"Sagrado Corazon De Jesus"

"Sagrado Corazon De Jesus" Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. Marcos 16:15 Nos ha amado a todos con un corazón humano.

Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres

14/10/2024

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B.
*Marcos 10, 17-30.*
HOMILÍA. *OCTUBRE 13 de 2024*. Padre A. Sierra

09/09/2024

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. *Marcos 7, 31-37.* HOMILÍA. *SEPTIEMBRE 08 de 2024.* Padre A. Sierra

25/02/2024

II Domingo de Cuaresma.
*Marcos 9. 2-10.*
HOMILÍA. *Febrero 25 de 2024.*Padre Adalberto Sierra.

Jueves de la XV semana. Año impar.  Hasta este momento, Moisés ha estado hablando con «Dios» (אֱלֹהִים) en abstracto. Es...
20/07/2023

Jueves de la XV semana. Año impar.

Hasta este momento, Moisés ha estado hablando con «Dios» (אֱלֹהִים) en abstracto. Es consciente de que se ha dirigido personalmente a él, llamándolo por su nombre («Moisés, Moisés»: Éxo 3,4), de que se ha identificado como el «Dios» de sus antepasados (reafirmando así su origen israelita), y de que le quiere encargar una misión con la cual Moisés sintoniza: liberar a su pueblo de manos de sus opresores egipcios. Moisés le manifestó dudas acerca de sus posibilidades, y «Dios» se las disipó asegurándole su asistencia y el éxito de la misión.
Ahora Moisés quiere saber con qué Dios se está entendiendo. Este relato permite determinar la clara intención de establecer que, si la relación con Dios descarta todas las opresiones, la relación con el Dios de Israel no es menos exigente. Es una insinuación semejante a la que se advirtió en la experiencia de Jacob en Betel. En todo caso, el relato muestra la revelación del nombre divino a Moisés para transmitírselo a los descendientes de Abraham, y este nombre se vincula a la gesta que el libro va a contar como su «obra» característica: el que los sacó de Egipto, de la esclavitud.

Éxodo 3,13-20.
Moisés fue educado en la tradición monoteísta de Abraham, Isaac y Jacob, pero después entró a la tradición politeísta de Egipto; conocía ambas realidades. Su encuentro con el Dios de Abraham no prescinde de esa historia, la supone. Y en ese trasfondo se sitúa su encuentro con el Dios que se manifiesta como fuego que no quema.
La pregunta por el nombre de Dios (cf. Gén 32,30) es audaz, porque, según lo que pensaban los antiguos semitas, llamar por su nombre algo o a alguien era, de alguna manera, afirmar la propia persona sobre lo nombrado (cf. Gén 2,19). Pero, al mismo tiempo, no se podía entablar relación personal con otro desconociendo su nombre. Aquí no se observa resistencia de parte de Dios a dar a conocer su nombre, y esto sugiere diferenciar entre «dar nombre» y «dar el propio nombre». Al dar nombre, uno le asigna entidad y función a lo nombrado; al dar el propio nombre, uno se revela y permite que otro se relacione con uno de manera directa y personal, íntima inclusive.
Moisés pregunta por el «nombre» del Dios que lo envía, el de los antepasados de los israelitas («de los padres de ustedes»). Seguramente, Moisés oyó hablar de él cuando niño, pero no creció en el trato con él. Por eso le pide que le revele su nombre. La respuesta («Yo soy el que soy») a la vez revela y vela. El Señor es «el que es» y «el que hace ser». Un nombre enigmático y distintivo. El nombre como tal es enigmático, pero, como Moisés necesitaba nombrarlo de algún modo, en cierta forma es revelador. Moisés se presentará en calidad de enviado suyo ante los israelitas: «Yo soy» es el nombre del «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob», y así lo llamarán las futuras generaciones de israelitas. En tiempos posteriores, por respeto a Dios, se sustituirá este nombre por «Adonay» (אֲדֹנָי: «Señor mío»). Siguen las instrucciones sobre la misión:
1. Convocación. Moisés deberá marcharse de Madián y regresar a Egipto («vete») para reunir a las autoridades del pueblo («los ancianos») y ponerlas al tanto de los planes del Señor Dios de los «padres» (Abraham, Isaac y Jacob), el cual se le ha aparecido. Esta convocación supone que los hebreos, muy a pesar de su condición, disponen de una cierta organización que hace posible el hecho de que Moisés se haga escuchar de tan considerable grupo humano (cf. 1,7.9).
2. Mensaje. El mensaje que Moisés porta consta de tres noticias: el Señor Dios de los padres se le ha revelado («se me apareció»); esta revelación implica su intervención en la historia a través de Moisés, a quien constituye su vocero. Él «tiene presentes» (פקד) a los israelitas y ve cómo los maltratan, por eso los va a sacar de la opresión egipcia; el hecho de tenerlos presentes implica la vigilancia que él ejerce sobre la historia y su decisión de llamar a cuentas a los responsables de esa situación. Por último, manifiesta su decisión de sacarlos de la opresión para hacerlos subir a «una tierra que mana leche y miel», la tierra que antaño Dios había prometido a sus antepasados.
3. Reacciones.
a) Los «ancianos». Los ancianos a quienes es enviado le harán caso a Moisés y él con ellos deberán presentarse ante el rey de Egipto con una notificación, a la cual él reaccionará previsiblemente.
La notificación consiste en enterar al rey de Egipto de que su Dios les salió al encuentro, y ellos deben hacer tres jornadas de camino por el desierto para ofrecerle sacrificios allí. La mentalidad politeísta de la época y el carácter tribal o nacional de los dioses permite suponer que Faraón no considerara extraña esa afirmación desde el punto de vista religioso.
b) El rey de Egipto. Desde el punto de vista sociopolítico, las cosas se veían de otro modo. En el mundo antiguo, la muerte de un gobernante que había sido tirano era ocasión para brotes de rebeldía y protesta por parte de los oprimidos –tanto los de su país como los extranjeros– con la ilusión de sacudirse el yugo que los agobiaba. El Faraón sucesor interpretaría en ese horizonte las pretensiones cultuales de los hebreos y no los dejaría marchar voluntariamente. Los hebreos, reducidos a esclavitud, eran mano de obra disponible de la que los egipcios voluntariamente no querrían prescindir. Pero el Señor hará «prodigios» (נִפְלָאוֹת) con su mano que lo obligarán a ceder. El término «prodigio» o «maravilla» (פָּלָא) aparece por primera vez en forma verbal referido a la concepción de Isaac (cf. Gén 18,14) y esta segunda (cf. 3,20), referido a la liberación del pueblo. Se trata, pues, de una intervención divina en relación con la vida y la libertad, o sea, la promesa.

El Señor, Dios de Israel, es «el que (sí) es», en oposición a los ídolos, que «no son» (cf. Isa 43,10), o que son «nada» (cf. Isa 41,24). Los dioses de los pueblos, que sirven de pretexto para oprimir a esos mismos pueblos, no pueden aducir obras ni predicciones, «todos juntos eran nada; sus obras, vacío; aire y nulidad sus estatutos» (cf. Isa 41,21-19). El Dios de Israel no se revela solo como «existente», sino como «actuante» a favor de los oprimidos. Y esta es su característica por la cual habrá de ser conocido y reconocido en el futuro. Él no legitima los regímenes opresores, sino que se opone a ellos. Esa es la revelación hecha a Moisés y que él deberá transmitir.
Jesús levantará su voz precisamente porque el nombre del Señor se invocó «en falso» cuando se pretendió que sirviera de respaldo a un sistema de explotación y opresión («cueva de bandidos») que contradecía la revelación hecha a Moisés de una vez para siempre. Los cristianos, por lealtad a la buena noticia, tenemos la responsabilidad de mostrar el rostro liberador del Padre, que hoy se manifiesta a través de Jesús mu**to y resucitado por los «prodigios» que el Espíritu Santo hace en el corazón de los creyentes. «Donde hay Espíritu del Señor, hay libertad» (2Cor 3,17). Esta libertad es más que la libertad de acción e incluso que la libertad de opción, porque es la libertad para amar sin ceder a coacciones exteriores ni a ataduras interiores. Dan pesar los que se llaman cristianos y le dan culto al poder que anula las libertades y niega al Espíritu Santo de Dios.
La celebración de la eucaristía nos pone en comunión con el Dios de la vida y la libertad, y nos compromete a trabajar por la vida y la libertad de la humanidad.

Mateo 11,28-30.

La invitación a la fe en Jesús.
La primera reacción de Jesús ante el rechazo fue darle gracias al Padre por la forma como decidió darse a conocer. Se mostró de acuerdo con él, y explicó por qué. Ahora hace una invitación a los que no se sientan defraudados por Dios ni por él, a los que quieran unirse a la bendición que él acaba de proferir.
Al principio, él invitó a «venirse detrás» suyo, es decir, al seguimiento; ahora invita a «venir a» él, es decir, a la fe. La acción de Dios Padre, que él acaba de mostrar como digna de gratitud y alabanza, les da mayor claridad para adherirse a él.
Esa invitación se dirige a todos los que se encuentran«rendidos» (κοπιῶντες) y «abrumados» (πεφορτισμένοι). Se refiere a quienes se han esforzado por realizar un trabajo y los aplasta la sensación de fracaso, es decir, a quienes han intentado cumplir las exigencias de la Ley, pero no han podido, y se sienten frustrados por no haberlo logrado.
Les ofrece el «descanso», que no es un simple asueto, sino la libertad que el pueblo conoció con el éxodo y que cada sábado celebraba en al sinagoga. Pero él abre cabida a una libertad más dilatada, nunca antes imaginada.
A cambio de la enseñanza de la Ley, los invita a «aprender» de él. Y tampoco es un aprendizaje cualquiera, sino la vida nueva que procede del Espíritu Santo. Y, a cambio de la praxis de la Ley, él propone su propio ejemplo de conducta.
Simplemente «manso» significa estar en condiciones de sometimiento (cf. 5,5), privado del uso de la libertad. «Manso de corazón» consiste en la serenidad que se refleja en las relaciones de convivencia, en el manejo de los conflictos y en la capacidad de aguante sin perder la calma ni la alegría, serenidad que contrasta con la violencia de los círculos de poder.
Simplemente «humilde» significa estar en condiciones sociales de pobreza y de ausencia de poder (cf. 21,5). «Humilde de corazón» es una actitud de sencillez, de bondad y de afabilidad, que afirma con el trato la igualdad de los hijos de Dios, en contraste con la acritud descalificadora de las exclusiones y discriminaciones que practican «los sabios y entendidos».
La calificación «de corazón» indica la decisión personal de ser y permanecer en esas actitudes. Más cerca están de Jesús los «sencillos» (νηπίοι), los que son como los pequeños de la sociedad, aquellos a quienes tratan como a los niños, a los que no se les reconocen derechos legales por considerarlos ignorantes, que los «sabios y entendidos», que excluyen a aquellos.
Pero él los invita a «todos», pues todos están «rendidos y abrumados» por esa Ley que no han podido cumplir ni les ha dado el conocimiento del Padre. A todos les ofrece darles «descanso» (ἀναπαύω), que es la liberación que él comunica por el don de su Espíritu, y que es superior al descanso (σάββατα) antiguo.
El «yugo» implica una tarea conjunta, pero la Ley no ayudaba a cumplirla, sino que censuraba y penaba su infracción; por su parte, los maestros e intérpretes de la misma no facilitaban su observancia, sino que la hacían aún más difícil.
La «carga» se refiere a las exigencias. La carga del siervo equivale a sus tareas, que se consideran un medio de sujeción (cf. Sir 33,25-26). Las de la Ley eran numerosas, minuciosas y, en la práctica, imposibles de cumplir (cf. Hch 15,10). Su infracción era un peso superior a lo que el hombre podía soportar (cf. Sal 38,5).
La Ley era un yugo duro y pesado; el Espíritu de libertad, que enseña a vivir y convivir con «todos» en el amor, es un «yugo suave», y ese mismo amor, que nos hace solidarios unos con otros, nos empeña en una tarea que, llevada entre todos, es una «carga ligera». A ese amor universal nos invita Jesús cuando nos invita a darle su adhesión.
Y esa libertad es fruto de la presencia permanente del Espíritu Santo en cada creyente (cf. 2Cor 3,17), que lo hace hijo de Dios, es decir, libre y heredero (cf. Rom 8,14-17; Gál 4,1-7).

Miércoles de la XV semana. Año impar.  Después del episodio con el hebreo que le dio a entender que el asunto con el egi...
19/07/2023

Miércoles de la XV semana. Año impar.

Después del episodio con el hebreo que le dio a entender que el asunto con el egipcio era ya de sobra conocido, Moisés se dio a la fuga y «se refugió en el país de Madián». Con ese nombre se denotan las tribus nómadas que vivían al este y al sur de Palestina. Así se encuentra con el mundo de los patriarcas, sus antepasados. Madián es también descendiente de Abraham (cf. Gén 25,2). Como Egipto dominaba el territorio de Canaán, Moisés eligió la península del Sinaí como lugar más seguro para poner distancia entre él y el Faraón. También allí defenderá a los oprimidos.
Al llegar a Madián, Moisés se sentó junto a un pozo, sitio de concurrencia de los pastores para abrevar sus rebaños, donde podía encontrar trabajo. Allí le tocó intervenir en defensa de unas mujeres contra unos pastores que pretendían excluirlas, y las ayudó a abrevar sus rebaños. Estas volvieron más temprano que de costumbre donde su padre, que era sacerdote de Madián, y, al explicarle que «un egipcio» había sido la razón de su pronto retorno, este las urgió a invitarlo a casa. Moisés se quedó a trabajar a su servicio y él le dio por esposa a su hija Séfora. Tuvieron un primer hijo, a quien él llamó con el nombre Gerson (גֵּרשֹׁם, «forastero aquí» de גֵּר, «forastero»). Mu**to el Faraón (si era Seti I, estamos en el año 1290 a. C.), la opresión persistía, porque esta era estructural y sobrevivía al poderoso de turno. Dios decidió intervenir a favor de los oprimidos (cf. 2,16-25, omitido). Y llamó a Moisés para que participara con él en la liberación del pueblo. Eso es lo que se relata hoy.

Éxodo 3,1-6.9-12.
Es recomendable no omitir vv. 7-8. Pastoreando los rebaños de su suegro, llegó Moisés al monte Horeb, «el monte de Dios (אֱלֹהִים)», que otras tradiciones identifican con el nombre de Sinaí. Y allí tuvo una visión, recibió una revelación, y se le encargó una misión:
1. La visión. El ángel del Señor (יהוה) se le aparece como fuego que no consume, hecho que a él le parece llamativo. La expresión «el ángel del Señor» designa al Señor mismo, en cuanto se da a conocer. El Señor le pide que tome conciencia de que está pisando terreno sagrado (el monte de «Dios», lugar de culto para muchos). El hecho de descalzarse le asigna al lugar el estatuto de santuario, lugar de manifestación de Dios (cf. 19,12; Jos 5,15). Esta escena se parece a aquella en donde Jacob tuvo la misma experiencia en el santuario de Betel (cf. Gén 28,11-22). La visión de Dios como un fuego que arde sin consumir se constituye en un acontecimiento decisivo para la vida de Moisés, quien la considera «un espectáculo admirable».
2. La revelación. El Señor se revela como el Dios de los «padres» de Moisés (Abrahán, Isaac y Jacob). Moisés se tapa la cara, temeroso de que ver a Dios le ocasione la muerte, y Dios le declara su decidido designio liberador y le revela que lo ha elegido para ser agente de esa liberación. Eso implica que la historia no le es indiferente y que no le es ajena la suerte de los pueblos, es decir:
a) Que ha visto la «miseria» de su pueblo, que ha escuchado sus quejas contra los opresores, y que se ha fijado en sus sufrimientos (v. 7, omitido). Diferente de los ídolos, «que no ven, ni oyen, ni entienden» (Dan 5,23; cf. Sal 115,5-7; 135,16-17), el Señor sí que «ve» (ראה), «escucha» (שׁמע) y «conoce» (ירע). Y, además, él es justo y ama la justicia, y no tolera la injusticia, por eso no es un mero espectador pasivo de los acontecimientos, sino que actúa a su manera.
b) Que ha bajado para liberarlos de los egipcios, para sacarlos de esa tierra de opresión y llevarlos a una tierra de libertad («espaciosa») y de vida («fértil …que mana leche y miel»), la tierra que le había prometido a Abrahán (v. 8, omitido). Su intervención en la historia humana se expresa con el verbo «bajar» para indicar su «condescendencia», es decir, la irrupción de lo divino en la esfera humana motivada por la bondad y con el solo propósito de hacer el bien.
c) Que él ha escuchado la queja de los oprimidos y le consta cómo los tiranizan los egipcios; es decir, ha comprobado que la queja es fundada. Entre el v. 7 y el v. 9 parece haber la diferencia que se da entre los alegatos y la sentencia en un juicio. El Señor condena al régimen egipcio por «tiranía» (u opresión) y decide intervenir a favor de las víctimas de dicha tiranía.
3. La misión. Dios entra en la historia respetando la libertad de las personas. Moisés fue enviado por el Señor («Y ahora ve…») al opresor («…te envío al Faraón») para liberar de la esclavitud a los oprimidos («…saca mi pueblo, los hijos de Israel, de Egipto»). No se da una intervención de carácter invasivo, sino consensual. Aun siendo el dueño de la creación y el señor de la historia, el Señor no avasalla su creatura ni trastorna los procesos históricos.
Moisés se dirige a Dios (אֱלֹהִים) objetando ser muy poca cosa para tamaña misión. Contrasta su figura con la del Faraón y se ve en desventaja para cumplir la tarea que Dios le encarga. Aún no entiende cómo pretende Dios realizar una obra de tal magnitud a través de él, que se considera impotente frente al poder que ostenta y ejerce el Faraón. Moisés conoce de primera mano cuál es el peso que tiene la figura del hombre que un pueblo entero considera hijo de Ra, la suprema divinidad egipcia, y que goza del respaldo de un ejército numeroso y bien pertrechado.
En respuesta, Dios le ofrece como garantía su respaldo («yo estoy contigo»), le da una señal de la autenticidad de su misión, que verá su éxito («…cuando saques el pueblo de Egipto»), y que en ese mismo monte él y el pueblo reconocerán la obra de Dios («…ustedes darán culto a Dios en este monte»). El respaldo de Dios requiere fe, ya que Moisés lo comprobará en el desarrollo de los acontecimientos; la «señal» requiere fe y esperanza, porque será manifiesta cuando se hayan cumplido los hechos; y el culto a Dios requiere fe, esperanza y confianza.

Hasta ahora, Moisés había sentido indignación ética por la opresión de su gente. Ahora Dios lo hace partícipe de su propia reprobación a esa opresión y lo involucra en su propósito de liberar al pueblo de la misma. Él comprende que Dios actúa cuando se erradica la injusticia.
Para sintonizar con el Señor (יהוה) –el Dios de Abraham, Isaac y Jacob– es preciso rechazar la opresión y sentir pasión por la justicia y, por lo menos, abrigar la certeza de que Dios (en general: אֱלֹהִים) reprueba la opresión, oye el clamor de los oprimidos y se compromete con su causa para rescatarlos de esa opresión. Esto nos lleva a la convicción de que todos los que invocan a Dios –cualquiera que sea el nombre que le den– están invitados por él a oír el clamor de los excluidos y a eliminar la exclusión. No es legítimo invocar nombre alguno de Dios para excluir, oprimir o explotar a otros seres humanos, cualesquiera que sean.
Nosotros, los que conocemos al Padre por medio del Hijo, estamos ciertos de que él no está de acuerdo con la opresión, y que su Hijo vino enviado por él «para destruir las obras del diablo» (cf. 1Jn 3,8): la mentira y la violencia. Celebramos esto en la eucaristía y nos comprometemos con una obra aún mayor que la de Moisés: la liberación de los oprimidos sin odio a los opresores.

Mateo 11,25-27.

El conocimiento de Dios.
Frente al rechazo total por parte de los círculos intelectuales de Galilea (tres ciudades: totalidad homogénea), Jesús prorrumpió en una bendición.
«Bendecir» es una acción que en la Biblia tiene dos sentidos, según quién sea el destinatario:
• Si la bendición se dirige a Dios, ella significa una acción de gracias. Entre los judíos, se hablaba de «bendecir»; entre los paganos, se usaba «dar gracias». Son equivalentes (cf. 14,19; 15,36).
• Si la bendición procede de Dios, ella significa comunicación de vida y también la facultad de comunicar la misma vida recibida (cf. Gén 1,22). Esto también se da cuando un ser humano bendice a otro en nombre de Dios.
Así que esta bendición es una acción de gracias de Jesús al Padre porque el conocimiento de sí mismo lo escondió a «los sabios y entendidos», pero se lo ha revelado (siempre) «a la gente sencilla».
Como «sabios y entendidos» (cf. Isaías 29,14) se designan aquí los maestros y los discípulos de las escuelas bíblicas de las tres citadas ciudades, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, cuya erudición no los lleva a la «enmienda» para aceptar que la obra liberadora y salvadora de Jesús procede del Dios del éxodo.
«La gente sencilla» (cf. 21,16) son los socialmente «pequeños», a los cuales se les niega la condición de hijos y herederos porque no favorecen los intereses de los dirigentes. Jesús, en cambio, los valora como los receptores de la revelación fiel y auténtica. Y le da gracias al Padre por dejarse conocer precisamente de estos.
El Hijo es el heredero universal del Padre («Mi Padre me lo ha entregado todo»). Él hereda la «gloria» de su Padre (el Espíritu Santo: cf. 3,16). Esa herencia lo hace igual al Padre.
Solo el Padre «conoce» quién es hijo suyo, y solo el que vive como hijo de Dios está en capacidad de «conocer» por experiencia propia al Padre y de revelarlo «con autoridad» (cf. 7,28).
La revelación que hace el Hijo tiene un carácter digno de mención aparte. Jesús afirma que al Padre también lo puede conocer «aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Esta precisión no significa que el Hijo excluya a algunos de esa revelación, lo cual negaría el amor universal, sino que esa revelación es libre (no forzada) de su parte, y que también es fruto de su amor.
La fe dada al Hijo crea una relación de amor que implica libertad. No se trata de una imposición de su parte, ni tampoco de una conquista de parte del que recibe su revelación. Los «sabios y entendidos» consideraban su saber como fruto de su esfuerzo y aplicación en el estudio de las Escrituras. Jesús considera la revelación del Padre como respuesta del mismo a la fe dada al Hijo, es decir, a la aceptación del modelo de hijo que él mismo encarna y propone, no a un saber intelectual.
Los círculos intelectuales, los «sabios y entendidos», tienen un saber teórico, que no los compromete a trabajar por la libertad y la vida de la gente, al contrario, la oprimen con cargas insoportables (cf. 23,4); en cambio, la gente «sencilla», aunque no tenga ese saber, «conoce» por experiencia e identifica con certeza en Jesús la presencia y la actuación de Dios.
No es malo el «saber», el problema es no «conocer». Es decir, un saber que no se compromete con la obra de Dios engríe y corre el riesgo de conducir a oponerse a esa obra liberadora y salvadora de Dios.

Martes de la XV semana. Año impar.  Este texto reporta una breve narración de la vida de Moisés en tres momentos: 1. Nac...
18/07/2023

Martes de la XV semana. Año impar.

Este texto reporta una breve narración de la vida de Moisés en tres momentos:
1. Nacimiento. Según los estudiosos, se puede relacionar el relato del nacimiento de Moisés con la epopeya que se refería en Oriente a propósito del nacimiento de Sargón de Acadia, militar y conquistador mesopotámico del siglo XXV a. C.
2. Infancia y adolescencia. El Antiguo Testamento no habla de la educación de Moisés, aunque Josefo y Filón se ocupan extensamente de esto (cf. Hch 7,22: «Moisés fue instruido en todo el saber de los egipcios, y fue elocuente y hombre de acción»). En Egipto, los jóvenes cortesanos eran iniciados en la escritura jeroglífica y hierática, y en las escrituras cuneiformes de los países vecinos (asirobabilónica, hitita y ugarítica).
3. Adultez. La privilegiada situación de la que Moisés disfrutaba en la corte no lo hace olvidar su origen semita ni él descuida su solidaridad de raza con su pueblo. Esto afloró en su adultez, pero siempre formó parte de su conciencia.
El primero y el último tienen más detalles que el segundo en el relato bíblico.

Éxodo 2,1-15a.
Como era usual en aquella época, el nacimiento de los personajes se refería de forma proléptica, es decir, anticipándose a la vida futura del nacido. La narración prefigura la historia de su pueblo: peligro de muerte y liberación del mismo («sacado del agua»), salvación mediante la inserción en la sociedad y en la cultura egipcias, y doble salida: hacia sus hermanos hebreos y hacia el desierto.
1. Nacimiento de Moisés.
El nacimiento de Moisés lo presenta como un israelita de pura cepa y nacido en tiempos en que en Egipto no se les permitía a los hebreos criar varones. En el relato se pondera el protagonismo humano, sin mencionar una sola vez a Dios. Moisés agradó a su madre por «lo hermoso que era» (2,2) y esta es la explicación que se da de por qué ella lo mantuvo escondido. Cuando ya no pudo ocultarlo más, ella y su hija idearon y realizaron un audaz plan de salvamento tan ocurrente como riesgoso. Él recibió un tratamiento particular de parte de su madre como era de esperarse, pero, asombrosamente, también de parte de la hija del Faraón que había ordenado el exterminio de los niños hebreos. Ella «lo adoptó como hijo» y, por ese motivo, le puso nombre. Las dos madres son una forma de dar a entender que Moisés tiene dos nacionalidades; desde su nacimiento, es tanto hebreo como egipcio.
2. Infancia y adolescencia.
Su infancia y la adolescencia son narradas de forma sucinta. Tampoco en este momento se narra intervención alguna por parte de Dios. Pero aquí hay que destacar tres cosas importantes:
a) La lactancia por parte de su madre biológica. Radicalmente, Moisés resulta ser de formación hebrea, nutrido con amor en la tradición de su pueblo (cf. Job 3,12; Sal 22,10). La finalización de la lactancia materna se celebraba con una fiesta (cf. Gén 21,8) porque así quedaba garantizada la supervivencia del niño. Moisés es entregado como hebreo autóctono y autónomo.
b) La imposición del nombre. Si bien se pone en relación con la raíz «sacar» (משׁה)de la lengua hebrea (no hablada por la hija del faraón), en realidad este nombre es egipcio. El término mose, en egipcio, significa «ha nacido». Según los egiptólogos, Tut-mose significa «Tut ha nacido». Se supone que la tradición judía eliminó la primera parte del nombre, que sería característicamente egipcio e irreductible al hebreo. Moisés, con ese nombre fue integrado al pueblo egipcio.
c) La educación de Moisés. Por otras fuentes sabemos que, pese a que fue radicalmente hebreo y recibió educación «en toda la sabiduría egipcia» (Hch 7,22), él estimó «como riqueza mayor que los tesoros de Egipto el oprobio del Mesías» (Heb 11,26). Esto se deduce a partir de los hechos, y deja entender que la lactancia materna prevaleció sobre la crianza cortesana.
3. Moisés adulto.
La adultez lo llevó al contacto con «sus hermanos» oprimidos; observó sus duros trabajos («los encontró transportando cargas») y la manera como los atropellaban los nativos («vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo») y se puso de parte de ellos haciendo recurso a la violencia, pero no encontró reciprocidad por parte de ellos. En primer lugar, lo desconocieron como líder con autoridad entre ellos («¿quién te ha nombrado jefe y juez nuestro?»), y, en segundo lugar, aquello que hizo en su defensa –con exceso y quizás buscando aceptación– se volvió en contra suya, ya que lo consideraron como igual a sus arbitrarios explotadores («¿es que pretendes matarme como mataste al egipcio?»). Esto puede ser indicio de que Moisés era conocido no solo por el episodio del egipcio, sino también por su condición de cortesano y miembro del estamento de poder que oprimía a los hebreos. Y, en ese sentido, no solo inspiraría desconfianza, sino también rechazo.
Los hebreos estaban tan desalentados que dudaron de la verdad del interés de Moisés por ellos. Su vinculación con el círculo de poder arrojó sobre él cierto manto de sospecha. Así que quedó atrapado entre la desconfianza de los egipcios opresores –grupo en el que lo contaban– y la de los oprimidos –grupo al que él sentía pertenecer– sin ser reconocido por estos. Sin embargo, por haber actuado con violencia en favor de la causa de los oprimidos, empezó a ser considerado enemigo por parte del poder establecido. Moisés ha hecho claramente una opción irreversible por las víctimas, y estas no parecen agradecerle ni confiar en él. Aparentemente, después de ser reconocido como miembro de dos pueblos, termina siendo desconocido por ambos.
No obstante, no se explica suficientemente la razón por la cual el Faraón, precisamente, buscaba darle muerte. El historiador Flavio Josefo indica que el Faraón tenía envidia por los triunfos que Moisés había obtenido como militar, pero no hay manera de verificar esa información. Lo cierto es que a raíz de este hecho se consumó una ruptura entre Moisés y la dirigencia egipcia, ruptura que después se resolverá a favor de Moisés, tras la muerte del Faraón (cf. 2,22).

El relato muestra que Moisés fue protegido –sin pronunciar el nombre de Dios– por medio del amor de su madre biológica y de su madre adoptante. Fue integrado a los dos pueblos, el opresor y el oprimido. Pero en su vida adulta hizo clara opción por los oprimidos a pesar de contar con la aceptación de los círculos de poder y, particularmente, de la casa del faraón. Su «opción por los oprimidos» no fue romántica, porque al principio fue mirado por los suyos como extraño; ni tampoco ideológica, porque no adujo motivaciones de ese tipo; ni por solidaridad de clase social, porque él pertenecía a otra. Fue ética, porque Moisés no quiso transigir con la ley del más fuerte.
Es claro que –desde la perspectiva cristiana– se observa cierta ambigüedad: mata para que no se abuse del débil. Pero este sería un juicio anacrónico. Todavía falta mucho para la venida de Jesús, quien dará su vida para que nadie perezca, sino para que todos los hombres se salven.
El discípulo de Jesús es, a la vez, ciudadano del reino y habitante en el «mundo». Está llamado a optar por los pobres y excluidos siguiendo al Maestro, no los impulsos de una búsqueda personal de popularidad, ni las consignas de una ideología, ni la lucha fratricida de una clase social contra otra. En la raíz de dicha opción está la experiencia del amor de Jesús gracias al don del Espíritu Santo, que permite conocer al Padre. Por eso, el discípulo de Jesús tiene el desafío de ser como su maestro, entregándose para dar vida.
La eucaristía es, a la vez, memorial y compromiso de esa entrega liberadora y salvadora de Jesús, que entraña el generoso desprendimiento de sí mismo.

Mateo 11,20-24.

Dos lamentos, una misma causa.
La vida y la actividad de Jesús no ha satisfecho las expectativas de Juan, ni las de los dirigentes religiosos del país. Juan manifestó su crisis de fe y Jesús lo animó a creer a pesar de que no lo sacara de la prisión, y habló bien de él. Pero los líderes religiosos se han portado como niños caprichosos, y Jesús denunció su falta de sinceridad (cf. 11,2-19).
Él había ido a las ciudades de sus discípulos a enseñar y anunciar (cf. 11,1), y sabía que en algún lugar no lo iban a recibir, porque sus habitantes imitaban la conducta de Sodoma y Gomorra (cf. 10,14-15).
Y eso es lo que acaba de acontecer en dos ciudades en las cuales había sendas escuelas para el estudio de la Ley, o sea, eran gentes religiosamente ilustradas, conocedoras de la Escritura.
Hay que advertir que para los letrados el conocimiento de Dios se equiparaba con el conocimiento de la Ley, enseñanza que Jesús no admite. Para él, conocer a Dios es experimentar su amor de Padre y transmitírselo a los demás con el servicio, la compasión, la misericordia y el perdón. Por eso ellos rechazan a Jesús, y no lo reconocen como maestro.
Jesús les recrimina su rechazo. Justo en esas ciudades había realizado él casi todas sus «proezas» (δύναμις). Con este término se refiere la Ley de Moisés a las acciones liberadoras y salvadoras del Señor cuando realizó el éxodo y sacó a Israel de Egipto para llevarlo a la tierra prometida. El reproche de Jesús se debe a que, después de presenciar ellos las actividades con las cuales él le daba libertad y vida a la gente, en vez de reconocerlo como enviado del Dios del éxodo, lo rechazaron.
Jesús se lamenta por cada una de esas ciudades («¡Ay de ti…!»).
Aludiendo a lo que denunció el profeta Ezequiel (16,49-50), les señala el mismo pecado de Sodoma: la indiferencia frente «al desgraciado y al pobre», porque no se han enmendado (μετανοέω) en vista de las «proezas» de Jesús, sino que se han empecinado en sus injusticias y en su indiferencia.
Si las ciudades paganas (Tiro y Sidón) hubieran conocido esas «proezas» de Jesús, seguro que se habrían arrepentido sinceramente y se habrían salvado. Esas ciudades paganas tendrán un juicio más llevadero que el que les espera a estas dos ciudades israelitas, porque en estas Dios manifestó su potencia liberadora y salvadora, cosa que no vieron aquellas.
Cafarnaún fue la ciudad que Jesús se escogió para dar testimonio de ese amor liberador y salvador para todos, dado que allí coexistían judíos y paganos. Pero en ella encarna la prepotencia y el orgullo del tirano babilonio, que pretendió endiosarse y fue precipitado al abismo de la muerte. Sodoma habría reaccionado de manera positiva a acciones liberadoras como las de Jesús y se habría salvado («habría durado hasta hoy»). Pero tampoco, esas ciudades de los «sabios y entendidos» no supieron identificar la obra de Dios ni la secundaron.
La enumeración de tres ciudades hace pensar en un rechazo generalizado por parte de los círculos intelectuales que ellas representan, los teóricos de la Ley que no la llevaban a la práctica en lo más mínimo (cf. 23,4).
Quizás todavía hoy hay muchos grupos de sedicentes creyentes como Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, pegadas del saber teológico y de su conocimiento de la Escritura, pero desentendidas del pobre y del desdichado. Saber sin amor no es real conocimiento de Dios.

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