25/01/2021
PIDAMOS A JESÚS QUE ÉL MISMO SEA QUIEN NOS PREPARE PARA RECIBIRLO EN LA COMUNIÓN.
En el Volumen 2, Cap. 34 (12/Jun/1899), Luisa le pide a Jesús que la preparara para poder recibirlo en la comunión. Ella le pedía que:
1) La Purificara.
2) La Iluminara.
3) La Santificara.
Y Jesús lo hizo, y revestía su alma con el vestido de la fe, de la esperanza y de la caridad; le decía cómo ejercitarse en estas virtudes y le hacía conocer su nada, que estaba perdida dentro de Dios.
Cuando vayamos a comulgar pidámosle a Jesús que nos prepare de esta forma y que sea ÉL MISMO quien vaya a recibirse a sí mismo en la Hostia santa a través de nosotros, para darle la correspondencia de amor que Él mismo se dio cuando se comulgó a si mismo.
Les dejo escrito la primera parte del capítulo mencionado, que hace referencia a lo dicho anteriormente:
Esta mañana, debiendo recibir la comunión, estaba pidiendo al buen Jesús que viniera Él mismo a prepararme, antes de que viniera el confesor para celebrar la Santa Misa. “De otra manera, ¿cómo podré recibirte, siendo tan mala y estando indispuesta?”
Mientras esto hacía, mi dulce Jesús se ha complacido en venir. En el momento mismo en que lo vi, me parecía que no hacía otra cosa que saetearme con sus miradas purísimas y centelleantes de luz. ¿Quién puede decir lo que obraban en mí aquellas miradas penetrantes, que no dejaban escapar ni siquiera la sombra de un pequeño defecto? Es imposible poderlo decir; es más, habría querido dejar todo esto en silencio, porque las operaciones internas de la gracia difícilmente se saben exponer tal cual son con la boca, parece más bien que se desfiguran.
Pero la señora obediencia no quiere, y cuando es por ella se necesita cerrar los ojos y ceder sin decir nada más, de otra manera, contrariedades por doquier, porque siendo señora, por sí misma se hace respetar.
Entonces, sigo diciendo: En la primera mirada, le he pedido a Jesús que me purificara, y así me parecía que de mi alma se sacudiera todo lo que la ensombrecía.
En la segunda mirada, le he pedido que me iluminara, porque ¿en qué le aprovecha a una piedra preciosa ser pura si no está resplandeciente para atraer las miradas de aquellos que la miran? La mirarán, sí, pero con ojos indiferentes. Tanto más yo, que no sólo debía ser mirada sino identificada con mi dulce Jesús, tenía necesidad de aquella luz, que no sólo me volvía el alma resplandeciente, sino que me hacía entender la gran acción que estaba por realizar; por eso, no me bastaba ser purificada, sino también iluminada. Entonces Jesús, en aquella mirada, parecía que me penetrara, como la luz del sol penetra el cristal.
Después de esto, viendo que Jesús seguía mirándome, le he dicho:
“Amantísimo Jesús, ya que te has complacido primero en purificarme y después en iluminarme, dígnate ahora santificarme; mucho más, que debiendo recibirte a Ti, que eres el Santo de los santos, no es justo que yo sea tan diversa de Ti”.
Entonces Jesús, siempre benigno hacia esta miserable, se inclinó hacia mí, tomó mi alma entre sus brazos y parecía que con sus propias manos toda la retocaba. ¿Quién puede decir lo que obraban en mí aquellos toques de esas manos creadoras? ¡Cómo mis pasiones, ante aquellos toques, se ponían en su puesto! Mis deseos, inclinaciones, afectos, latidos y mis demás sentidos, santificados por aquellos toques divinos, se cambiaban en algo totalmente diferente y, unidos entre ellos, no más discordantes como antes, formaban una dulce armonía al oído de mi amado Jesús; me parecía que fueran tantos rayos de luz que herían su corazón adorable.
¡Oh, cómo se recreaba Jesús y qué momentos felices han sido para mí! ¡Ah!, yo experimentaba la paz de los santos, para mí era un paraíso de contentos y de delicias.
Después de esto, parecía que Jesús vestía a mi alma con el vestido de la fe, de la esperanza y de la caridad, y en el acto mismo que me vestía, Jesús me sugería el modo como debía ejercitarme en estas tres virtudes.
Ahora, mientras estaba haciendo esto, Jesús, desprendiendo otro rayo de luz, me ha hecho entender mi nada. ¡Ah! me parecía que fuera como un grano de arena en medio de un vastísimo mar, cual es Dios; y este pequeño grano iba a perderse en aquel mar inmenso, pero se perdía en Dios.
Después, me ha transportado fuera de mí misma, llevándome entre sus brazos, y me iba sugiriendo varios actos de contrición por mis pecados; recuerdo solamente que he sido un abismo de iniquidad. ¡Señor, oh, cuántas negras ingratitudes he tenido hacia Ti!