14/08/2026
AMAR CON FIDELIDAD: CUANDO EL CORAZÓN SE ENTREGA, LA VIDA SE CONVIERTE EN SERVICIO
Hermanos y hermanas, hoy la Palabra de Dios nos coloca delante de una pregunta profundamente humana y cristiana:
¿a quién pertenece nuestro corazón y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para amar con fidelidad?
Celebramos hoy a san Maximiliano María Kolbe, un hombre que comprendió que amar no consiste solamente en sentir afecto, sino en entregar la propia vida por el bien del otro.
En Auschwitz, ante la condena de un grupo de prisioneros a morir de hambre, Maximiliano dio un paso al frente y ofreció su vida a cambio de la de un padre de familia. Allí, en medio del horror, su existencia se convirtió en una palabra viva del Evangelio: el amor verdadero es capaz de darse hasta el extremo.
Y esto ilumina profundamente el Evangelio de hoy. Jesús habla del matrimonio, pero en realidad está hablándonos de algo mucho más amplio:
la fidelidad del corazón.
“Ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mateo 19,6).
Jesús no está simplemente resolviendo una discusión jurídica sobre el divorcio. Está devolviendo al amor su grandeza.
En una cultura donde las relaciones podían convertirse fácilmente en objeto de interés, conveniencia o dominio, Jesús recuerda que el otro nunca es una cosa que puedo usar mientras me sirve y abandonar cuando deja de satisfacerme. El amor cristiano tiene memoria, compromiso, responsabilidad y capacidad de sacrificio.
Por eso la pregunta no es solamente:
“¿puedo separarme?”.
La pregunta más profunda es:
¿qué estoy haciendo para amar, cuidar, sanar y permanecer fiel?
Y aquí la primera lectura de Ezequiel nos presenta una imagen muy fuerte: Dios contempla a su pueblo como alguien a quien encontró abandonado, levantó, cuidó, vistió y llenó de dignidad; pero después ese pueblo olvidó al que lo había amado primero.
Es la historia de un amor herido por la infidelidad.
También nosotros podemos vivir algo semejante.
Dios nos ha amado primero.
Nos ha sostenido en momentos que nadie conoce, nos ha levantado de situaciones difíciles, nos ha regalado personas, oportunidades, dones, una comunidad, una familia, una vocación.
Y, sin embargo, fácilmente podemos comenzar a poner nuestro corazón en otros “dioses”: el dinero, el poder, el prestigio, la apariencia, el éxito, la comodidad, el reconocimiento o incluso nuestro propio ego.
La gran tragedia no es solamente equivocarnos.
La tragedia sería olvidar quién nos ha amado primero.
Pero la lectura de Ezequiel no termina en la condena. Termina en una promesa:
“Yo recordaré mi alianza contigo”.
¡Qué impresionante es el corazón de Dios!
Nuestra infidelidad no tiene la última palabra.
La misericordia de Dios es más grande que nuestras caídas.
Él no abandona fácilmente la obra que comenzó en nosotros.
Y esto tiene una resonancia especial en estos días que estamos viviendo como nación. Colombia continúa llorando después del terremoto del 10 de agosto.
Detrás de cada cifra hay una persona, un rostro, una familia, una historia.
Hay familias que hoy buscan desaparecidos, personas que lloran a sus seres queridos, heridos que necesitan atención, comunidades que han perdido sus casas y servidores que continúan trabajando entre los escombros.
No podemos interpretar esta tragedia como un castigo de Dios por los pecados de la gente.
La fe cristiana no nos autoriza a señalar a las víctimas y decir que Dios las castigó.
El dolor no debe convertirse en juicio contra quienes sufren.
Al contrario: cuando la tierra tiembla y nuestras seguridades se derrumban, la Iglesia está llamada a hacer visible el corazón misericordioso de Dios.
Por eso, en estos días, nuestra pregunta cristiana no puede ser solamente:
“¿por qué ocurrió esto?”.
También tenemos que preguntarnos:
“¿qué puedo hacer yo ahora por mi hermano?”
San Maximiliano Kolbe nos ofrece una respuesta radical:
dar la vida.
Quizás nosotros no tengamos que morir por otro como él, pero sí podemos entregar tiempo, alimento, dinero, escucha, oración, trabajo, capacidades, contactos, solidaridad.
Podemos convertir nuestra fe en manos que ayudan, en palabras que consuelan, en comunidades que acompañan.
Y aquí aparece una conexión hermosa con el matrimonio y con toda vocación cristiana: amar es aprender a salir de uno mismo.
El esposo que permanece junto a su esposa en la enfermedad;
la esposa que sostiene a su esposo en la dificultad;
los padres que no abandonan a sus hijos;
los hijos que cuidan a sus padres;
el sacerdote que entrega su vida a la comunidad;
la religiosa que consagra su existencia a Dios y al servicio;
el joven que descubre su vocación;
el voluntario que se mete entre los escombros para buscar a un desconocido:
todos ellos están diciendo con su vida: “Tu vida me importa”.
Eso es precisamente lo contrario de una cultura del descarte.
Jesús nos recuerda que el amor verdadero no se construye únicamente sobre emociones.
Las emociones cambian.
Los sentimientos fluctúan.
Las circunstancias se transforman.
La fidelidad, en cambio, aprende a permanecer.
Esto no significa justificar violencia, abuso o situaciones que destruyen la dignidad de una persona.
Permanecer fiel al Evangelio nunca significa aceptar el mal como si fuera voluntad de Dios.
Cuando una relación se vuelve destructiva, también es necesario proteger la vida, buscar ayuda, establecer límites y actuar con responsabilidad.
Pero incluso en medio de situaciones dolorosas, el cristiano está llamado a no responder con odio, venganza o indiferencia.
San Maximiliano no venció al mal convirtiéndose en otro verdugo. Lo venció ofreciendo amor.
DESAFÍO PARA LAS PRÓXIMAS 24 HORAS:
Hoy voy a hacer un acto concreto de amor fiel.
No solamente voy a decir “estoy orando por Colombia”: buscaré una manera real de ayudar a una persona afectada por esta emergencia o apoyaré responsablemente una iniciativa solidaria.
Y, además, llamaré o buscaré a una persona de mi familia con quien necesite fortalecer mi vínculo y le diré sinceramente: “Gracias por estar en mi vida; quiero cuidar nuestra relación”.
Porque la fe que no se convierte en amor concreto corre el riesgo de quedarse solamente en palabras.
FINALICEMOS PIDIENDO LA GRACIA DE VIVIR ESTA PALABRA:
Señor Jesús, enséñame a amar con un corazón fiel, como san Maximiliano Kolbe, capaz de salir de sí mismo para servir y entregar la vida; sana mis infidelidades, fortalece mis vínculos familiares, ayúdame a cuidar las personas que me has confiado y haz de mí un instrumento de consuelo para quienes sufren en Colombia; que en medio de tantas pérdidas no permanezca indiferente, sino que pueda ofrecer mis manos, mi tiempo, mi oración y mi corazón para reconstruir esperanza, porque sé que cuando el amor se entrega, el mundo comienza a levantarse de nuevo. Amén.
Fraternalmente:
Omar Herney Salgado Gómez, Pbro.