30/05/2026
Cada vez más educados, los hombres del siglo veinte tienden a enfatizar alguna clase de determinismo. Usualmente es uno de dos tipos: Determinismo químico (como propuso el marqués de Sade y como hoy mantiene Francis Crick) o determinismo psicológico (como fue enfatizado por Freud y por aquellos que lo siguieron)
En el primero, el hombre es un peón de las fuerzas químicas. En el segundo, cada decisión que el hombre toma ya está determinada con base en lo que le ha ocurrido en el pasado. Así que, ya sea determinismo químico o determinismo psicológico, el hombre ya no es responsable de lo que es o hace, ni puede estar activo en hacer historia significativa. Ahora el hombre no es más que una pieza de una máquina cósmica.
La perspectiva bíblica del hombre no podría ser más diferente. Romanos 1:21-22 dice “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios”. El énfasis
completo de estos versículos es que el hombre ha conocido la verdad y deliberadamente se apartó de ella. Pero, si eso es así, entonces el hombre es maravilloso: él puede influenciar realmente la historia de manera significativa.
Ya que Dios creó al hombre a su propia imagen, el hombre no está atrapado en las ruedas del determinismo. En cambio, el hombre es tan grande que puede influenciar la historia para sí mismo y para otros, para esta vida y para la porvenir.
Francis Schaeffer (extraído del libro Muerte En La Ciudad)