17/08/2025
https://www.facebook.com/share/p/1FrT3quAje/?mibextid=wwXIfr
LAS TORMENTAS DEL ALMA
Hay tempestades que no se anuncian en el cielo, pero caen con fuerza en el alma.
Tormentas que no levantan olas, pero sí pensamientos.
Que no oscurecen el día, pero dejan el corazón en penumbra.
He habitado ese lugar.
Donde las emociones se enredan como ramas al viento
y cada latido parece cargar con el peso de todo lo no dicho.
He caminado bajo lluvias internas que no mojan la piel,
pero calan hondo,
hasta empapar la esperanza,
como si quisieran borrar la voz de la fe desde adentro. Y, sin embargo, fue justo allí donde comenzó el milagro.
En medio de lo incierto, cuando ya no había argumentos ni fuerzas,
descubrí que el quebranto también puede ser una forma de revelación.
A eso, algunos le llaman tormentas emocionales.
Yo prefiero llamarlas encuentros divinos disfrazados de caos.
Son el lenguaje secreto de Dios, hablándonos entre lágrimas,
mientras nos despoja, con ternura severa, de lo que ya no nos hace bien.
No siempre vino con respuestas.
A veces, solo con presencia.
No fue un trueno ni un destello,
sino un susurro suave que supo encontrarme por mi nombre.
Una paz sagrada que no detuvo la tormenta,
pero me sostuvo dentro de ella.
Entonces, como un faro encendido en medio del oleaje,
volvió a mi memoria aquella promesa eterna:
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”
2 Timoteo 1.7
Qué regalo escondido hay en esa verdad…
El poder que no impone, sino que levanta.
El amor que no desaparece cuando todos se alejan.
Y ese dominio propio que no nace de voluntad,
sino del Espíritu que habita en lo profundo
y nos enseña a respirar fe cuando todo tiembla.
Las tormentas no vienen a destruirnos.
Vienen a revelar quiénes somos,
y aún más, a mostrarnos quién es Él.
Se llevan lo que era frágil, lo que ya no tenía raíces,
y nos dejan plantados sobre roca viva.
He comprendido que hay fuegos que no queman, pero purifican.
Y silencios que no son ausencia, sino la forma más íntima del acompañamiento divino.
Porque Dios, cuando calla, también abraza.
Hoy no escribo desde la orilla,
sino desde la grieta restaurada.
Desde una fe que lloró,
pero no se extinguió.
Y si tú, lector de estas palabras,
te encuentras atravesando tu propia tempestad…
no pienses que estás fallando.
Quizá, como yo, estás siendo reescrito por las manos que todo lo restauran.
Estás siendo pulido, sostenido, transformado en silencio.
Y aunque no lo veas, aunque no lo sientas,
hay un Dios que camina contigo entre las aguas.
Las emociones no son enemigas de la fe. A veces, son el pasadizo por donde Dios nos revela Su ternura.
No temas al llanto.
No huyas del viento.
Del otro lado de esta tormenta,
te espera una versión de ti más libre, más sabia, más parecida a Cristo.
Y entonces entenderás…
que la tormenta no era un castigo,
sino la sala de parto de tu nuevo comienzo.