06/11/2014
Su niñez
Alfonso Antonio llego al tablazo cuando apenas tenía 3 años. Era un niño inteligente, despierto, piadoso y obediente. Se levantaba con la aurora, y después de signarse y rezar algunas oraciones con su madre, solía salir al corral para divertirse corriendo detrás de las pequeñas crías tratando de enlazarlas antes de que sus hermanos mayores salieran con el ganado.
Una vez que sus hermanos partían para la escuela, el con su hermana rosa lía, cargaba el agua de la poceta hasta la cocina, antes de entregarse a sus juegos, paseos y diversiones infantiles.
Gustaba levantar pequeños altares al señor, a la virgen y a los santos, y pasaba largos ratos orando ante ellos. Y lo hacía con tal fervor, que edificaba con su piedad. Pues la oración fue en él una constante en su vida.
Cuenta don José Villegas, quien lo conoció mucho, que siendo todavía muy pequeño, se le veía con frecuencia en el patio interior de su casa en una actitud de oración. Y que al preguntarle qué rezaba, el respondía: “yo no rezo, oro”.
Cuando asistía con doña Ana Rosa su madre a la misa, antes de la consagración solía treparse al escaño, como para ver mejor. Y su actitud tan reverente llamaba la atención de todos, quienes al salir del templo comentaban que el hijo de doña rosa más parecía un ángel que un niño.
Quienes lo conocieron nos narran dos actitudes de Alfonso Antonio que nos revelan su mucho amor a dios y a sus hermanos. Como a doña Ana Rosa se le había encomendado guardar la llave de la capilla, ella la colocaba en un clavo en la parte alta de la pared. Y que Alfonso Antonio, muy pequeño todavía, se ingeniaba la manera de alcanzarla a hurtadillas, para ir a orar al santo recinto. Estando una vez el niño con su madre en la plaza de Rionegro, de pronto se le escabullo. Era que había visto un pobre anciano que pretendía subir las gradas de la iglesia sin poder lograrlo, el acudía a socorrerlo.