16/08/2026
🇨🇴Es momento de la hermandad, de la unidad; es momento de mantener viva la fe y puesta nuestra esperanza en el Señor🇨🇴
La liturgia de este domingo nos pone frente a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cómo vivimos la hermandad con aquellos que son diferentes a nosotros? Como cristianos y discípulos de Jesús debemos tener una respuesta clara: no hay distinción. Todos estamos llamados a ser uno con el Padre, así como el Padre es uno con el Hijo y con el Espíritu Santo.
El Evangelio debe incomodarnos e interpelarnos. Debe llevarnos al cuestionamiento, a la reflexión y al discernimiento de aquello que el Señor nos manifiesta. Pero, sobre todo, debe llevarnos a preguntarnos cómo hacemos vida su Palabra. Porque nuestra vida es el terreno donde esa semilla debe germinar, y somos nosotros quienes debemos disponer el corazón para convertirlo en terreno fértil.
Hoy, en Colombia, hay un grito de dolor. Es el grito de nuestros hermanos que lo han perdido todo, de quienes viven momentos de angustia, incertidumbre y desesperanza. Y ante ese dolor no podemos ser indiferentes.
«Señor, Hijo de David, ten compasión de mí».
Ese grito también debe interpelarnos. Debe convertirse en el sentido de nuestra vida cristiana: estar al lado de quienes sufren, acompañar a quienes atraviesan la tragedia y tender la mano a quien hoy necesita de nosotros.
Porque no basta con escuchar la Palabra; hay que hacerla vida. Quien permanece indiferente ante el sufrimiento del hermano todavía no ha dispuesto plenamente su corazón para ser terreno fértil y dejar que la Palabra transforme su existencia.
El Señor nos recuerda: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Y en ese llamado encontramos también una invitación a salir de nosotros mismos, a mirar al que sufre y a comprender que el dolor del otro también nos concierne.
La hermandad no consiste solamente en estar con quienes piensan como nosotros, sienten como nosotros o viven como nosotros. La verdadera hermandad comienza cuando somos capaces de reconocer al otro como hermano, especialmente cuando atraviesa el dolor.
El amor de Dios nos conduce a vivir la libertad: la libertad de amar sin distinciones, de servir sin condiciones, de acompañar sin preguntar de dónde viene el otro y de hacer de nuestra fe una respuesta concreta ante el sufrimiento.
Que hoy nuestra oración no sea solamente por nosotros. Que sea también por quienes necesitan una mano, una palabra, una compañía y una esperanza.
Que el Señor nos permita ser terreno fértil, labradores de su Palabra y testigos de un amor que no excluye, sino que abraza.
Porque donde hay dolor, nuestra fe debe convertirse en solidaridad; donde hay desesperanza, en esperanza; y donde hay división, en hermandad.