06/08/2026
El relato de la Transfiguración sigue al de la confesión de Pedro en Cesarea y al primer anuncio de la Pasión (cfr. Mt 16, 13 y ss). Nos muestra la razón última por la que siempre vale la pena tener el valor de confesar a Jesús, incluso en los momentos más arduos y difíciles: Jesús es el Señor. La transfiguración, como anticipación de la resurrección, se ofrece como un horizonte que pretende aligerar el miedo e infundir valor para afrontar el camino de la vida.
Pedro no entiende todo lo que sucede, pero sí una cosa: "Es bueno estar aquí" (Mt 17,4). Este es el impulso humano: cuántas experiencias "bonitas" vivimos también hasta el punto de dejarnos tentar y decir "hagamos tres tiendas...", "paremos el tiempo". Con el riesgo, sin embargo, de perseguir sólo experiencias emocionales que nos hagan incapaces de "bajar de la montaña" para volver allí donde está la vida concreta. Jesús enseña que la escucha activa es la cumbre de la experiencia: "Escúchenlo". Es decir, no podemos seguir bajo la dictadura de las emociones: son necesarias, por supuesto, pero no son suficientes. Sirven para darnos un nuevo impulso, valor... pero nosotros somos más grandes que las emociones. "Es la escucha lo que define al discípulo: no es una cuestión de ser originales, sino de ser servidores de la verdad -recuerda B. Maggioni-. La escucha está hecha de obediencia y esperanza. Requiere inteligencia para comprender, pero también valor para decidir, porque la Palabra te involucra y te arranca de ti mismo”. Dándote lo que tu corazón busca: "Esto os he dicho para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena" (Jn 15,11). "¡Señor, qué hermoso!"