Iglesia Vino Nuevo

Iglesia Vino Nuevo Una iglesia nacida en el corazón de Dios para restaurar las familias de esta tierra.

24/09/2025
19/09/2025
Pastores Roberto y Maritza Cifuentes
23/08/2025

Pastores Roberto y Maritza Cifuentes

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17/08/2025

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LAS TORMENTAS DEL ALMA

Hay tempestades que no se anuncian en el cielo, pero caen con fuerza en el alma.
Tormentas que no levantan olas, pero sí pensamientos.
Que no oscurecen el día, pero dejan el corazón en penumbra.
He habitado ese lugar.
Donde las emociones se enredan como ramas al viento
y cada latido parece cargar con el peso de todo lo no dicho.
He caminado bajo lluvias internas que no mojan la piel,
pero calan hondo,
hasta empapar la esperanza,
como si quisieran borrar la voz de la fe desde adentro. Y, sin embargo, fue justo allí donde comenzó el milagro.
En medio de lo incierto, cuando ya no había argumentos ni fuerzas,
descubrí que el quebranto también puede ser una forma de revelación.
A eso, algunos le llaman tormentas emocionales.
Yo prefiero llamarlas encuentros divinos disfrazados de caos.
Son el lenguaje secreto de Dios, hablándonos entre lágrimas,
mientras nos despoja, con ternura severa, de lo que ya no nos hace bien.
No siempre vino con respuestas.
A veces, solo con presencia.
No fue un trueno ni un destello,
sino un susurro suave que supo encontrarme por mi nombre.
Una paz sagrada que no detuvo la tormenta,
pero me sostuvo dentro de ella.
Entonces, como un faro encendido en medio del oleaje,
volvió a mi memoria aquella promesa eterna:
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”
2 Timoteo 1.7

Qué regalo escondido hay en esa verdad…
El poder que no impone, sino que levanta.
El amor que no desaparece cuando todos se alejan.
Y ese dominio propio que no nace de voluntad,
sino del Espíritu que habita en lo profundo
y nos enseña a respirar fe cuando todo tiembla.
Las tormentas no vienen a destruirnos.
Vienen a revelar quiénes somos,
y aún más, a mostrarnos quién es Él.
Se llevan lo que era frágil, lo que ya no tenía raíces,
y nos dejan plantados sobre roca viva.
He comprendido que hay fuegos que no queman, pero purifican.
Y silencios que no son ausencia, sino la forma más íntima del acompañamiento divino.
Porque Dios, cuando calla, también abraza.
Hoy no escribo desde la orilla,
sino desde la grieta restaurada.
Desde una fe que lloró,
pero no se extinguió.
Y si tú, lector de estas palabras,
te encuentras atravesando tu propia tempestad…
no pienses que estás fallando.
Quizá, como yo, estás siendo reescrito por las manos que todo lo restauran.
Estás siendo pulido, sostenido, transformado en silencio.
Y aunque no lo veas, aunque no lo sientas,
hay un Dios que camina contigo entre las aguas.
Las emociones no son enemigas de la fe. A veces, son el pasadizo por donde Dios nos revela Su ternura.
No temas al llanto.
No huyas del viento.
Del otro lado de esta tormenta,
te espera una versión de ti más libre, más sabia, más parecida a Cristo.
Y entonces entenderás…
que la tormenta no era un castigo,
sino la sala de parto de tu nuevo comienzo.

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17/08/2025

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EL PERDÓN, LA CULPA Y EL CAMINO HACIA LA LIBERTAD INTERIOR

La felicidad no es un estado perpetuo de júbilo, sino la capacidad de habitar el presente con equilibrio, después de haber sanado las heridas del pasado y de mirar el futuro con esperanza. Quien se aferra a lo que ya no existe se hunde en la melancolía, la frustración y la culpa; y quien se pierde en lo que aún no sucede se consume en la ansiedad de un mañana incierto. El pasado debe ser un maestro, nunca una prisión.

La culpa es quizá una de las emociones más tóxicas del alma. Puede nacer de la autoexigencia desmedida, de las voces acusadoras de la sociedad, de heridas de la infancia o de interpretaciones rígidas de la vida. Y no pocas veces se alimenta de aquellas voces —externas o internas— que insisten en mantenernos clavados al ayer, repitiendo nuestros errores y levantando un dedo acusador que nos roba la paz. Si nos dejamos atrapar en ese eco interminable, perdemos la capacidad de percibir lo que Dios desea hacer en nuestro presente. La culpa nos encierra, nos trata con dureza, como si nunca fuésemos suficientes. Sin embargo, aunque dolorosa, puede convertirse en un camino de aprendizaje cuando decidimos mirarla con verdad, soltar esas voces que nos atan y poner los ojos en Dios. Confiar en Él es elegir caminar libres de las cadenas del pasado, creyendo que no somos definidos por lo que hicimos mal, sino por la gracia que nos sostiene y por la persona en la que aún podemos llegar a convertirnos.

La liberación no llega simplemente con olvidar. Sanar exige atravesar un proceso: reconocer con honestidad lo que hicimos mal, permitir que la conciencia nos duela lo justo como para impulsarnos al cambio, y buscar la restitución cuando es posible, reparando con humildad lo que se ha dañado. El arrepentimiento y la restitución se convierten así en pasos silenciosos pero poderosos que devuelven dignidad al corazón y nos preparan para lo más profundo: el perdón.

El perdón no depende del arrepentimiento de quien nos hirió; es una decisión íntima de liberarnos de las cadenas del rencor y del odio. Como escribió Lewis Smedes: “Perdonar es liberar a un prisionero y descubrir que ese prisionero eras tú”. El perdón es aceptar lo ocurrido sin negarlo, comprender que no siempre tuvimos el control, y al mismo tiempo atrevernos a mirar con fe hacia lo que viene. Es reconocer que la vida carga injusticias, pero también oportunidades de resiliencia, de amor y de fortaleza.

Perdonar es un arte espiritual. Es contemplar el pasado como un paisaje que se aleja desde la ventana de un tren: ya no podemos cambiarlo, pero podemos aprender de él. Es detenernos un instante y preguntarnos: ¿qué estoy perdiendo de mi presente por vivir atrapado en la culpa? Es atrevernos a querernos, a reconocer talentos que habían quedado ocultos bajo el peso de la vergüenza. Es liberarnos del victimismo que roba la claridad para vivir y relacionarnos. Es afirmar valores que no provienen de imposiciones externas, sino de la verdad más profunda que habita en nuestro interior.

El perdón es, en esencia, un acto de amor. Amar lo suficiente como para soltar la ofensa, pero también amarnos lo suficiente como para no quedar atados a ella. Perdonar es viajar al pasado y regresar al presente sanos y salvos, capaces de decir con serenidad: “todo está bien”.

Como proclama Isaías: “Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). Y Gandhi lo expresó con claridad: “El débil nunca puede perdonar. El perdón es la cualidad del fuerte”.

Por eso, elijo confiar en Dios y continuar el camino. No se trata de ignorar lo que pasó, sino de aprender de ello sin convertirlo en cadenas. Cada error puede transformarse en sabiduría, cada herida en fortaleza, y cada día en una nueva oportunidad de crecer, de amar y de ser mejores personas.

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16/08/2025

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EL ARTE DE VIVIR LIGERO

A veces, sin darme cuenta, me encuentro en medio del día envuelto en un pensamiento tenue… pero profundo. No grita, no se impone, pero hiere suave y en silencio: la necesidad de compararme. Como una sombra elegante que se desliza sin permiso, me susurra que otros van más rápido, que parecen más felices, que quizá yo ya voy tarde. Y entonces, sin notarlo, dejo de escuchar la voz de mi alma… por prestar oído al ruido de los demás.

Supongo que es fácil caer en esa trampa cuando todo el mundo corre, publica, celebra. Y claro… uno también quiere pertenecer, destacar, ser visto. Pero compararse puede ser una herida de doble filo: si me creo menos, me marchito; si me creo más, me desconecto.
Y yo… he probado ambos extremos. Me he sentido pequeño, insuficiente. Y también aunque no lo diga muy alto me he sentido por encima. Pero ese supuesto “estar arriba” nunca me trajo paz. Porque la superioridad es solo miedo bien vestido: miedo a ser corregido, a que otro sepa más, a que no me aplaudan como imaginé. El ego se disfraza de escudo… pero en lugar de proteger, aísla.

No me avergüenza decir que he tenido momentos de declive, días donde la confianza se me escurría como agua entre los dedos. Etapas donde el juicio guiaba mi vida más que la compasión. Pero en ese proceso he aprendido y sigo aprendiendo que la vida no es una competencia. Que no necesito estar por encima de nadie para tener valor.
Como dice con tanta claridad la Escritura:
“No tengas más alto concepto de ti del que debes tener, sino el que esté conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:3).
Ese versículo se ha convertido en mi equilibrio. Me recuerda que la cordura no vive en el orgullo ni en la autoexigencia… sino en ese centro silencioso donde habita la verdad.

Con los años he ido desactivando esa urgencia de demostrarme. No lo he logrado del todo sería deshonesto decirlo pero voy en camino. Hoy, disfruto más las pausas. Valoro el silencio, esos espacios donde puedo escuchar sin filtros ni máscaras. La música clásica me acompaña como un refugio: el piano, el violín, el cello… sonidos que me recuerdan que estar vivo es ya un milagro. Pero por encima de todo, nada se compara al silencio. A ese silencio sagrado que uso para meditar en un solo versículo… o simplemente para agradecer por todo, y en todo.
Agradecer incluso cuando no entiendo. Incluso cuando dudo. Porque el espíritu agradecido no nace del éxito ni del reconocimiento, sino del asombro humilde de saber que todo, absolutamente todo, es gracia.

Y aunque camino con fe, también he descubierto que puedo aprender de todos. No importa si creen distinto o si no comparten mi mirada espiritual. Cada persona, incluso sin proponérselo, puede mostrarme algo que aún no veo.
Ya no busco parecer sabio, ni ando por la vida pretendiendo que lo sé todo. La sinceridad, esa que no necesita escenario, se ha vuelto mi forma favorita de caminar.
Prefiero parecer humano antes que invencible. Porque si la perfección existe, no se viste de arrogancia… se reviste de ternura, de vulnerabilidad, de verdad.

Y en medio de todo esto, hay una pregunta que me sirve de brújula:
Si nadie me viera… si no tuviera que mostrarle mi vida a nadie… ¿seguiría haciendo lo que hago?
Porque no quiero llegar a los últimos días de mi vida sintiendo que viví más pendiente de los demás… que presente en mi propia historia.

Hoy solo deseo caminar más ligero. Con los pies en la tierra, la mirada limpia y el corazón abierto. No quiero correr tras lo que no necesito, ni competir en carreras que no valen la pena. Solo quiero vivir desde lo que sí soy. Aceptar lo que hay… y desde ahí desde ese lugar real, sin pretensiones crecer, avanzar y agradecer.

16/08/2025

A veces olvidamos que no caminamos solos…
En cada momento, incluso en los silencios, Dios cuida de ti. Su amor es constante y su fidelidad nunca falla. ✨

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15/08/2025

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Pastor, comunicador y artista visual. Con mi esposa Dora Maritza lideramos Vino Nuevo, ministerio que restaura familias a través del arte, la reflexión y el acompañamiento pastoral y nuestro canal de YouTube “Esencia y Legado”que comparte fe e inspiración

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