28/07/2026
¿Quién es el verdadero Israel? Una pregunta que merece una Biblia abierta
Hay preguntas que parecen sencillas, pero que cambian la manera de leer toda la Biblia.
Una de ellas es esta:
¿Quién es realmente el pueblo de Dios?
Durante siglos, la respuesta pareció evidente: Israel, la descendencia de Abraham. Sin embargo, al abrir el Nuevo Testamento encontramos una declaración del apóstol Pablo que invita a detenernos y reflexionar con cuidado.
“No todos los que descienden de Israel son israelitas.” (Romanos 9:6).
Estas palabras no son una contradicción de las promesas de Dios. Al contrario, son una invitación a comprenderlas como Dios mismo las explicó.
Pablo no dice que Israel dejó de tener importancia. Tampoco afirma que las promesas divinas hayan fracasado. Lo que hace es conducirnos al corazón del evangelio, donde descubrimos que Dios siempre ha buscado algo más profundo que una descendencia según la carne: ha buscado un pueblo unido a Él por la fe.
Todo comienza con Abraham.
Cuando Dios llamó a aquel hombre de Ur, no lo escogió porque perteneciera a una nación poderosa ni porque poseyera algún mérito especial. La Escritura destaca una característica por encima de todas las demás:
“Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.” (Génesis 15:6).
La fe fue el fundamento de su relación con Dios.
Siglos más tarde, Pablo vuelve sobre este acontecimiento y extrae una conclusión sorprendente:
“Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” (Gálatas 3:7).
Observe cuidadosamente lo que el apóstol está diciendo. No está hablando primero de sangre, nacionalidad o genealogía. Está hablando de la fe.
La verdadera descendencia de Abraham comparte la misma confianza que él depositó en Dios.
Este principio ya había sido anunciado por Juan el Bautista.
Cuando muchos confiaban en su linaje para sentirse seguros delante de Dios, Juan les dijo:
“No penséis decir dentro de vosotros mismos: ‘A Abraham tenemos por padre’; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras.” (Mateo 3:9).
¡Qué solemne advertencia!
Juan no despreciaba la historia de Israel. Él mismo era israelita. Pero comprendía que ningún privilegio heredado podía reemplazar una vida de fe y arrepentimiento.
Poco tiempo después, el mismo Jesucristo confirmó esta verdad.
En una conversación con algunos judíos que afirmaban ser hijos de Abraham, Jesús respondió:
“Si fuerais hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais.” (Juan 8:39).
Con una sola frase, el Señor llevó la discusión desde la genealogía hasta el corazón.
Ser hijo de Abraham significaba mucho más que descender de él; significaba creer como él creyó, obedecer como él obedeció y recibir al Mesías que Abraham esperó con gozo.
Por eso Jesús pudo decirles que, aunque eran descendientes físicos de Abraham, no estaban siguiendo su ejemplo.
La enseñanza es clara.
La Biblia distingue entre el parentesco natural y la verdadera relación espiritual con Dios.
Pablo desarrolla esta verdad aún más en su carta a los Romanos:
“Porque no todos los hijos según la carne son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son contados como descendientes.” (Romanos 9:8).
Aquí encontramos uno de los principios más hermosos de toda la Escritura.
Dios nunca ha limitado su familia a una etnia, una lengua o una nación.
Desde el principio, su propósito fue reunir un pueblo cuya característica principal fuera la fe.
Por eso el evangelio derribó las barreras que durante siglos separaban a judíos y gentiles.
En Cristo, ambos son llamados a formar un solo pueblo.
Pablo lo resume con estas palabras llenas de esperanza:
“Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús… Ya no hay judío ni griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.” (Gálatas 3:26, 28-29).
¡Qué extraordinaria noticia!
La promesa hecha a Abraham no quedó anulada.
Tampoco fracasó.
Encontró su cumplimiento perfecto en Jesucristo, y por medio de Él alcanza a todo aquel que cree.
Esto no disminuye la importancia de Israel en la historia de la salvación. Al contrario, exalta la fidelidad de Dios. A través de Israel vino el Mesías, y por medio del Mesías la bendición prometida a Abraham se extiende a todas las naciones, exactamente como Dios había anunciado desde el principio.
Quizá la pregunta más importante ya no sea:
¿De qué pueblo provengo?
La pregunta que el Nuevo Testamento coloca delante de cada uno de nosotros es otra:
¿Estoy unido a Cristo por la fe?
Porque pertenecer al pueblo de Dios nunca ha dependido únicamente del nacimiento, sino del nuevo nacimiento.
Nunca ha dependido solamente de una genealogía, sino de una relación viva con el Salvador.
Nunca ha dependido únicamente de un nombre, sino de un corazón transformado por el Espíritu Santo.
Por eso Pablo pudo escribir con plena seguridad:
“Porque no es judío el que lo es exteriormente… sino que es judío el que lo es en lo interior; y la circuncisión es la del corazón, en espíritu.” (Romanos 2:28-29).
Estas palabras no fueron escritas para alimentar discusiones, sino para dirigir nuestra mirada hacia Cristo.
Él es el centro de todas las promesas.
Él es la verdadera Simiente prometida a Abraham (Gálatas 3:16).
Y solamente en Él encontramos nuestra verdadera identidad.
Tal vez, antes de preguntarnos cómo se cumplirán todas las profecías, debamos responder una pregunta mucho más personal:
¿Soy solamente un conocedor de la Biblia, o pertenezco realmente a Cristo?
Porque al final, la esperanza del creyente no descansa en una nacionalidad, una genealogía o un privilegio heredado.
Descansa únicamente en Aquel que dijo:
“Al que a mí viene, no le echo fuera.” (Juan 6:37).
Y allí, al pie de la cruz, desaparecen todas las diferencias humanas. Solo permanece una familia, un Pastor y un rebaño, unidos para siempre por la gracia de Dios y por la fe en Jesucristo.
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