02/05/2026
¿Qué testimonio no puede dar Cristo y nosotros sí?
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Una leyenda. Un joven de Israel, llamado Matanías, caminaba hacia Jerusalén en los días en que muchos discutían sobre la Ley y sobre la verdadera sabiduría. Algunos decían: La verdad está en las palabras antiguas. Otros, sin embargo, proclamaban que la verdad la poseen los nuevos maestros. Finalmente, había quien sostenía que la verdad no existe, simplemente, cada uno la construye a su medida.
Matanías escuchaba a todos, pero su corazón seguía inquieto, porque sentía la llamada del saber; no por curiosidad, sino para dar un sentido a su vida, pues sinceramente deseaba hacer el bien, ser útil a una sociedad por la cual no sabía cómo luchar y aliviar tanto sufrimiento de todo tipo.
Mientras subía por el camino que lleva desde Jericó, vio a un grupo de hombres reunidos alrededor de un joven rabí. No discutían; escuchaban con atención. Había en ellos una paz que Matanías no había visto en ningún escriba. El rabí les daba instrucciones para visitar varias poblaciones, yendo de dos en dos.
El rabí levantó los ojos y lo vio llegar. Matanías sintió que esa mirada lo atravesaba sin herirlo, como si lo conociera desde antes de nacer. Con un gesto, le invitó a sentarse entre los que escuchaban.
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