25/08/2026
Hay una batalla que muchas veces ocurre en silencio: la lucha entre nuestra voluntad y la voluntad de Dios.
Morir al yo no significa dejar de ser quienes somos. Significa dejar de vivir gobernados por el orgullo, el ego, nuestros deseos y nuestra necesidad de tener el control, para permitir que Cristo sea quien gobierne nuestra vida.
Jesús nos dejó el mayor ejemplo. Aun teniendo toda gloria, decidió humillarse, hacerse siervo y entregar su vida por amor. (Filipenses 2:2-7)
Y Pablo pudo decir:
“Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.”
Gálatas 2:20
Porque cuando el yo muere, algo nuevo comienza a vivir en nosotros: Cristo, su carácter, su amor, su humildad y su propósito.
Morir al yo es aprender a decir:
“No se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Es soltar aquello que queremos controlar.
Es dejar el orgullo para escoger la humildad.
Es dejar de buscar nuestra propia gloria para darle toda la gloria a Dios.
Y aunque morir al yo puede implicar renuncias, también nos recuerda que nuestra historia no termina allí. El mismo Dios que levantó a Jesús también nos dará vida con Él. (2 Corintios 4:14)
Que cada día podamos morir un poco más a nosotros mismos, para que Cristo viva cada vez más en nosotros.
Menos de mí. Más de Cristo.