17/05/2026
La solemnidad de la Ascensión del Señor que hoy celebramos y Pentecostés, que celebraremos el próximo Domingo, son dos fiestas que brotan de la gran celebración de la Pascua de este año. No son fiestas separadas, ambas prolongan y profundizan la Pascua, porque muestran el sentido profundo de la resurrección del Señor, único mediador entre Dios y los seres humanos. En su propia humanidad Él da Gloria al Padre en su retorno al cielo y, por otro lado, nos dice: "Yo estoy siempre con ustedes hasta el fin del mundo". Su vuelta al Padre e un modo nuevo de estar con nosotros.
El Señor le confía su misión de anunciar el Evangelio a un grupo pequeño y frágil, incompleto y con algunos que todavía dudaban. Duda y fragilidad que impiden adueñarse de Dios. La Iglesia es servidora de la salvación de la humanidad y lo realiza no por méritos propios, sino por voluntad de Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo que la habita. Por eso, en la fiesta de la Ascensión pensamos en nuestra respuesta frente al mandato de Jesús, de qué manera, en comunidad y personalmente, obedecemos al envío.
El mandato es a toda la Iglesia: estamos todos llamados al anuncio de la buena noticia de Jesús y a celebrar e incorporar el mundo a la vida Trinitaria, por la vida sacramental. Es fiesta, entonces, de misión, fiesta de respuesta de amor a la obra de Jesús y, sobre todo, de la firme convicción de su presencia en medio de nuestra pequeñez. Él sigue siendo el gran misionero, solo Él nos inserta en la vida de la Trinidad.
¡Feliz y bendecido Domingo para todos!🙌🙏⛪
Hoy, nosotros, por nuestra misión, de algún modo, ascendemos al cielo con él. El Señor, al asumir nuestra humanidad, nos ha asumido a todos y por eso todo bautizado tiene la alegría y la conciencia de saber que ya reina con Cristo en el cielo junto al Padre, al tiempo que peregrina en las dudas y en las imperfecciones de este mundo.