03/07/2026
¿A QUIÉN SALVARÍAS: AL BEBÉ O AL PERRO?
Navegando en redes sociales fue posible encontrar una pregunta muy interesante: En caso de que se encuentren en peligro un bebé y un perro, de tal manera que salvar a uno representa dejar morir al otro, ¿a quién salvarías? Lo sorprendente, a la vez que decepcionante, es que la mayoría de los que respondieron, dijeron que sin pensarlo salvarían al perro.
El animalismo se está volviendo una moda muy ruidosa en el mundo virtual, y este movimiento defiende que los animales son merecedores de los mismos derechos que tienen los seres humanos. Lo que es más grave, el animalismo parte de la premisa de que el ser humano no es el centro de la creación, y que todo animal, sea pequeño o grande, tiene la misma dignidad que lo llevaría a merecer el mismo nivel de respeto que se le otorgaría a un humano. Obviamente, esta visión contraviene la perspectiva bíblica, la cual predica que el hombre tiene un estatus especial ante Dios, quien le ha dotado de capacidad para sojuzgar la tierra en mayordomía.
Fuera de que el animalismo se esté volviendo muy atractivo para una generación acostumbrada a los placeres, muy poco adaptada a los compromisos, y con un gran deseo de ver en sus mascotas sustitutos de un hijo, ¿es sostenible dicha ideología?
1) En primer lugar, es absurdo pedir que los animales gocen de derechos al mismo nivel que los humanos, pues esto implicaría que también deben ser seres sujetos a obligaciones. Bajo un esquema animalista, un perro debería ser procesado penalmente si muerde a un humano y lo mata de rabia; sin embargo, quien se hace responsable de un perro que atacó a una persona, o a otro animal, es su dueño humano. En el fondo sabemos que los animales no son seres morales ni racionales, y por lo tanto es inútil defender que estos gocen de derechos.
2) La mayoría de los que ensalzan la “bondad pura de los animales” en contraste con la “maldad hipócrita” de los humanos, generalmente tienen en mente perros, gatos, caballos, borregos, vacas, y demás mamíferos domésticos, muy familiares para las personas. También piensan en animales salvajes muy populares como leones, hipopótamos, elefantes, tigres, o venados. Sin embargo, muchos de ellos no tendrían escrúpulos para aplastar a un mosquito que les está succionando la sangre, o correr a golpes de escoba a una rata de alcantarilla que decidió entrar a su casa. El que desee ser un animalista íntegro deberá tratar parejo a todos los animales, no solamente a los lindos, cariñosos u honorables. Sin embargo, esto en la práctica es imposible: respetar la vida de la mosca que vuela en la casa implicará que los alimentos terminen contaminados, o permitir que los gatos se reproduzcan libremente en un territorio producirá que desaparezcan otras especies que funjan como sus presas. Recuerden: Esterilizar gatos, de acuerdo al animalismo, es atentar contra un derecho fundamental de ellos. Proceder de un punto de vista pragmático, y decir que es lo mejor esterilizarlos, es indirectamente aceptar que el humano tiene cierta superioridad racional que lo responsabiliza de controlar la población de otros seres vivos.
3) Aquellos que defienden a capa y espada a un animal, suelen humanizarlo. Un perro se nos hace tierno y deseable porque vemos reflejadas en él características humanas. Es por eso que muchas mascotas reciben un auténtico tratamiento de hijos, y no de animales. Solemos sentirnos más identificados con el Rey León, que con un león con el hocico lleno de sangre de cebra en la sabana. La rata Remi de Ratatouille se nos hace simpática, pero le tenemos pavor al roedor que sale con los ojos saltones y los dientes amenazantes de una alcantarilla contaminada rumbo a nuestra cocina. Aunque no lo queramos, hacemos distinción entre un animal real, y una imagen idealizada que nos creamos de dicho animal. Por lo tanto, el hecho de que muchos deseen encontrar en los animales cualidades humanas, habla de la superioridad que tienen los humanos respecto a las demás especies.
CONCLUSIÓN: El animalismo no es sostenible, no solo es impráctico, también es absurdo, y solo pone en evidencia a una humanidad moralmente en decadencia, que ha perdido su norte teleológico, y que solo busca auto complacerse detrás de supuestas acciones piadosas en favor de los animales. Esto no quiere decir que el humano tenga el derecho a maltratarlos, pero sí a dimensionarles en su justa medida, sin exagerar su importancia.