Santuario Nacional de Nuestra Señora del Carmen

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25/05/2026

Mayo 25 de 2026
MARIA, MADRE DE LA IGLESIA

Desde 2018, esta memoria se celebra el lunes siguiente a la solemnidad de Pentecostés.

La semana pasada, última de pascua, escuchamos la oración sacerdotal de Jesús que nos presenta el evangelio de San Juan en el capítulo 17. En ella, el Señor Jesús pide al Padre, que seamos uno como Dios es uno; y que seamos uno con Él, que es el Mesías. La carta a los Hebreos habla de la unidad de Cristo con la Iglesia afirmando que Cristo es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia. Y la primera carta a los corintios habla de diversidad de carismas pero un solo Espíritu; todos solos miembros del cuerpo de Cristo.

Por eso los fieles cristianos creemos que quien es la madre de la cabeza también lo es de cuerpo. María es madre de Dios hecho hombre y de la Iglesia.

El Evangelio de hoy nos presenta la escena de la muerte de Jesús. En esta escena Jesús dijo a Maria: “Mujer ahí tienes a ru hijo; luego dijo al discípulo, ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19,25-34). Se debe subrayar que Jesús no le entregó la mamá en herencia a cualquier discípulo, sino al que permaneció fiel junto a Él hasta la cruz.

Al igual que el discípulo fiel, recibimos a Maria como nuestra madre. Ella, fiel a la voluntad se su hijo, nos acoge como sus hijos. Los Hechos de los Apóstoles nos la presenta con su familia unida en en oración perseverante con los discípulos luego de la ascensión del Señor, a la gloria de Dios (Hch 1,12-14).

La iglesia somos todos los amados de Dios. Hoy nuevamente nos encomendamos a la intercesión de nuestra Madre Santísima para que nos ayude a ser perseverantes en la oración y fieles en desarrollo denla misión que el Señor nos ha encomendado. Ella nos invita siempre a hacer la voluntad de su Hijo: “hagan lo que Él les diga”

“Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios” (Del salmo 86)

Buenos días.

P. José Arcadio SDB.

24/05/2026
24/05/2026

Mayo 24 de 2026
DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Hoy celebramos la solemnidad de la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Con esta celebración concluimos la celebración de la cincuentena pascual.

El evangelio nos narra la primera aparición del Jesús resucitado, a sus discípulos. Les muestra las llagas, les da el saludo de la paz, sopla sobre ellos, les comunica el Espíritu Santo con el que reciben el poder de perdonar pecados. A esto los envía. Solo Dios puede perdonar pecados; pero el Señor le concede esta gracia a la Iglesia (Jn 20,19-23). Esta gracia es un sacramento. Cuando celebramos el sacramento de la reconciliación, el sacerdote nos absuelve en nombre de la Trinidad Santa, Dios amor.

La presencia del Espíritu Santo entre nosotros también nos concede la gracia de hablar la lengua del amor, que todo ser humano entiende, pues fuimos hechos para amar y ser amados. Cuando los discípulos recibieron el Espíritu Santo, cada uno entendía en su lengua nativa. El texto hace un elenco de los lugares de donde provenían quienes conformaban esa multitud. Hay personas de todo el mundo conocido en aquella época. Lo que escuchan son el testimonio de los discípulos de Jesús sobre las grandezas de Dios (Hch 2,1-11). Esas grandezas corresponden a la obra de Dios en nosotros, que nos dan la grandeza y la alegría de sabernos amados por Dios, como hijos y destinados a recibir en herencia los bienes eternos.

El Espíritu Santo es quien nos dota de dones y carismas que nos hacen diversos y originales como obra de Dios que somos. La riqueza de la diversidad la aportamos para construir la única Iglesia cuya cabeza es Cristo. Somos miembros de su cuerpo. Lo que recibimos del Espíritu Santo no es para vanagloriarnos; “a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común” (1Co 12,3-7. 12-13). Todos estamos llamados a ser miembros de la Iglesia; el Espíritu Santo, que es el amor de Dios, es quien nos une. Hay diversidad de carismas, ministerios y actuaciones; pero “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo”.

Demos gracias a Dios por todas las gracias recibidas durante este tiempo de pascua; desde mañana retornamos al tiempo ordinario de la liturgia. Es el tiempo para vivir en la cotidianidad la gracia de la redención que celebramos en los tiempos fuertes.

“Envías tu Espíritu y los creas, y repueblas la faz de la tierra” (Del salmo 103)

Buenos días. Feliz domingo en familia.

P. José Arcadio SDB.

23/05/2026

Mayo 23 de 2026

Hoy proclamamos el final del evangelio de San Juan. En él Jesús resucitado le pide a Pedro que se enfoque en seguirlo, sin distraerse en otras cosas. El texto sagrado concluye dando garantía de que este evangelio es el testimonio “del discípulo amado” y que es un testimonio creíble: “nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21,20-25). Deja la sensación de que en éste evangelio uno es quien da el testimonio, el discípulo amado; y otros los que lo redactan y escriben. Agrega algo muy importante: no todo quedo escrito; muchas mas cosas de la acción salvadora de Jesús quedó por fuera del texto. Es que Dios no deja de actuar, se sigue revelando. Digamos que falta en los textos sagrados lo que cada uno de nosotros sigue experimentando de Dios. Pero lo que vivimos de Dios, de alguna manera ya se ya revelado en los textos sagrados.

La vida del creyentes deja ver la acción de Dios; de alguna forma también se vuelve un hecho que habla de Dios. En el caso de San Pablo, sin importar las circunstancias, no interrumpió su misión, libre o prisionero, vivió la libertad de los hijos de Dios. Estuvo dos años prisionero en Roma; pues estos dos años también los aprovechó para evangelizar a quienes él convocaba y iban a visitarlo (Hch, 28,16-20.30-31).

Ojalá nosotros tampoco encontremos disculpas para dejar de anunciar el evangelio. El cristiano debe distinguirse por ser una persona bondadosa, es decir que siempre elige lo bueno y obra el bien. Esto es un anuncio efectivo y real del amor de Dios.

“Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro” (Del salmo 10)

Buenos días.

P. José Arcadio SDB.

22/05/2026

Mayo 22 de 2026

En el Antiguo Testamento un mandamiento era amar a Dios con todo el ser, y otro mandamiento era amar a los demás como uno se ama a sí mismo. Prevalecía el primero. Jesús, que vino a darle plenitud a la ley, dijo que estos dos mandamientos están al mismo nivel. Pero luego dio un paso mas: el amor a Dios se evidencia en el amor a los hermanos, como Él lo hizo con nosotros. Mostró su amor al Padre dando la vida por nosotros. Ya resucitado se presentó a sus discípulos y por tres veces le preguntó a Pedro si lo quería. Pedro le respondió que sí. Ante sus "sí”, Jesús le ordenó: “apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas…apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-19).

Por voluntad de Jesús, a Pedro se le pidió el ministerio del “primado” entre los apóstoles. Por eso se reconoce como el primer Papa de la Iglesia. Su amor a Jesús lo mostró como pastor del Pueblo de Dios, y lo hizo hasta ofrendar su vida por la causa de Jesús; lo hizo sin titubeos, como el que sabe a quién sirve y por qué motivo.

Entonces el amor a Dios se evidencia en el amor a los hermanos: “lo que hicieron por el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo…”

San Pablo también fue de los que mostró su amor a Dios, sirviendo a la Iglesia en razón de su fe. Hoy, la primera lectura nos lo presenta afrontando líos jurídicos a causa “de un tal Jesús, ya mu**to, que Pablo sostiene que está vivo” (Hch 25,13b-21). Afirmar la resurrección de Jesús redefine lo que es el ser humano; esto impacta en lo que tiene que ver con la verdad, la justicia, el respeto por las personas en razón de su dignidad de hijo de Dios y el sentido de la existencia del ser humano. No es lo mismo ser una criatura destinada a morir como tido ser vivo, que ser un hijo de Dios predestinado a la vida eterna, que en palabras sencillas es ser llamado a vivir “Diosmente”, a vivir como Dios, a participar del ser de Dios…ser Dios.

Dios se hizo hombre para que el hombre sea Dios. Dios es amor; participar de ser de Dios es amar como Dios ama. Ahí está el reto y la gracia que debemos vivir cada día.

“El Señor puso en el cielo su trono, su soberanía gobierna el universo” (Del salmo 102)

Buenos días.

P. José Arcadio SDB.

21/05/2026

Mayo 21 de 2026

El clamor de Jesús al Padre, en su oración, hoy se centra en una súplica por la unidad entre nosotros. El Señor quiere que el estilo de vida de los miembros de su pueblo sea una revelación de la unidad que hay entre el Padre y el Hijo por el Espíritu que los une. Tal unidad depende también de la unidad que Dios genera entre Él y nosotros como comunidad creyente: “que todos sean uno como tu, Padre, en mi, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que me has enviado” (Jn 17,20-26).

La fe en el mismo Dios debe ser fuente de unidad y no de divisiones. Esto no significa uniformidad. La riqueza de la diversidad en la Iglesia hace crecer su unidad. Por eso nuestro referente es el Señor Jesús. Todos nos encontramos unidos en torno a su amor revelado en la muerte y resurrección de Cristo. Pablo aprovechó la división que había entre dos sectas judías, los saduceos y los fariseos, pala librarse de un juicio; unos creían en la resurrección y los otros no. Pablo anunciaba la resurrección de Cristo y lo manifestó. Esto lo usó a su favor. Pero sus problemas continuaron. Dios le anunció que así como había dado testimonio en Jerusalén, tendrían que darlo en Roma (Hch 22,30; 23,6-11). De hecho allí fue ejecutado por la causa se Cristo.

Los cristianos también somos vulnerables a la división y la estamos viviendo especialmente desde el siglo XVI. El peligro del cisma siempre está latente. Es una contradicción que creyendo todos en el mismo Jesús que nos mandó amarnos unos a otros como Él nos ama, por razones de la misma fe nos odiemos y seamos agresivos unos con otros.

No nos debemos cansar de orar por la unidad de los cristianos y por el diálogo ínterreligioso respetuoso y cordial con otras confesiones no cristianas. Todos debemos buscar el máximo bien para la humanidad. Es Señor nos concede la gracia de ser profetas de la unidad.

“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti” (Del salmo 15)

Buenos días.

P. José Arcadio SDB.

20/05/2026

Mayo 20 de 2026

Los evangelios dejan testimonio de que Jesús era un hombre que le sacaba mucho tiempo a la oración en medio de tantas ocupaciones. Pasaba noches enteras en coloquio con el Padre. Cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar, les recomendó no usar muchas palabras, sino estar atentos sobre todo a escuchar a Dios. Les enseñó el “Padre nuestro” como modelo de oración. Cabe preguntarse: cuando Jesús oraba ¿qué oraba? El evangelio de hoy nos ayuda a entrar en el corazón de Jesús para conocer qué había ahí dentro. Encontramos confianza, ternura, claridad, revisión de vida, evaluación, gratitud, intercesión, amor a granel por su Padre, amor al extremo por nosotros, anhelo del máximo bien para la humanidad, súplica por la unidad entre nosotros como la hay en Dios, anhelos de libertad para el pueblo de Dios y súplica por nuestra santificación (Jn 17,11b-19). Es una oración sencilla, confiada, profunda, rica de contenido y de compromiso. Está de por medio la vida que se da por la causa del reino y la vida que se recibe por la misma causa.

La obra de Dios continúa a través de la Iglesia. En su despedida de los presbíteros de Éfeso, a los que convocó en Mileto, Pablo también abre su corazón para proclamar una especie de “magnificat”, donde reconoce lo que Dios ha hecho a través suyo, pone de manifiesto la forma de vida que eligió para llevar adelante su misión, trabajando para ganarse su propio pan, y entregándose por el Evangelio. Es como un testamento espiritual que hereda a sus interlocutores, donde hay recomendaciones, consejos, advertencias, comunicación de sabiduría fruto de la experiencia apostólica, y promesa de oración por esas comunidades que tuvo que dejar para seguir adelante con la misión recibida y asumida (Hch 20,28-38. Es un San Pablo que da testimonio de honestidad y coherencia cristiana.

Ya se acerca la fiesta del Espíritu Santo. Él nos asiste para ser los hombres y mujeres consagrados a Dios que Él requiere para llevar adelante su plan de salvación en el mundo.

“Oh Dios, despliega tu poder…que actúa en favor nuestro” (Del salmo 67)

Buenos días.

P. José Arcadio SDB.

19/05/2026

Mayo 19 de 2026

El evangelio de hoy nos presenta una parte de la llamada “oración sacerdotal de Jesús”. Es una súplica del Señor al Padre, por Él mismo y también por nosotros. El texto nos habla de la preexistencia del Jesús como hijo de Dios: “Y ahora Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese”. Y pide al Padre, para nosotros, la vida eterna: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 1-11a). La glorificación la naturaleza humana de Jesús, dio acceso a la glorificación de la naturaleza humana en general. Nos fueron abiertas las puertas de cielo. En Cristo fuimos hechos propiedad de Dios; estamos consagrados a Él y por tanto no tenemos otro dueño.

Está consagración, San Pablo la vivió en profundidad. Dedicó su vida a “ser testigo del evangelio de la gracia de Dios”. La primera lectura de hoy es un recuento que Pablo hace a los presbíteros de Éfeso, que fueron citados en Mileto, de todo lonque ha tenido que vivir, en el cumplimiento de la misión, superando el miedo de las amenazas y la persecución. Pablo alcanza a prever lo que le espera: la violencia de la que será víctima; pero decidido va hasta el final, haciendo lo que cree que el Espíritu de Dios le pide en favor del bien del pueblo de Dios (Hch 29,17-27).

La vida del ser humano va siendo glorificada, en la medida en que se asemeja a Dios. Dios es amor. El amor de unos por otros deja ver la gloria de Dios. La gloria de Dios se revela en los frutos de santidad de sus hijos. Que en este día demos gloria a Dios con nuestro testimonio de vida.

“Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte” (Del salmo 67).

Buenos días.

P. José Arcadio SDB.

18/05/2026

Mayo 18 de 2026

Trabajar por el reino de Dios implica estar dispuestos a recorrer el mismo camino de Jesús. Ante los peligros, es posible encontrar otras personas con las cuales unirse y afrontar las situaciones; pero también es posible que impere la idea de “sálvese quien pueda”; viene la dispersión; entonces cada uno tiene que intentar resolver. Jesús experimentó la segunda posibilidad: “está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que se dispersen cada cual por su lado y a mi me dejen solo” (Jn 16,29-33). A la hora de la cruz, sus amigos lo abandonaron. Murió acompañados por el “el discípulo amado” y un grupito de mujeres entre las que estaba su mamá. El amor del Padre fue su ánimo, valor y motivación: “no estoy solo, porque está conmigo el Padre”.

Paradójicamente, esta soledad la asumió Jesús en función de construir el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, como comunidad de hermanos, hijos del mismo Padre Dios, comunidad de fe y amor, un solo rebaño bajo un solo Pastor, unida, iluminada y fortalecida por la gracia de su Espíritu que tuvo a bien comunicarnos. Todo para que nadie estuviera solo. El próximo domingo celebraremos la venida el Espíritu Santo sobre la Iglesia.

La primera lectura nos presenta a Pablo comunicando el Espíritu de Dios, por imposición de manos, a los creyentes de Éfeso (Hch 19,1-8). A ellos luego le escribirá una carta preciosa que encontramos en el Nuevo Testamento como Palabra de Dios revelada.

Por el bautismo también nos fue comunicado el Espíritu Santo. En el sacramento de la confirmación del bautismo acogemos la gracia del Espíritu de Dios, que nos capacita para seguir a Cristo en la Iglesia. Somos templo del Espíritu Santo: “Dios vive en su santa morada” (Del salmo 67). Él está en nosotros como Espíritu que nos santifica. Es el que nos concede la gracia de vivir a Jesús haciendo su voluntad, si así lo decidimos.

En todos los tiempos se requieren personas convencidas del Dios de Jesús para la redención del mundo. Pero este es nuestro tiempo y espacio para realizar la misión que Dios nos ha encomendado, en un mundo donde abundan las soledades no deseadas. Que al igual que Jesús, estemos convencidos de que Dios no nos deja solos; que vale la pena y tiene el máximo sentido trabajar por el Reino de Dios y su justicia. Vivir para otra cosa es desperdiciar la vida.

Buenos dias.

P. José Arcadio SDB.

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