14/05/2026
Señor Jesús,
Aquí estás.
Quieto. Silencioso. Escondido.
Y sin embargo, más real
que todo lo que mis ojos pueden ver.
¿Cómo es posible que el Dios
que sostiene el universo con su palabra
se deje contemplar en un trozo de pan?
¿Que el Infinito quepa en lo pequeño?
¿Que el Fuego no queme, sino abrace?
No lo entiendo, Señor.
Y quizás eso es la fe:
arrodillarse ante lo que supera la razón,
y descubrir que ahí
justo ahí donde ya no llega el pensamiento
empieza el amor.
Hoy no traigo palabras brillantes.
Traigo mi silencio,
mis heridas que aún no cierran,
mis sueños que todavía no tienen forma,
mi corazón que a veces duda
y que hoy, sin embargo, ha venido.
Mírame, Señor.
No para juzgarme,
sino para rehacerme.
Como la cera que arde delante de ti,
quiero consumirme despacio,
dando luz sin hacer ruido,
amando sin pedir aplausos.
Quédate conmigo.
O mejor dicho:
déjame quedarme contigo.
Porque fuera de tu mirada
me pierdo,
pero aquí, ante ti,
sé quién soy.
Amén.