25/05/2026
“Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.”
Filipenses 2:8-11
La cruz no fue el final de Cristo, fue el camino hacia su exaltación. Pablo nos revela que después de su humillación hasta la muerte, Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó un nombre que está por encima de todo nombre. El que fue despreciado y crucificado ahora es proclamado como Señor de cielos y tierra.
El nombre de Jesucristo representa su autoridad suprema sobre toda la creación. Nada queda fuera: ángeles, reinos, gobiernos, demonios, hombres y hasta la misma muerte tendrán que reconocer su señorío.
Pedro lo proclamó en Pentecostés: “A este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.” Hechos 2:36.
Y Juan lo vio en visión: “Rey de reyes y Señor de señores.” Apocalipsis 19:16. La supremacía de Cristo no es una esperanza futura solamente; es una realidad presente que será manifestada plenamente en su regreso.
Confesar que Jesucristo es Señor significa vivir bajo su gobierno ahora. No es solo pronunciar palabras, es someter toda área de nuestra vida a su autoridad. Si toda rodilla se doblará delante de Él un día, los hijos de Dios ya doblamos nuestras rodillas hoy en obediencia y rendición.
La supremacía de Cristo nos libera de temores y falsas lealtades. No importa cuán grandes parezcan las fuerzas de este mundo, Cristo ya reina sobre todas ellas. Su nombre es el refugio, la esperanza y la certeza de que el propósito de Dios se cumplirá en la tierra.