20/07/2023
Jueves de la XV semana. Año impar.
Hasta este momento, Moisés ha estado hablando con «Dios» (אֱלֹהִים) en abstracto. Es consciente de que se ha dirigido personalmente a él, llamándolo por su nombre («Moisés, Moisés»: Éxo 3,4), de que se ha identificado como el «Dios» de sus antepasados (reafirmando así su origen israelita), y de que le quiere encargar una misión con la cual Moisés sintoniza: liberar a su pueblo de manos de sus opresores egipcios. Moisés le manifestó dudas acerca de sus posibilidades, y «Dios» se las disipó asegurándole su asistencia y el éxito de la misión.
Ahora Moisés quiere saber con qué Dios se está entendiendo. Este relato permite determinar la clara intención de establecer que, si la relación con Dios descarta todas las opresiones, la relación con el Dios de Israel no es menos exigente. Es una insinuación semejante a la que se advirtió en la experiencia de Jacob en Betel. En todo caso, el relato muestra la revelación del nombre divino a Moisés para transmitírselo a los descendientes de Abraham, y este nombre se vincula a la gesta que el libro va a contar como su «obra» característica: el que los sacó de Egipto, de la esclavitud.
Éxodo 3,13-20.
Moisés fue educado en la tradición monoteísta de Abraham, Isaac y Jacob, pero después entró a la tradición politeísta de Egipto; conocía ambas realidades. Su encuentro con el Dios de Abraham no prescinde de esa historia, la supone. Y en ese trasfondo se sitúa su encuentro con el Dios que se manifiesta como fuego que no quema.
La pregunta por el nombre de Dios (cf. Gén 32,30) es audaz, porque, según lo que pensaban los antiguos semitas, llamar por su nombre algo o a alguien era, de alguna manera, afirmar la propia persona sobre lo nombrado (cf. Gén 2,19). Pero, al mismo tiempo, no se podía entablar relación personal con otro desconociendo su nombre. Aquí no se observa resistencia de parte de Dios a dar a conocer su nombre, y esto sugiere diferenciar entre «dar nombre» y «dar el propio nombre». Al dar nombre, uno le asigna entidad y función a lo nombrado; al dar el propio nombre, uno se revela y permite que otro se relacione con uno de manera directa y personal, íntima inclusive.
Moisés pregunta por el «nombre» del Dios que lo envía, el de los antepasados de los israelitas («de los padres de ustedes»). Seguramente, Moisés oyó hablar de él cuando niño, pero no creció en el trato con él. Por eso le pide que le revele su nombre. La respuesta («Yo soy el que soy») a la vez revela y vela. El Señor es «el que es» y «el que hace ser». Un nombre enigmático y distintivo. El nombre como tal es enigmático, pero, como Moisés necesitaba nombrarlo de algún modo, en cierta forma es revelador. Moisés se presentará en calidad de enviado suyo ante los israelitas: «Yo soy» es el nombre del «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob», y así lo llamarán las futuras generaciones de israelitas. En tiempos posteriores, por respeto a Dios, se sustituirá este nombre por «Adonay» (אֲדֹנָי: «Señor mío»). Siguen las instrucciones sobre la misión:
1. Convocación. Moisés deberá marcharse de Madián y regresar a Egipto («vete») para reunir a las autoridades del pueblo («los ancianos») y ponerlas al tanto de los planes del Señor Dios de los «padres» (Abraham, Isaac y Jacob), el cual se le ha aparecido. Esta convocación supone que los hebreos, muy a pesar de su condición, disponen de una cierta organización que hace posible el hecho de que Moisés se haga escuchar de tan considerable grupo humano (cf. 1,7.9).
2. Mensaje. El mensaje que Moisés porta consta de tres noticias: el Señor Dios de los padres se le ha revelado («se me apareció»); esta revelación implica su intervención en la historia a través de Moisés, a quien constituye su vocero. Él «tiene presentes» (פקד) a los israelitas y ve cómo los maltratan, por eso los va a sacar de la opresión egipcia; el hecho de tenerlos presentes implica la vigilancia que él ejerce sobre la historia y su decisión de llamar a cuentas a los responsables de esa situación. Por último, manifiesta su decisión de sacarlos de la opresión para hacerlos subir a «una tierra que mana leche y miel», la tierra que antaño Dios había prometido a sus antepasados.
3. Reacciones.
a) Los «ancianos». Los ancianos a quienes es enviado le harán caso a Moisés y él con ellos deberán presentarse ante el rey de Egipto con una notificación, a la cual él reaccionará previsiblemente.
La notificación consiste en enterar al rey de Egipto de que su Dios les salió al encuentro, y ellos deben hacer tres jornadas de camino por el desierto para ofrecerle sacrificios allí. La mentalidad politeísta de la época y el carácter tribal o nacional de los dioses permite suponer que Faraón no considerara extraña esa afirmación desde el punto de vista religioso.
b) El rey de Egipto. Desde el punto de vista sociopolítico, las cosas se veían de otro modo. En el mundo antiguo, la muerte de un gobernante que había sido tirano era ocasión para brotes de rebeldía y protesta por parte de los oprimidos –tanto los de su país como los extranjeros– con la ilusión de sacudirse el yugo que los agobiaba. El Faraón sucesor interpretaría en ese horizonte las pretensiones cultuales de los hebreos y no los dejaría marchar voluntariamente. Los hebreos, reducidos a esclavitud, eran mano de obra disponible de la que los egipcios voluntariamente no querrían prescindir. Pero el Señor hará «prodigios» (נִפְלָאוֹת) con su mano que lo obligarán a ceder. El término «prodigio» o «maravilla» (פָּלָא) aparece por primera vez en forma verbal referido a la concepción de Isaac (cf. Gén 18,14) y esta segunda (cf. 3,20), referido a la liberación del pueblo. Se trata, pues, de una intervención divina en relación con la vida y la libertad, o sea, la promesa.
El Señor, Dios de Israel, es «el que (sí) es», en oposición a los ídolos, que «no son» (cf. Isa 43,10), o que son «nada» (cf. Isa 41,24). Los dioses de los pueblos, que sirven de pretexto para oprimir a esos mismos pueblos, no pueden aducir obras ni predicciones, «todos juntos eran nada; sus obras, vacío; aire y nulidad sus estatutos» (cf. Isa 41,21-19). El Dios de Israel no se revela solo como «existente», sino como «actuante» a favor de los oprimidos. Y esta es su característica por la cual habrá de ser conocido y reconocido en el futuro. Él no legitima los regímenes opresores, sino que se opone a ellos. Esa es la revelación hecha a Moisés y que él deberá transmitir.
Jesús levantará su voz precisamente porque el nombre del Señor se invocó «en falso» cuando se pretendió que sirviera de respaldo a un sistema de explotación y opresión («cueva de bandidos») que contradecía la revelación hecha a Moisés de una vez para siempre. Los cristianos, por lealtad a la buena noticia, tenemos la responsabilidad de mostrar el rostro liberador del Padre, que hoy se manifiesta a través de Jesús mu**to y resucitado por los «prodigios» que el Espíritu Santo hace en el corazón de los creyentes. «Donde hay Espíritu del Señor, hay libertad» (2Cor 3,17). Esta libertad es más que la libertad de acción e incluso que la libertad de opción, porque es la libertad para amar sin ceder a coacciones exteriores ni a ataduras interiores. Dan pesar los que se llaman cristianos y le dan culto al poder que anula las libertades y niega al Espíritu Santo de Dios.
La celebración de la eucaristía nos pone en comunión con el Dios de la vida y la libertad, y nos compromete a trabajar por la vida y la libertad de la humanidad.
Mateo 11,28-30.
La invitación a la fe en Jesús.
La primera reacción de Jesús ante el rechazo fue darle gracias al Padre por la forma como decidió darse a conocer. Se mostró de acuerdo con él, y explicó por qué. Ahora hace una invitación a los que no se sientan defraudados por Dios ni por él, a los que quieran unirse a la bendición que él acaba de proferir.
Al principio, él invitó a «venirse detrás» suyo, es decir, al seguimiento; ahora invita a «venir a» él, es decir, a la fe. La acción de Dios Padre, que él acaba de mostrar como digna de gratitud y alabanza, les da mayor claridad para adherirse a él.
Esa invitación se dirige a todos los que se encuentran«rendidos» (κοπιῶντες) y «abrumados» (πεφορτισμένοι). Se refiere a quienes se han esforzado por realizar un trabajo y los aplasta la sensación de fracaso, es decir, a quienes han intentado cumplir las exigencias de la Ley, pero no han podido, y se sienten frustrados por no haberlo logrado.
Les ofrece el «descanso», que no es un simple asueto, sino la libertad que el pueblo conoció con el éxodo y que cada sábado celebraba en al sinagoga. Pero él abre cabida a una libertad más dilatada, nunca antes imaginada.
A cambio de la enseñanza de la Ley, los invita a «aprender» de él. Y tampoco es un aprendizaje cualquiera, sino la vida nueva que procede del Espíritu Santo. Y, a cambio de la praxis de la Ley, él propone su propio ejemplo de conducta.
Simplemente «manso» significa estar en condiciones de sometimiento (cf. 5,5), privado del uso de la libertad. «Manso de corazón» consiste en la serenidad que se refleja en las relaciones de convivencia, en el manejo de los conflictos y en la capacidad de aguante sin perder la calma ni la alegría, serenidad que contrasta con la violencia de los círculos de poder.
Simplemente «humilde» significa estar en condiciones sociales de pobreza y de ausencia de poder (cf. 21,5). «Humilde de corazón» es una actitud de sencillez, de bondad y de afabilidad, que afirma con el trato la igualdad de los hijos de Dios, en contraste con la acritud descalificadora de las exclusiones y discriminaciones que practican «los sabios y entendidos».
La calificación «de corazón» indica la decisión personal de ser y permanecer en esas actitudes. Más cerca están de Jesús los «sencillos» (νηπίοι), los que son como los pequeños de la sociedad, aquellos a quienes tratan como a los niños, a los que no se les reconocen derechos legales por considerarlos ignorantes, que los «sabios y entendidos», que excluyen a aquellos.
Pero él los invita a «todos», pues todos están «rendidos y abrumados» por esa Ley que no han podido cumplir ni les ha dado el conocimiento del Padre. A todos les ofrece darles «descanso» (ἀναπαύω), que es la liberación que él comunica por el don de su Espíritu, y que es superior al descanso (σάββατα) antiguo.
El «yugo» implica una tarea conjunta, pero la Ley no ayudaba a cumplirla, sino que censuraba y penaba su infracción; por su parte, los maestros e intérpretes de la misma no facilitaban su observancia, sino que la hacían aún más difícil.
La «carga» se refiere a las exigencias. La carga del siervo equivale a sus tareas, que se consideran un medio de sujeción (cf. Sir 33,25-26). Las de la Ley eran numerosas, minuciosas y, en la práctica, imposibles de cumplir (cf. Hch 15,10). Su infracción era un peso superior a lo que el hombre podía soportar (cf. Sal 38,5).
La Ley era un yugo duro y pesado; el Espíritu de libertad, que enseña a vivir y convivir con «todos» en el amor, es un «yugo suave», y ese mismo amor, que nos hace solidarios unos con otros, nos empeña en una tarea que, llevada entre todos, es una «carga ligera». A ese amor universal nos invita Jesús cuando nos invita a darle su adhesión.
Y esa libertad es fruto de la presencia permanente del Espíritu Santo en cada creyente (cf. 2Cor 3,17), que lo hace hijo de Dios, es decir, libre y heredero (cf. Rom 8,14-17; Gál 4,1-7).