26/05/2026
El Espíritu Santo es quien da vida al alma cristiana. Su acción ilumina la inteligencia, fortalece la voluntad, purifica los afectos y conduce al hombre hacia Dios.
La tradición enumera siete dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. A través de ellos, el alma se vuelve más dócil a las inspiraciones divinas y aprende a mirar, juzgar y obrar según Dios.
Santo Tomás lo formula con precisión: los dones son perfecciones del hombre por las que queda dispuesto para seguir bien el impulso divino: “dona sunt quaedam hominis perfectiones, quibus homo disponitur ad hoc quod bene sequatur instinctum divinum”.
La sabiduría ordena el corazón hacia las cosas eternas. El entendimiento penetra con más profundidad la verdad revelada. El consejo ayuda a escoger rectamente. La fortaleza sostiene en la prueba. La ciencia permite juzgar las criaturas a la luz de Dios. La piedad mueve al amor filial hacia el Padre. El temor de Dios guarda el alma en reverencia y aparta del pecado.
De esa vida según el Espíritu brotan sus frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.
Donde el Espíritu Santo actúa, la fe madura, la virtud crece y el alma empieza a vivir con mayor fidelidad a Cristo.
Fuente: Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 68, a. 2.