06/09/2026
Domingo DE LA Semana XXIII Tiempo Ordinario, Ciclo A.
En la primera lectura, Dios le dice al profeta Ezequiel: «Te he puesto como centinela». El centinela es aquel que permanece despierto mientras otros duermen; mira, advierte el peligro y cuida la vida de los demás. Y Jesús, en el Evangelio, nos dice algo parecido: «Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas». Es decir, no podemos vivir una fe indiferente.
Hoy se escucha mucho: «Viva y deje vivir». Pero el Evangelio nos propone algo más grande: «Ama y ayuda a vivir». Porque ser cristiano no significa solamente preocuparme por mi salvación, sino también sentir responsabilidad por el hermano que Dios ha puesto a mi lado.
Pero hay algo muy importante: la corrección fraterna solamente es cristiana cuando nace del amor. Porque podemos corregir para ayudar, pero también podemos corregir para humillar. Podemos hablar con alguien buscando su bien, pero también podemos hablar movidos por la rabia, el orgullo o el deseo de hacerle daño. Por eso san Pablo nos da hoy la clave: «A nadie le debáis nada más que amor». Y añade: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
La Iglesia es precisamente una familia de pecadores perdonados. Pedro negó a Jesús, pero Jesús no lo descartó. Pablo persiguió a los cristianos, pero la gracia de Dios lo transformó en apóstol. Mateo había sido publicano, pero Jesús lo llamó. María Magdalena cargaba una historia dolorosa, pero encontró en Cristo una vida nueva.
¡Qué hermoso es esto! Dios no mira solamente lo que fuimos; mira también lo que podemos llegar a ser por su gracia. Por eso, hermanos, nunca debemos reducir a una persona a su pecado, a su error o a su pasado. Una persona puede haberse equivocado y, sin embargo, seguir siendo profundamente amada por Dios. La corrección cristiana no destruye al pecador: busca rescatar al hermano.
Y Jesús nos da incluso un camino: primero hablar a solas; después, si es necesario, buscar ayuda; y finalmente acudir a la comunidad. No se comienza publicando el error del otro, ni hablando a sus espaldas, ni convirtiendo el problema en chisme. Qué diferente sería nuestra parroquia si antes de hablar de una persona, rezáramos por ella; si antes de condenarla, intentáramos comprenderla; si antes de señalar su pecado, recordáramos nuestros propios pecados y la misericordia que nosotros mismos hemos recibido de Dios.
Hermanos, hoy el Señor nos invita a ser centinelas del amor: personas que cuidan, que advierten, que corrigen con humildad, que perdonan, que acompañan y que nunca pierden la esperanza en el hermano. Pidámosle al Señor que nos libre de la indiferencia, del chisme, de la crítica destructiva y del orgullo; y que nos conceda una caridad verdadera, capaz de corregir sin humillar, perdonar sin recordar el pasado, acompañar sin cansarse y esperar siempre en la gracia de Dios.
Y que María Santísima, Madre de misericordia, nos enseñe a mirar al hermano como Jesús lo mira: con verdad para corregirlo, con amor para acompañarlo y con esperanza para ayudarlo a levantarse.
Pbro Rubén Darío Torres Ramos
Párroco