03/04/2026
“¿Por qué me has desamparado?”
El Inocente cargó el peso de la culpa; Aquel que jamás conoció pecado tomó sobre sí el castigo que nos pertenecía.
En la cruz llevó nuestra sombra, nuestra deuda, nuestra condena.
Y en ese momento insondable, el Hijo eterno sintió el frío del desamparo; por primera vez, en el misterio de su encarnación, su humanidad atravesó una soledad profunda, una oscuridad que su corazón humano no podía comprender.
No fue que perdiera su esencia divina, pues seguía siendo el Cordero sin mancha, puro, santo y perfecto; pero allí estaba, cargando sobre sus hombros el peso horrendo de nuestro pecado.
Por eso, desde la cruz, entre dolor y amor infinito, su voz se alzó hacia el cielo y clamó dos veces al Padre:
“Dios mío, Dios mío… ¿por qué me has desamparado?”
No fue el grito de la derrota, sino el eco del sacrificio más grande; el Santo sufriendo el abandono para que nosotros jamás tengamos que vivirlo.