “¿Cómo hago para que desaparezca esta tormenta?”. La pregunta cristiana es: “Señor, ¿hacia dónde quieres que camine contigo en medio de esta tormenta?”

Porque quizás el milagro que estamos esperando no consiste en que Dios cambie inmediatamente nuestra situación. Quizás el milagro comienza cuando, en medio de ella, descubrimos que no estamos solos.

Y cuando finalmente Jesús entra en la barca, el viento se calma y los discípulos hacen una profesión de fe que constituye la meta de todo este camino: «Verdaderamente eres Hijo de Dios». La tormenta terminó convirtiéndose en una experiencia de encuentro, confianza y adoración.

Desafío para las próximas 24 horas:

Identifica hoy una tormenta concreta que estés viviendo. No la niegues ni la exageres: ponla delante de Jesús. Dedica al menos 15 minutos a orar en silencio, repitiendo lentamente: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti». Después, realiza un paso concreto de fe: llama a alguien con quien necesites reconciliarte, ofrece ayuda a quien esté pasando por una dificultad, retoma una responsabilidad que habías abandonado o toma una decisión que has estado aplazando por miedo.

No mires solamente el tamaño de las olas. Mira a Jesús.

Para finalizar supliquemos la gracias de vivir esta reflexión:

Señor Jesús, cuando los vientos sean contrarios y las aguas parezcan cubrir nuestra vida, enséñanos a no perderte de vista; danos una fe capaz de salir de nuestras seguridades, una confianza que persevere cuando aparezca el miedo y un corazón humilde para gritarte «¡Señor, sálvame!» cuando sintamos que nos hundimos; toma nuestra mano, entra en nuestra barca y haz que, aun en medio de las tormentas, podamos reconocerte, confiar en Ti y proclamar con toda nuestra vida: verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios. Amén.

Fraternalmente:
Omar Herney Salgado Gómez. Pbro.

SEGUIR A CRISTO CON UN CORAZÓN QUE ADORA, REPARA Y SE ENTREGAQueridos hermanos, hoy, en este viernes de la XVIII semana ...
07/08/2026

SEGUIR A CRISTO CON UN CORAZÓN QUE ADORA, REPARA Y SE ENTREGA

Queridos hermanos, hoy, en este viernes de la XVIII semana del Tiempo Ordinario, como comunidad nos reunimos providencialmente en la vigilia de adoración y reparación a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. La Palabra de Dios ilumina profundamente esta noche de oración y nos recuerda que la verdadera reparación no consiste solamente en rezar unas horas delante del Santísimo, sino en ofrecer la propia vida, abrazando el camino de Cristo con un corazón enamorado.

El Evangelio nos presenta una de las invitaciones más exigentes y, al mismo tiempo, más liberadoras de Jesús:
«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24).
No es una amenaza, sino una propuesta de amor. Jesús no obliga a nadie. Dice: «el que quiera». Porque el seguimiento auténtico nace de un corazón libre que ha descubierto que vale la pena entregar la vida por Aquel que primero la entregó por nosotros.

Esta noche, mientras contemplamos el Corazón abierto de Cristo en la adoración, comprendemos que el Señor nunca nos pide un sacrificio que Él no haya vivido primero. Él cargó con la cruz antes que nosotros; perdonó antes que nosotros; amó hasta el extremo antes que nosotros. Por eso, seguir a Jesús no significa buscar el sufrimiento por el sufrimiento, sino aprender a amar con la misma intensidad con que Él ama.

La primera lectura, tomada del profeta Nahúm, nos recuerda que los imperios del orgullo, de la violencia y de la injusticia terminan cayendo. Nínive parecía invencible, pero terminó reducida a ruinas. La historia sigue demostrando que el poder, el dinero, el prestigio y la soberbia nunca tienen la última palabra. Sólo permanece aquello que está construido sobre Dios. También hoy existen muchas “Nínives”: el egoísmo, la indiferencia, la corrupción, el odio, la cultura del descarte y el afán de vivir como si Dios no existiera. Frente a todo ello, el Señor sigue levantando hombres y mujeres capaces de anunciar la paz y la esperanza.

Precisamente por eso cobra tanta fuerza el llamado del Evangelio. Jesús nos pregunta con una sinceridad que atraviesa el corazón:
«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?».
Es una pregunta profundamente actual. Vivimos en una sociedad que enseña a acumular, competir, aparentar y consumir; pero pocas veces enseña a amar, servir, perdonar y entregar la vida. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, vivir con el corazón vacío. Podemos alcanzar éxito profesional y seguir sintiendo hambre de sentido. Podemos multiplicar seguidores en las redes sociales y seguir experimentando una profunda soledad interior.

Por eso la adoración eucarística tiene una fuerza transformadora. Cuando permanecemos delante de Jesús Sacramentado dejamos de mirarnos únicamente a nosotros mismos y comenzamos a contemplar el amor inmenso del Señor. En silencio descubrimos cuánto nos ama, cuánto nos espera y cuánto desea sanar nuestras heridas. La reparación no consiste únicamente en pedir perdón por los pecados del mundo; consiste también en permitir que el amor del Corazón de Cristo repare nuestro propio corazón herido, cansado, endurecido o indiferente.

San Ignacio de Loyola decía que el amor debe ponerse más en las obras que en las palabras. Y eso mismo nos enseña hoy Jesús. La cruz cotidiana no es solamente el sufrimiento inevitable; también es la fidelidad cuando nadie nos ve, la paciencia con quien nos cuesta amar, la honestidad cuando sería más fácil hacer trampa, el perdón cuando el orgullo invita a la venganza, la perseverancia cuando aparecen el cansancio y la desilusión. Allí comienza el verdadero discipulado.

La Hora Santa de reparación encuentra aquí todo su sentido. Venimos a acompañar a Jesús en su agonía, como Él lo pidió a santa Margarita María de Alacoque. Mientras tantos corazones permanecen distraídos o indiferentes, nosotros queremos decirle: “Señor, no estás solo”. Pero esa compañía no puede quedarse únicamente en esta noche. Debe prolongarse mañana en nuestra casa, en el trabajo, en la familia, en la comunidad y en cada decisión concreta. La mejor reparación es una vida que procura parecerse cada día más a Cristo.

Además, el salmo nos recuerda que sólo Dios tiene la última palabra sobre la vida y la muerte. Por eso no seguimos a Jesús con miedo, sino con esperanza. Sabemos que ninguna renuncia hecha por amor queda estéril. Cada cruz abrazada con fe prepara una resurrección. Cada acto de fidelidad silenciosa construye el Reino de Dios. Cada gesto de amor sincero repara una parte del mal que existe en el mundo.

Hoy Jesús vuelve a pasar delante de nosotros y nos pregunta, como el Maestro que sigue llamando discípulos: ”¿Quieres seguirme de verdad?”. No nos ofrece un camino cómodo, pero sí una vida plenamente realizada. Él no promete ausencia de dificultades; promete su presencia permanente. No elimina todas las cruces; camina con nosotros llevándolas. No evita todas las lágrimas; las transforma en semillas de esperanza.

Desafío para las próximas 24 horas

Durante este día, dedica al menos quince minutos de adoración o de oración silenciosa delante del Señor —si no es posible ante el Santísimo, hazlo en un lugar de profundo recogimiento— y ofrece conscientemente una cruz concreta de tu vida por la conversión de una persona que necesita experimentar el amor de Dios. Haz además un acto de servicio silencioso, sin esperar reconocimiento, como una verdadera reparación nacida del amor.

Finalicemos elevando una plegaria para que estas palabras las podamos hacer vida en nuestras vidas:

Señor Jesús, manso y humilde de Corazón, en esta noche de adoración queremos permanecer contigo, aprender de tu amor y dejarnos transformar por tu presencia.
Enséñanos a renunciar al egoísmo, a abrazar con esperanza la cruz de cada día y a seguirte con un corazón disponible para servir, perdonar y amar. Que el Inmaculado Corazón de María nos acompañe en este camino de fidelidad, para que toda nuestra vida sea una continua reparación, una ofrenda agradable al Padre y un testimonio vivo de que sólo en Ti encontramos la verdadera alegría y la vida eterna. Amén.

FRATERNALMENTE:
Omar Herney Salgado Gómez. Pbro

ESCUCHAR A CRISTO PARA DEJARNOS TRANSFIGURAR POR SU LUZ Queridos hermanos:Hay momentos en la vida en los que el corazón ...
06/08/2026

ESCUCHAR A CRISTO PARA DEJARNOS TRANSFIGURAR POR SU LUZ

Queridos hermanos:

Hay momentos en la vida en los que el corazón se cansa.
Hay familias que atraviesan pruebas, personas que luchan contra la enfermedad, jóvenes que no encuentran sentido, matrimonios que experimentan el peso de la rutina, servidores de la Iglesia que sienten el desgaste de la misión. Precisamente en esos momentos, la solemnidad de la Transfiguración del Señor llega como una respuesta de Dios a nuestro desaliento.
Antes de que Jesús suba al Calvario, el Padre permite que sus discípulos contemplen por un instante la gloria escondida en su humanidad.
La cruz no tendrá la última palabra; la última palabra será siempre la vida.

El profeta Daniel, en la primera lectura, contempla al Anciano de días, vestido con resplandor, y al Hijo del Hombre, que recibe un reino eterno. Aquella visión parecía un sueño imposible para un pueblo perseguido y humillado. Sin embargo, Dios quería decirles que la historia no pertenece al mal, sino al Señor. Cuando todo parece oscuro, el Reino de Dios sigue avanzando. Cuando la injusticia parece triunfar, Dios continúa sentado en su trono. Cuando el creyente experimenta persecución o sufrimiento, el Señor no ha perdido el control de la historia.

Ese anuncio alcanza su plenitud en el Evangelio. Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan al monte. No los lleva para escapar del mundo, sino para fortalecerlos antes de bajar nuevamente al valle donde les esperan la cruz, el rechazo y la misión. La Transfiguración no elimina el sufrimiento; cambia la manera de vivirlo. Por eso el rostro de Cristo resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Los discípulos descubren que detrás del Maestro cansado por los caminos de Galilea habita la gloria eterna del Hijo de Dios.

Entonces sucede lo más importante del relato. Desde la nube luminosa se escucha la voz del Padre: "Este es mi Hijo amado, mi predilecto; escúchenlo." No dice simplemente: admírenlo, apláudanlo o háblenle. Dice: escúchenlo. Porque la transformación comienza cuando la Palabra entra en el corazón y se convierte en criterio para vivir.

También nosotros vivimos rodeados de muchas voces. Las redes sociales hablan continuamente. La cultura propone caminos fáciles. El miedo, el orgullo, el resentimiento y la desesperanza también levantan su voz. En medio de tanto ruido, el Padre sigue pronunciando la misma invitación: "Escuchen a mi Hijo". Escuchar a Jesús significa permitir que su Evangelio ilumine nuestras decisiones familiares, económicas, afectivas y espirituales. Significa preguntarnos cada día: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? ¿Qué me está diciendo hoy su Palabra?

No es casualidad que junto a Jesús aparezcan Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas. Toda la historia de la salvación converge en Cristo. Él no es un maestro más entre muchos; es la Palabra definitiva del Padre. Él es el camino que conduce a la vida. Por eso la Iglesia no anuncia una ideología ni una filosofía; anuncia una Persona viva que sigue transformando corazones.

Pedro quiere quedarse en la montaña levantando tres tiendas. Es una reacción muy humana. Todos quisiéramos permanecer únicamente en los momentos de consuelo espiritual. Sin embargo, Jesús no permite instalarse allí. Después de contemplar la gloria hay que bajar al valle, donde esperan los enfermos, los pobres, las familias heridas, los jóvenes confundidos y tantas personas que necesitan encontrar la luz de Cristo reflejada en nuestra vida. La verdadera experiencia de Dios nunca nos aleja del mundo; nos envía nuevamente a él con un corazón renovado.

La liturgia de hoy también nos recuerda algo profundamente esperanzador: la Transfiguración de Cristo anuncia nuestra propia transfiguración. Desde el Bautismo somos hijos amados del Padre y, cada vez que participamos en la Eucaristía, el Señor nos va configurando con Él. Por eso la oración después de la comunión pide que estos santos alimentos nos transformen en imagen de su Hijo. La meta de la vida cristiana no es simplemente ser personas buenas; es dejarnos parecer cada día más a Jesucristo.

Nuestro mundo necesita cristianos transfigurados, no por un brillo exterior, sino por la luz de una fe auténtica. Personas cuya paciencia ilumine la violencia; cuyo perdón venza el resentimiento; cuya esperanza desarme el pesimismo; cuya alegría contagie a quienes han perdido el sentido de vivir. Esa es la verdadera gloria que el Señor quiere manifestar hoy en medio de su Iglesia.

Desafío para las próximas 24 horas: Busca un momento de silencio de al menos quince minutos. Lee lentamente el Evangelio de la Transfiguración (Mateo 17,1-9), pregúntale al Señor qué palabra necesita escuchar hoy tu corazón y toma una decisión concreta para obedecerla. Después comparte esa luz con una persona que esté viviendo un momento de dificultad, ofreciéndole una palabra de esperanza o un gesto sincero de cercanía.

Finalicemos este momento de reflexión pidiendo al Señor el regalo de vivir esta Palabra en nuestra vida: Señor Jesús, Hijo amado del Padre, transfigura mi corazón con la luz de tu presencia para que, aun en medio de las cruces de la vida, nunca perdamos la esperanza. Enséñame a escuchar tu Palabra con humildad, a seguirte con fidelidad y a reflejar tu amor en nuestras familias, en nuestra comunidad y en cada encuentro con nuestros hermanos. Que la fuerza de esta Eucaristía me transforme cada día más en tu imagen, hasta participar un día de la gloria eterna que hoy me permites contemplar. Amén.

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