18/03/2026
El pasaje de Epístola a los Romanos 6:5-6, escrito por Pablo de Tarso, enseña que la salvación no es solo un perdón externo, sino una unión real y espiritual con Cristo, donde el creyente participa tanto en su muerte como en su resurrección; al decir que fuimos “plantados juntamente con Él”, Pablo revela que estamos profundamente unidos a Cristo como una misma vida, de modo que así como Él murió, también nuestro “viejo hombre” (nuestra naturaleza pecaminosa dominada por el pecado) fue crucificado con Él, no como símbolo sino como una realidad espiritual ya cumplida, con el propósito de que el “cuerpo del pecado” (es decir, el sistema o dominio donde el pecado ejercía poder) sea destruido en cuanto a su autoridad, no eliminado totalmente, sino debilitado para que ya no tenga señorío sobre nosotros; por tanto, el creyente ya no es esclavo del pecado, sino libre en Cristo, viviendo ahora una nueva vida bajo el poder de su resurrección, lo que implica que aunque aún exista lucha, la identidad ha cambiado radicalmente, pasando de esclavitud a libertad, de muerte a vida, y de dominio del pecado a dominio de la gracia.