30/04/2026
Mis amados, quizá en más de una ocasión nos hemos sentido cansados de ser como somos, y nos preguntamos como podemos cambiar y lo intentamos; y seguramente también habremos probado el sabor amargo del descubrimiento de que, en el fondo, no conseguimos cambiar del todo. Nos proponemos abandonar un mal hábito, o quizá corregir un defecto de nuestro carácter, establecemos un plan, nos esforzamos, conseguimos más o menos ser constantes en nuestro propósito… hasta que tarde o temprano volvemos, exhaustos y frustrados, al sitio de salida. Otra vez afloró ese defecto, o ese mal hábito del que tanto nos gustaría librarnos pero que sigue ahí, bien arraigado en nosotros.
¿Y entonces qué? ¿Debemos conformarnos y ya está? ¿Tirar la toalla? ¿Optar, como hacen algunos, por ir al extremo de justificarnos? Al fin y al cabo, somos así, y los demás —Dios incluido deberían aceptarnos tal cual, ¿verdad? Desde luego que no. Pero por muy doloroso que nos resulte tomar consciencia de nuestra bancarrota moral y espiritual, solo así arribamos al punto exacto desde el cual el evangelio puede ser contemplado en su mejor ángulo. Como Jesús recordó a sus discípulos: “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc. 18:27). Él no sólo puede salvarnos, sino también cambiarnos.
Pablo nos llama a desarrollar una vida de auténtica adoración más allá de las cuatro paredes de nuestra congregación, que se vive cada día, en cualquier circunstancia. En el versículo de hoy, el apóstol amplía esta idea mostrándonos que eso sólo es posible mediante una gran revolución interna. En sus propias palabras: “transformaos mediante la renovación de vuestra mente”. Resulta llamativa la forma tan directa en la que Pablo se expresa. Casi parece contradictorio respecto a lo que decíamos al principio. Si no podemos generar un verdadero cambio en nosotros, ¿por qué se nos traslada esta orden tan directa, como si realmente dependiera de nuestro esfuerzo? Parte de la respuesta se halla en el escrito original, que emplea un tiempo verbal que admite la voz pasiva: “no seáis adaptados [...] sino sed transformados”. Y esto arroja una luz diferente al pasaje. No se trata de nuestro esfuerzo por cambiar, sino de la decisión consciente de bajo qué influencia elegimos vivir. ¿Bajo la corriente del mundo que nos rodea? ¿O bajo la fuerza transformadora del Espíritu de Dios?
Así como nosotros no podemos hacer que salga el sol, pero sí exponernos a su luz y al calor de sus rayos; no podemos generar un cambio profundo en nuestro corazón, pero sí podemos exponernos a la presencia de aquel que sí puede producir ese verdadero cambio. Por lo tanto, podemos decir que una vida de adoración sólo es posible cuando decidimos en nuestro día a día mantener el contacto con la presencia de Dios, y con las herramientas con las que su Espíritu trabaja en nosotros: la lectura y meditación de su Palabra, la oración, la alabanza o la comunión con otros creyentes. Todos ellos son instrumentos por medio de los cuales Dios va renovando nuestra mente, es decir, transformando nuestra forma de entender la vida, las convicciones y anhelos más profundos de nuestro corazón.
EL SEÑOR TE BENDIGA, Y TE GUARDE;
EL SEÑOR HAGA RESPLANDECER SU ROSTRO SOBRE TI, Y TENGA DE TI MISERICORDIA;
EL SEÑOR ALCE SOBRE TI SU ROSTRO, Y PONGA EN TI PAZ.
EN EL BENDITO NOMBRE DE Jesús. AMEN.
UN ABRAZO GRANDE Y CON AMOR EN CRISTO Jesús.
Yo sigo orando, yo sigo creyendo
Cali para Cristo
Colombia para Cristo
Venezuela para Cristo
Suecia para Cristo
Chao, chao