13/08/2020
MENSAJE DE SAN FRANCISCO DE ASÍS A LOS JÓVENES EN SU DIA.
Queridos jóvenes, mis hermanos y hermanas:
Como ustedes, también fui joven. Era hijo de un rico comerciante de telas: Pedro Bernardone. Con él fui a las famosas ferias del sur de Francia y de Holanda. Aprendí francés y conocí un poco del mundo, especialmente la música de los juglares y cantigas de amor de la Provence.
Mi festiva juventud. Mi padre, muy rico, me proporcionó todas las facilidades. Yo lideraba un grupo de jóvenes bohemios que adoraban pasarse muchas horas a la noche en los pasillos de las villas, cantando poemas de amor cortés y oyendo a los trovadores que narraban historias de caballería. Hacíamos festines y mucho ruido. Así transcurrieron varios y alegres años. Después de algún tiempo, empecé a sentir un gran vacío interior. Todo aquello era bueno, pero no me satisfacía. Para superar la crisis, intenté ser caballero y realizar hazañas en batallas contra los moros. Pero en medio del camino desistí. Entré a un monasterio para orar y hacer penitencia. Pero luego me di cuenta de que ese no era mi camino.
El llamado para reconstruir la Iglesia en ruinas. Lentamente comenzó a crecer dentro de mí un extraño amor por los pobres y profunda compasión por los leprosos que vivían aislados, fuera de la ciudad. Me acordaba de Jesús que también fue pobre y lo mucho que sufrió en la cruz.
Cierto día, cuando entre a una pequeña Iglesia, de nombre San Damián, me quede detenidamente contemplando el rostro llagado de Cristo crucificado. De repente, me pareció oír una voz que venía de el: “Francisco, ve y repara mi Iglesia que está en ruinas”. Aquellas palabras calaron hondo en mi corazón. No conseguía olvidarlas. Empecé, con mis propias manos, a reconstruir una pequeñita y vieja iglesia en ruinas, llamada Porciúncula. Después, pensando mejor, me di cuenta de que aquella voz se refería a la Iglesia hecha de hombres y de mujeres, de prelados, abades, padres, no excluyendo al propio Papa. Ella estaba en ruina moral. Había muchas inmoralidades, hambre de poder, acumulación de riquezas, construcciones de palacios cardenales, de papas y suntuosas iglesias. Todo aquello que Jesús seguramente no quería de sus seguidores.
El descubrimiento del Evangelio y de los pobres. Me pareció bien beber de la fuente genuina de la reconstrucción de la Iglesia: los Evangelios y el seguimiento de Jesús pobre. Nadie me inspiró o mandó; fue Dios mismo quien me llevó junto a los leprosos. Y tuve inmensa compasión por ellos. Aquello que antes me parecía amargo, ahora, por amor compasivo, se me hacía dulce. Empecé a predicar por los burgos las palabras de Cristo, en lengua popular que todos entendían. Veía en los ojos de las personas que era eso lo que esperaban y querían oír.
Todos los seres de la creación son hermanos y hermanas. En mis andanzas me fascinaba la belleza de las flores, el canto de los pajaritos, el ruido de las aguas en los riachos. Sacaba del camino polvoriento a la lombriz para que no fuera pisada. Entendí que todos habíamos nacido del corazón del Padre de bondad. Por eso éramos hermanos y hermanas: el hermano fuego, la hermana agua, el hermano y el Señor sol, la hermana y Madre tierra y hasta el hermano lobo de Gubbio. Muchos antiguos compañeros de fiestas y diversiones se unieron a mí. Una bella y querida amiga, Clara de Asís, huyó de su casa y quiso compartir nuestra vida simple. Empezamos un movimiento de pobres. No llevábamos nada con nosotros. Apenas el ardor del corazón y la alegría del espíritu. Trabajábamos en los campos o pedíamos limosnas. Queríamos seguir los pasos de Cristo humilde, pobre y amigo de los pobres. Y el Papa Inocencio III, aún lleno de dudas, aprobó nuestra opción en 1209 permitiéndonos predicar por todas partes el Evangelio de Jesús. Después de algunos años, ya éramos una multitud, al punto de que yo no sabía más como abrigar y animar a tanta gente. El resto de la historia ustedes ya la conocen. No necesito repetirla. Más tarde, con el apoyo del Papa de aquel tiempo, se creó la Orden de los Frailes Menores, con diversas ramas, que persiste hasta el día de hoy.
Vean, queridos jóvenes, hermanos y hermanas queridos míos. Tuve una experiencia que ciertamente ustedes, como jóvenes, también tuvieron o están teniendo: de rueda de amigos, de fiestas y de farras. Por lo tanto, tenemos algo en común.
Déjenme que me transporte a vuestro tiempo y que les diga lo que el Espíritu de Dios me inspire: