23/05/2026
Nos enseñaron a crecer, pero no a sanar. A producir, pero no a descansar. A sonreír para la foto mientras el alma se desmorona en silencio. Y aquí estamos: una generación que puede hablar con cualquiera en el mundo, pero que ya no sabe cómo hablar con Dios… ni consigo misma. Qué ironía. Tenemos luz en las pantallas y oscuridad en el corazón. Tenemos exceso de información y escasez de paz. Y aun así, en medio del ruido de esta época, Dios sigue haciendo lo mismo de siempre: llamar hombres y mujeres cansados por su nombre.
Quizás por eso el domingo sigue teniendo algo sagrado. Porque mientras el mundo corre, hay un lugar donde el tiempo se detiene y el alma vuelve a respirar. Donde nadie necesita fingir perfección para ser abrazado por la gracia de Dios. Mateo 16:26 pregunta: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”. Tal vez esa es la pregunta que esta generación ha evitado demasiado tiempo. Este domingo no vengas por costumbre. Ven porque todavía hay palabras capaces de reconstruir lo que la vida rompió. Ven porque Dios aún sigue levantando personas desde las ruinas. Y porque, aunque muchos dejaron de creer en lo eterno, el cielo todavía sigue creyendo en nosotros.