21/04/2026
A la luz serena de la luna, mientras el aire se llenaba del solemne sonar de las marchas, en la noche sagrada del Jueves Santo nuestros corazones se detuvieron para contemplar a Jesús Cautivo. En medio del silencio y la devoción, su mirada —profunda, llena de dolor y misericordia— nos alcanzó sin palabras, atravesando el alma y despertando una fe que parecía dormida. Y en ese instante, entre incienso y pasos lentos, comprendimos que no éramos solo espectadores, sino testigos de un amor infinito que, aun en el sufrimiento, nos llama, nos abraza y nos transforma para siempre.