11/06/2026
Hoy, jueves sacerdotal, cordialmente invitados a participar de la Santa Eucaristía a las 5:00 p.m. y, a continuación, de la exposición y adoración del Santísimo Sacramento desde las 5:30 p.m. hasta las 6:30 p.m.
Quisiera invitarlos no solo a "asistir", sino a redescubrir el inmenso regalo que significa encontrarnos con Jesús Eucaristía.
¿Por qué adoramos al Santísimo? Porque creemos firmemente en las palabras de Jesús: «Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre» (Mt 26, 26-28).
La Iglesia ha custodiado esta verdad desde sus orígenes: en la Eucaristía está realmente presente Jesucristo, vivo y glorioso, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
No estamos ante una cosa, un símbolo o un simple recuerdo; estamos ante Alguien: el Señor.
La Santa Misa es el centro y la cumbre de la vida cristiana. En ella Cristo se ofrece al Padre por nuestra salvación y se nos entrega como alimento de vida eterna.
La adoración eucarística prolonga ese encuentro. El mismo Jesús que recibimos en la comunión permanece entre nosotros y nos invita a quedarnos un poco más con Él.
Adorar es reconocer que Dios es Dios y que nosotros necesitamos de Él. Es hacer silencio para escuchar su voz. Es dejar que Jesús mire nuestra vida y sane lo que llevamos herido.
Muchas veces entramos en el templo cargados de preocupaciones y salimos con el corazón fortalecido, porque quien permanece ante el Señor nunca regresa igual.
En el huerto de Getsemaní, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿No han podido velar una hora conmigo?» (Mt 26,40).
También hoy nos hace esa invitación. Él permanece día y noche en el Sagrario esperando una visita, una palabra de gratitud, una súplica confiada, una compañía amorosa.
Ante el Santísimo podemos dar gracias por tantos beneficios recibidos; pedir perdón por nuestros pecados y los del mundo; presentar nuestras necesidades y las de nuestras familias; interceder por los enfermos, por quienes sufren y han perdido la esperanza; orar por nuestros sacerdotes y por nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas; y aprender a amar como Jesús ama.
Los santos encontraron en la adoración la fuerza para vivir su vocación.
San Juan María Vianney decía: «Él está allí». Y enseñaba que basta abrirle el corazón al Señor y dejarse amar por Él.
San Alfonso María de Ligorio afirmaba: «Entre todas las devociones, la adoración a Jesús Sacramentado es la primera después de los sacramentos, la más agradable a Dios y la más útil para nosotros».
Y san Pedro Julián Eymard enseñaba: «La Eucaristía es la suprema prueba del amor de Jesús. Después de este don, ya no podía darnos nada más».
Hermanos, el mundo necesita hombres y mujeres que sepan arrodillarse delante de Dios. De la adoración nacen familias más unidas, jóvenes más fuertes en la fe, vocaciones generosas y corazones capaces de perdonar y servir. La Iglesia se renueva cuando vuelve a la Eucaristía.
Hoy regalémosle al Señor una hora de nuestro tiempo. Tal vez no sepamos qué decirle; no importa. Miremos a Jesús y dejémonos mirar por Él. A veces, la oración más profunda consiste simplemente en permanecer en su presencia.
«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11,28).
Jesús Eucaristía nos espera. Participemos de la Santa Misa a las 5:00 p.m. y acompañémoslo en la adoración de 5:30 p.m. a 6:30 p.m.
No lo dejemos solo. Vayamos a adorarlo, porque Él nos amó primero y continúa esperándonos con infinita paciencia y misericordia.
Que esta tarde podamos hacer nuestras las palabras de san Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).
Allí, ante Jesús Sacramentado, encontraremos paz para el corazón, fortaleza para nuestras luchas y la certeza de que el Señor nunca abandona a quienes buscan su rostro.