04/07/2026
La reciente excomunión romana contra la Fraternidad San Pío X no debe leerse solo como una disputa disciplinaria por ordenaciones ilícitas, aunque ese fue el acto inmediato. El fondo es más profundo: Roma ha vuelto a mostrar que su principio visible de unidad no es la verdad apostólica sometida a la Escritura, sino la comunión con el papa y con el magisterio que él representa.
El punto decisivo no es simplemente si un grupo conserva formas litúrgicas antiguas o critica el Vaticano II. El punto decisivo, para Roma, es si ese grupo se somete al juicio del Romano Pontífice. Allí está la frontera. Se puede discutir mucho dentro de Roma, incluso sostener tensiones doctrinales amplias, mientras no se rompa la obediencia institucional. Pero cuando alguien apela a la tradición contra el papa vivo y contra el concilio recibido por Roma, la respuesta es excomunión.
Desde la perspectiva reformada, esto confirma una diferencia fundamental. La unidad de la Iglesia no descansa en un obispo universal, ni en una sede, ni en un concilio considerado irreformable en la práctica. La unidad verdadera descansa en Cristo, Cabeza única de la Iglesia, y se reconoce en la sujeción común a su Palabra. Los concilios pueden servir a la Iglesia, pero no pueden gobernar la conciencia por encima de la Escritura. Los ministros pueden ejercer autoridad, pero solo ministerialmente, no como señores de la fe.
Roma llama cisma a apartarse del papa. La Reforma llamó fidelidad a apartarse de cualquier autoridad eclesiástica que oscureciera el evangelio. Esa es la diferencia decisiva.