25/12/2025
“Eʟ ᴘᴜᴇʙʟᴏ ᴏ̨ᴜᴇ ᴄᴀᴍɪɴᴀʙᴀ ᴇɴ ᴛɪɴɪᴇʙʟᴀs ᴠɪᴏ ᴜɴᴀ ɢʀᴀɴ ʟᴜᴢ” (Is 9,2).
Esta Palabra resuena hoy con fuerza en nuestra historia y en nuestros corazones. En medio de noches largas, de incertidumbres, dolores y cambios profundos, vuelve a brillar una luz: la luz de Dios que quiere nacer nuevamente en cada uno de nosotros.
Vivimos tiempos marcados por guerras que desgarran pueblos, por divisiones que hieren la convivencia y por el clamor silencioso de tantos hermanos que sufren: el enfermo, el prisionero, el migrante, el solitario, quienes están lejos de sus familias, los que cargan angustias profundas o atraviesan dificultades de salud mental. También nuestra casa común llora, herida por el cambio climático y la destrucción de la creación que nos fue confiada. Son muchos los signos de oscuridad, pero no son la última palabra.
En esta noche santa irrumpe el Príncipe de la Paz, no con poder ni violencia, sino con la fragilidad de un niño. El Emmanuel, el Dios con nosotros, entra en nuestra historia para transformarla desde dentro y encender la esperanza allí donde parecía apagada.
En este Año Santo Jubilar de la Encarnación, recordamos con asombro que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Dios no permanece lejano: habita nuestra vida concreta, nuestras alegrías y heridas, nuestras búsquedas y cansancios. Se hace especialmente visible en el Cristo sufriente que pasa a nuestro lado cada día, en el rostro del pobre, del que llora y del que espera una mano tendida.
La Sagrada Familia nos ofrece un camino. María, abierta a la escucha y confiada aun en medio del desconcierto; José, custodio fiel y valiente en el silencio; y el Niño Jesús, esperanza hecha carne para toda la humanidad. En la sencillez del pesebre descubrimos que Dios nace donde hay amor, unidad y disponibilidad.
El Papa Francisco nos exhortó tantas veces a no dejarnos robar la esperanza, recordándonos que la esperanza no defrauda porque se apoya en Dios que camina con su pueblo. Aun en las pruebas más duras, el Niño Jesús ilumina nuestro andar y nos sostiene.
Que esta Navidad nos impulse a construir un pesebre en el corazón y en la vida, con gestos concretos de paz, justicia y misericordia, con una preocupación real por el otro. Que no permanezcamos inmóviles, sino que avancemos como comunidad y como humanidad, sirviendo con amor, discernimiento y verdad.
Padre, que esta Navidad sea para nosotros, en nuestra patria y en el mundo, una noche de paz y alegría, una noche de amor y misericordia. Amén.
Y que la estrella de Belén siga anunciándonos la alegría y la esperanza de la navidad.