24/08/2026
Duodécimo Domingo del Ciclo de San Mateo
====================================
“¿Quién pues podrá salvarse?” (Mateo 19:25)
Mateo nos presenta hoy un relato incómodo para muchos, si no para todos. El joven rico se acerca al Señor Jesús con la única intención de auto justificarse mediante su pregunta inicial: “¿Qué cosa buena haré para tener la vida eterna? (Mateo 19:16). Este joven rico del Evangelio es un símil de muchos de nosotros que acuden a la Iglesia para decir “soy un cristiano practicante”, “sigo al Señor”, “leo la Biblia”, “domino la teología”, etc.
El cristiano siempre quiere aparentar lo que no es por comodidad o desidia ya que ser cristiano, esencialmente es hacer, no ser, es decir, es aquella persona que se define por sus acciones y comportamientos, no por sus grandilocuentes declaraciones públicas.
El estilo de vida del joven es el de una persona apegada a la letra de la Ley judía, como queda claro en el texto: “Todo esto he guardado” (Mateo 19:20). No hay matado, no ha adulterado, no ha robado, no ha mentido, ha honrado a su padre y a su madre y, seguramente, ha amado a su prójimo como a si mismo. Todos hemos cumplido estos mandamientos en cierta forma, quien más y quien menos.
A pesar de esto, Jesús marca la diferencia y eleva la marca diferenciadora del cristianismo para llevarnos a Su ideal de vida a la cual nos invita: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dalo a los pobres; y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme” (Mateo 19:21). Jesús sabía que el joven se daba cuenta de que faltaba algo en su vida y en ese momento Jesús le hizo un pedido especial al joven. Le dijo que debía vender todas sus posesiones, dar el dinero a los pobres y seguirlo. En realidad, Jesús le dio la oportunidad al joven de mostrar si estaba dispuesto a renunciar a sus riquezas y seguir a Dios de todo corazón. Es la prueba divina que rompe nuestro orgullo y nuestra cómoda autodefinición de cristianos.
Por esto, el joven rico se puso triste porque tenía muchas cosas valiosas y no quería desprenderse de ellas. Amaba a sus riquezas más que a Dios, por lo que se fue triste, perdiendo la oportunidad de encontrar la vida eterna porque el Señor requería de él algo que no estaba dispuesto a cumplir. La lección del relato del joven rico es que a veces las cosas materiales pueden alejarnos de Dios. Es importante recordar que, como cristianos, Dios debe ser nuestra principal prioridad en la vida y debemos estar dispuestos a renunciar a cualquier cosa que nos impida seguirlo. Esto no significa que cada uno deba vender todo lo que tiene, no es eso. Pero sí debemos estar dispuestos a priorizar a Dios en nuestras vidas por encima de todo, incluidas las riquezas materiales, con la finalidad de construir puentes de luz que nos vinculen con la abrumante necesidad que nos rodea.
La perfección a la cual nos llama Jesús es la capacidad de desligarnos de la esclavitud de las posesiones que nos agota mediante la alta pared que construye a nuestro alrededor, evitando que tengamos una visión clara y real de lo que nos circunda. Acumular mucho nos aísla y nos desconecta con una realidad que no queremos ver y de la cual no queremos hacernos responsables por miedo. Nos aterra tener que relacionarnos con personas necesitadas, desconfiamos de ellos, cuidamos nuestro confort y comodidad que hemos alcanzado y no deseamos exponer nuestras posesiones a una merma considerable.
San Juan Crisóstomo ya en el siglo IV decía que si los cristianos vivieran con los necesario, no existirían los pobres. “¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: Tuve hambre, y no me disteis de comer, y más adelante: Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos” (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el evangelio de San Mateo).
Nuestros alucinantes templos y nuestra solemne ritualidad no es reflejo de una expresión cristiana verdadera, sino es una mal entendida herencia de un pasado imperial actualmente desenfocado del mensaje de salvación del Evangelio.
Debiéramos pensar, más bien, qué hacemos con Cristo, cuando lo contemplamos errante, peregrino, hambriento, sin techo y, sin recibirlo, nos dedicamos a adornar los pisos, paredes y las columnas del templo. Con gruesas cadenas sujetamos lámparas, y evitamos visitarlo cuando está encadenado en la cárcel. Lo que se pretende es hacer lo uno sin descuidar lo otro. Es más, Jesús nos exhorta a que sintamos mayor preocupación por el hermano necesitado que por la p***a del templo. Nadie, en efecto, resultará condenado por omitir esto segundo, en cambio, el castigo eterno está destinado para quienes descuiden lo primero.
Solo de esta forma estaremos en condiciones de seguir la senda que nos traza el mismo Señor Jesús: “¡Vengan, benditos de mi Padre! Hereden el reino que ha sido preparado para ustedes desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me recibieron; estuve desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; estuve en la cárcel, y vinieron a mí” (Mateo 25:34-36).
Solamente estos podrán salvarse porque Dios ha sido capaz de hace lo imposible, posible; la utopía, realidad; el castigo eterno, salvación perpetua.
Padre Jorge Suez Malouf
Viña del Mar, Chile, 23/8/2026