28/05/2026
La Solemnidad del Corpus Christi nos introduce en el misterio más desconcertante y sublime de la fe: un Dios que no solo se acerca, sino que se queda. En la Eucaristía, Cristo no ofrece algo de sí, sino que se entrega totalmente; no da un símbolo, sino su propia vida como alimento.
En un mundo marcado por el vacío, la prisa y la superficialidad, el Pan eucarístico se presenta como presencia silenciosa y fiel, que no se impone, pero transforma. Allí, en la humildad de un trozo de pan, late el corazón de Cristo, recordándonos que Dios actúa desde lo pequeño, desde lo oculto, desde lo cotidiano.
En el Corpus Christi, la Iglesia no solo contempla un misterio: lo vive, lo recibe y está llamada a encarnarlo.