15/08/2026
Hay una esclavitud que no necesita cadenas: vivir pendiente de lo que otros piensan de ti.
Todos hemos pasado por eso: querer agradar, evitar que alguien se enfade, buscar aprobación o dar demasiadas vueltas a lo que otros van a decir. El problema aparece cuando esa necesidad empieza a decidir por nosotros.
Pablo lo plantea de forma directa e incómoda: «¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?» Y remata con algo contundente: «Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gálatas 1:10).
No se trata de volverse insensible, orgulloso o cerrarse a la corrección. Se trata de no permitir que la opinión ajena sea quien gobierne nuestras decisiones.
Proverbios 29:25 lo resume bien: «El temor del hombre pondrá lazo; mas el que confía en Jehová será exaltado».