25/05/2026
Hermano, agradezco que expreses tu convicción con franqueza.
Sin embargo, pienso que para hablar de estos temas debemos hacerlo con verdad, pero también con precisión histórica, teológica y espíritu cristiano.
Es cierto que dentro del mundo protestante existe división, interpretaciones erradas y movimientos superficiales. Muchos protestantes serios también lamentamos eso. Pero reducir toda la Reforma y todo el protestantismo a una “fe estéril” o “adoctrinal” no hace justicia ni a la historia ni a la realidad.
La Reforma no nació como un intento de inventar un cristianismo nuevo, sino precisamente como un llamado a corregir abusos doctrinales y prácticos a la luz de la Escritura. Los reformadores no pretendían abandonar el cristianismo histórico, sino volver a la centralidad del evangelio apostólico: la autoridad suprema de la Palabra de Dios, la salvación por gracia mediante la fe, y la suficiencia de Cristo como único mediador.
Decir que el protestantismo nunca perteneció a los orígenes del cristianismo también es debatible. Los reformadores apelaron constantemente a los Padres de la Iglesia, a Agustín, Crisóstomo, Atanasio y otros, precisamente porque entendían que muchas doctrinas medievales posteriores no reflejaban plenamente la enseñanza apostólica primitiva.
Además, la existencia de una estructura visible y antigua no garantiza automáticamente fidelidad doctrinal. En la Biblia vemos que Israel tenía continuidad histórica y sacerdotal, y aun así los profetas denunciaron desviaciones profundas. La verdadera pregunta no es solo quién es más antiguo o más institucional, sino quién permanece más fiel al evangelio enseñado por Cristo y los apóstoles.
Por otro lado, también sería injusto que un protestante caricaturizara al catolicismo romano como si no hubiera allí amor sincero por Dios, reverencia, tradición teológica y búsqueda espiritual genuina. Creo que el diálogo serio requiere reconocer tanto virtudes como errores en ambos lados.
Finalmente, la unidad cristiana verdadera no puede construirse únicamente sobre una institución visible, sino sobre la verdad revelada en Cristo. Y esa verdad debe buscarse con humildad, Escritura abierta, y disposición a dejarnos corregir por Dios antes que por nuestras tradiciones, sean católicas o protestantes.
Podemos disentir profundamente, pero sin desprecio ni descalificaciones absolutas, porque al final ninguno de nosotros es la medida infalible de la verdad; Cristo y Su Palabra sí lo son.