16/08/2026
DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO
Tenemos mil ocasiones, en la vida de cada día, para ejercitar la hospitalidad y la apertura de corazón. No vaya a ser que sepamos dialogar con los forasteros y alejados y neguemos luego el diálogo a los de casa. En nuestra misma familia o comunidad, algunas personas no nos resultan simpáticas, por su cultura, por su edad, por su temperamento. A veces miramos a los forasteros con suspicacia, a los jóvenes con impaciencia, a los adultos con indiferencia, a los pobres con disgusto, al tercer mundo con desinterés, a los alejados de la fe con autosuficiencia y a los de otra lengua o cultura con recelo apenas disimulado. Pero Dios quiere a todos. Cristo, si tiene alguna preferencia, es para con los débiles y marginados.
¿Tenemos oídos para escuchar las súplicas -a veces, los gritos- de los que a nuestro lado necesitan ayuda? Muchas veces no es ayuda económica lo que necesitan, sino una mano tendida y una cara acogedora y un interés sincero por sus problemas o interrogantes. Tenemos mil ocasiones, en la vida de cada día, para ejercitar esta hospitalidad y apertura de corazón. No vaya a ser que sepamos dialogar con los forasteros y alejados y neguemos luego el diálogo a los de casa. En nuestra misma familia o comunidad, algunas personas no nos resultan simpáticas, por su cultura, por su edad, por su temperamento. A veces miramos a los forasteros con suspicacia, a los jóvenes con impaciencia, a los adultos con indiferencia, a los pobres con disgusto, al tercer mundo con desinterés, a los alejados de la fe con autosuficiencia y a los de otra lengua o cultura con recelo apenas disimulado. Pero Dios quiere a todos. Cristo, si tiene alguna preferencia, es para con los débiles y marginados.
¿Tenemos oídos para escuchar las súplicas -a veces, los gritos- de los que a nuestro lado necesitan ayuda? Muchas veces no es ayuda económica lo que necesitan, sino una mano tendida y una cara acogedora y un interés sincero por sus problemas o interrogantes.