Centro Familiar Cristiano, Pitrufquén

Centro Familiar Cristiano, Pitrufquén 💒¡Bienvenid@s!
🧑‍🧑‍🧒‍🧒Familiar: DOM 11:00am
❤️‍🔥JÓVENES: VIE 21:00pm
📍Blanco Encalada.145 - Pitrufquén
Para más info ⤵️

Jaime Rubilar Romero y su esposa Ruth Campos Meriño
Pastores principales del Ministerio Centro Familiar Cristiano. JAIME ROMAN RUBILAR ROMERO, nació en Pitrufquén, región de la Araucanía, el 28 de Enero de 1952. Conoció al Señor Jesucristo siendo aún un niño de 10 años, y fue bautizado el 25 de Diciembre de 1967. Contrajo Matrimonio con Ruth Campos Meriño, el 30 de Junio de 1972, de cuyo matrimoni

o nacieron tres hijos, Alvaro, Carina y Fabiola. A los 30 años fue llamado al ministerio pastoral a través de una profunda crisis de enfermedad en su hija menor, ingresando a estudiar para preparse como ministro. El 26 de Noviembre de 1988 egresa del Instituto Teológico Bautista de Temuco, Chile, con certificado de estudios teológicos. El 2 de Septiembre de 1989, son ordenados publicamente al pastorado en la Iglesia Bautista Millaray de Temuco, donde fueron pastores durante 17 años. Simultaneamente desde el año 1991 hasta el 2001 fue profesor en diferentes asiganturas del Instituto Teológico Bautista de Temuco. El 19 de Noviembre de 1993 egresa del Seminario Teológico Bautista de Santiago con diploma de estudios teológicos. El 29 de Noviembre de 1996 el Seminario Teológico Bautista de Santiago le otorga el certificado de Bachiller en Teología. El 1 de Enero del 2002, renuncian voluntariamente a la iglesia tradicional Bautista y abrazan el trabajo de la Visión Celular. El 3 de Diciembre de 2006 nace el Centro Familiar Cristiano de Pitrufquén, IX Región de la Araucanía, siendo sus pastores desde entonces. Posteriormente se abrieron misiones de la misma corporación en Temuco, Metrenco, Neltume, Chada y ciudad de Luis Beltrán, Argentina. Desde el año 2014 hasta la actualidad la Iglesia Centro Familiar Cristiano está bajo cobertura de los pastores Luis y Digna Araya de la Iglesia Ministerios Caminos de Fe, discípulos de los Pastores MCI CHILE Rafaél y Jenny Perez. A fines del año 2016 Dios nos cumple el sueño de Inaugurar nuestro nuevo templo, con mayor capacidad y mejor infraestructua, donde pudimos ver su fidelidad a cada minuto. Este año 2017, comienzan nuevas metas y desafios junto a nuestros Pastores Jaime y Ruth, estamos muy agradecidos de Dios por todo lo que ha hecho en Centro Familiar Cristiano, estamos seguros que lo mejor está por venir, y te invitamos a ser parte de esto, eres bienvenido al Centro Familiar Cristiano. Año 2021 la iglesia sigue más fuerte y unida que nunca. A pesar de la Pandemia donde aún existen restricciones impuestas por nuestras autoridades, hemos continuados con las reuniones familiares cada domingo de forma online y durante septiembre se reinician las reuniones presenciales con aforos definidos y siguiendo todas las indicaciones sanitarias. Sin duda, Dios nos ha preparado algo sobrenatural de aquí en adelante, y te invitamos a te que sumes y no pierdas esta gran bendición de estar juntos nuevamente.

05/02/2026

Como iglesia y familia  Centro Familiar Cristiano, queremos informar la partida de Nuestro  pastor y Fundador, Jaime Rom...
24/01/2026

Como iglesia y familia Centro Familiar Cristiano, queremos informar la partida de Nuestro pastor y Fundador, Jaime Román Rubilar Romero (28/01/1952 - 23/01/2026 ), quien venía luchando con una enfermedad hace dos años. Y ayer partió a la presencia de nuestro Señor.

Hombre recto que dedicó su vida al ministerio de nuestro Señor Jesucristo y pastoreó y fundó muchas iglesias para la gloria de Dios, enseñando e instruyendo la sana doctrina, discípulando, aconsejando, exhortando, guiando matrimonios, presentando niños, visitando enfermos, y lo más importante llevando el mensaje de Jesús a las vidas de las personas, siempre con amor y paciencia.
Honramos su legado y lo que Dios hizo a través de Él.
Gracias amado pastor y como decía usted

“Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos.”
‭‭
Q.D.E.P , amado pastor .

21/01/2026

LA JUSTICIA DE DIOS REVELADA
Una travesía devocional por la carta de Pablo a los Romanos

21. La Ley que revela el pecado

Romanos 7:7–13
“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está mu**to. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte. Porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”.

Después de afirmar que ya no vivimos bajo la Ley, Pablo se anticipa a la pregunta inevitable: ¿acaso la Ley es mala? Su respuesta es firme: “En ninguna manera”. La Ley no es el problema; el problema es el corazón humano. El pecado no nació de la Ley, sino que la utilizó como espejo para exhibirse. Lo que era santo, el pecado lo torció; lo que debía guiar, el pecado lo usó para condenar. Como bien se ha dicho, “el problema del corazón es el corazón del problema”: la raíz no está en la norma, sino en la naturaleza humana. La Ley revela el estándar divino; el corazón revela cuán lejos estamos de cumplirlo.

Pablo explica que la Ley cumple una función indispensable: revelar el pecado. “Yo no conocí el pecado sino por la Ley”, dice. La Ley es como una lámpara que ilumina una habitación oscura: no crea el desorden, lo muestra. Cuando el mandamiento dice “No codiciarás”, el corazón humano —naturalmente inclinado al deseo— se descubre culpable. No porque el mandamiento sea injusto, sino porque revela lo que estaba oculto.

La palabra codicia (gr. epithymia) no se refiere solo al deseo material, sino a cualquier anhelo desordenado del alma: la ambición, la envidia, el orgullo, la necesidad de tener o controlar. Pablo, fariseo celoso de la Ley, se enfrentó al décimo mandamiento y comprendió que no bastaba con no robar ni matar; el pecado también vivía en los deseos del corazón. Ese fue su despertar espiritual. La Ley no solo lo acusó, lo desenmascaró.

En cierto modo, la Ley actúa como un cirujano divino: corta para sanar, abre la herida para mostrar lo que hay dentro. No mata por crueldad, sino para revelar la necesidad de un Salvador. Antes de la Ley, el pecado dormía; pero al llegar el mandamiento, despertó. No porque la Ley lo haya creado, sino porque lo hizo visible. Como dice Pablo en otro lugar: “Antes de la Ley había pecado en el mundo; pero donde no hay Ley, no se inculpa de pecado” (Romanos 5:13).

Esa misma función sigue vigente hoy, aunque muchos ya no quieran reconocerlo. Vivimos en una generación que teme la idea del juicio, pero no teme al Dios que juzga. Hay una vaga espiritualidad que habla de “energía”, “universo” o “fe positiva”, pero no de santidad, arrepentimiento ni obediencia. Muchos repiten frases como “Dios sabe que soy buena persona” o “Él me entiende”, sin comprender que la medida no es nuestra bondad comparativa, sino la justicia perfecta de Dios. El hombre moderno no niega los mandamientos, simplemente los reinterpreta. Los considera obsoletos, culturales, negociables. Sin embargo, los principios de la Ley no envejecen porque reflejan el carácter eterno de Aquel que los dio.

Antes de conocer a Cristo, muchos “viven sin Ley”: no sienten culpa, no ven peligro, creen que la moral es un asunto relativo. Pero cuando la Palabra de Dios ilumina la conciencia, el alma despierta al peso del pecado. Lo que parecía libertad se revela como esclavitud; lo que parecía vida sin límites, se muestra como un abismo sin salida. El problema no es la falta de información, sino la distancia del corazón. Como escribió el profeta Oseas: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento” (Oseas 4:6). Solo cuando la luz de la verdad atraviesa la niebla de la autosuficiencia, el hombre comprende que necesita más que motivación: necesita redención.

La Ley, en lugar de justificar, condena. No por maldad, sino por justicia. Y es en ese punto donde el Evangelio se vuelve glorioso: cuando el hombre reconoce su incapacidad, descubre su necesidad. La gracia no humilla, pero exige reconocer la verdad. La Ley nos muestra lo que somos; Cristo nos muestra lo que podemos llegar a ser en Él.

El pecado, dice Pablo, “tomando ocasión por el mandamiento, me engañó”. Así opera la naturaleza caída: usa incluso lo bueno para el mal. La misma Ley que debía guiarnos, se transforma en instrumento de condena cuando el corazón la interpreta sin gracia. La serpiente antigua sigue susurrando: “Podrás cumplirlo, podrás lograrlo por ti mismo”. Es el mismo eco que hoy resuena en la cultura de la autoayuda: “tú puedes”, “tú eres suficiente”, “solo propóntelo y lo lograrás”. Pero el evangelio desarma esa ilusión con una sola frase de Jesús: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). El hombre moderno cambia el altar por el espejo y termina adorando su propio esfuerzo, sin notar que el altar del yo es el más antiguo de los ídolos. Cada intento humano de justificarse por las obras solo multiplica la frustración, porque donde el yo gobierna, la gracia no fluye.

Por eso la Ley no puede salvar. No porque sea débil, sino porque el hombre lo es. La Ley nos muestra el ideal de Dios, pero no nos da la fuerza para alcanzarlo. Nos señala el camino, pero no nos lleva. Nos revela la santidad, pero no nos transforma. Solo Cristo puede hacer eso.

Pablo aclara: “La Ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”. En otras palabras, la Ley no es enemiga del Evangelio; es su aliada. La Ley prepara el terreno, el Evangelio siembra la gracia. La Ley nos hiere, el Evangelio nos sana. La Ley diagnostica, Cristo cura.

El pecado es tan perverso que incluso lo santo puede usarlo para su propósito destructivo. Como un ladrón que se esconde detrás de una ventana limpia, el pecado se oculta detrás del mandamiento y nos engaña con el espejismo de la autosuficiencia. Pero cuando el alma se enfrenta cara a cara con la Ley y reconoce que no puede cumplirla, entonces está lista para abrazar la cruz.

La Ley sin Cristo lleva a la desesperación; Cristo sin la Ley lleva a la licencia; pero la Ley que conduce a Cristo lleva a la salvación.

Muchos creyentes aún viven atrapados en el ciclo de la autoexigencia: intentan complacer a Dios con esfuerzo, cargando culpas por no ser “suficientes”. Pero el Evangelio no exige perfección para aceptar; ofrece aceptación para transformar. Cuando el creyente entiende que la Ley lo llevó al umbral del Calvario, pero que fue Cristo quien abrió la puerta, puede descansar en la gracia sin despreciar la verdad.

El mismo Dios que dio la Ley, dio también al Salvador. No cambió su estándar, cambió nuestro estatus. La santidad sigue siendo su meta, pero ahora es fruto del Espíritu, no del miedo.

ORACIÓN

Señor, gracias porque tu Ley me mostró mi necesidad y tu gracia me dio esperanza. Gracias porque no me dejaste en la condena, sino que me revelaste al Salvador. Guárdame de usar tu Palabra para condenar a otros o justificarme a mí mismo. Enséñame a amar tu Ley como un espejo que me lleva a Cristo, y a vivir cada día dependiendo de tu Espíritu, que cumple en mí lo que yo no puedo lograr.
Amén.

18/01/2026
16/01/2026

LA JUSTICIA DE DIOS REVELADA
Una travesía devocional por la carta de Pablo a los Romanos

15. El amor que nos alcanzó cuando no lo merecíamos

Romanos 5:6–11
“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación”.

El pasaje anterior nos llevó a contemplar la paz con Dios; ahora, Pablo nos invita a mirar el corazón de esa paz: el amor que la hizo posible. Si la justificación nos reconcilia con Dios, es porque un amor inmerecido nos salió al encuentro. Y lo primero que Pablo hace es recordarnos cuándo nos amó Cristo: cuando aún éramos débiles, impíos, pecadores y enemigos. No cuando habíamos cambiado, sino cuando estábamos perdidos. No cuando lo buscábamos, sino cuando huíamos de Él.

El evangelio no es la historia del hombre que busca a Dios, sino de Dios que busca al hombre.
Cristo no murió por los buenos, ni por los justos, ni por los reformados; murió por los culpables. La cruz no fue respuesta a nuestra devoción, sino al desamparo de nuestra condición. Ahí radica la grandeza de este amor: no nos amó porque éramos dignos, sino para hacernos dignos de su amor.

Pablo apela a una lógica humana para mostrar lo ilógico de la gracia: “Apenas morirá alguno por un justo… pero Dios muestra su amor”. El contraste es intencional. El amor humano puede llegar al sacrificio por alguien valioso; el amor divino se entrega por los que no lo merecen. La cruz, vista desde esta óptica, es la inversión más irracional de la historia: el Justo muere por los injustos, el inocente paga por los culpables, el Hijo carga la deuda de los enemigos.

El apóstol resume así la economía de la gracia: cuando éramos débiles, Cristo murió a su tiempo. No fue un acto impulsivo ni improvisado. Fue el cumplimiento perfecto de un plan eterno. Dios no improvisa salvación: la prepara con precisión divina. En el tiempo exacto, en el escenario exacto, en la plenitud de la historia, el Cordero fue inmolado.

Pablo introduce aquí un argumento aún más poderoso: si cuando éramos enemigos Dios nos reconcilió por la muerte de su Hijo, cuánto más nos guardará ahora que somos sus hijos. La lógica del evangelio no tiene grietas: si la cruz nos salvó en nuestra peor condición, ¿cómo no nos sostendrá ahora que pertenecemos a Él? La justificación fue el comienzo; la reconciliación, la relación. Ya no vivimos tratando de alcanzar el favor divino, sino descansando en el amor que ya lo concedió.

Este amor no se demuestra con palabras, sino con sangre. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros…” —el verbo griego synistēsin significa literalmente poner en evidencia, exhibir. En la cruz, Dios hizo visible lo invisible. Allí, el amor eterno se volvió evento histórico. Por eso, el cristianismo no se sostiene en sentimientos, sino en hechos: una cruz levantada, una tumba vacía, una promesa cumplida.

Este pasaje también nos da la medida de nuestro valor. No valemos por lo que logramos, sino por lo que Cristo pagó. A veces el alma, herida o cansada, se pregunta si todavía vale algo para Dios. La cruz responde con una voz más fuerte que toda duda: “Vales tanto, que el Hijo de Dios decidió morir por ti”. El amor de Dios no se mide por nuestra fidelidad, sino por su sacrificio.

Esa certeza cambia nuestra manera de enfrentar la vida. Quien ha sido amado así, ya no vive en culpa, sino en gratitud. El creyente no se esfuerza por ganar el amor de Dios, sino que vive transformado por haberlo recibido. El amor que nos salvó es el mismo que nos sostiene. Y lo más glorioso es que ese amor no cesa. Pablo lo afirma con una convicción que atraviesa los siglos: “Seremos salvos por su vida”. Cristo no solo murió para reconciliarnos, sino que vive para mantener esa reconciliación. Su intercesión constante en el cielo garantiza nuestra seguridad eterna. La cruz fue el inicio, la resurrección es la continuidad. La vida de Cristo en nosotros es la garantía de que lo que comenzó en gracia terminará en gloria.

Por eso Pablo concluye: “Nos gloriamos en Dios”. Ya no nos gloriamos en nuestras obras, ni en nuestros logros, ni en nuestras fuerzas. Nos gloriamos en el Dios que nos amó primero, nos justificó, nos reconcilió y ahora nos sostiene. La fe se convierte en adoración, y la adoración, en descanso.

Como escribió Charles Spurgeon: “Dios no me amó porque Cristo murió; Cristo murió porque Dios me amó”.

El amor de Dios no comenzó en el Calvario, pero allí se hizo visible. Y cada vez que recordamos la cruz, el corazón vuelve al mismo lugar donde comenzó nuestra historia: al momento en que siendo aún pecadores, fuimos alcanzados por un amor que no tiene condiciones ni final.

ORACIÓN

Señor, gracias por amarme cuando no lo merecía. Gracias porque no esperaste mi cambio para ofrecerme tu perdón. Tu amor me encontró en la debilidad y me dio nueva vida. Hazme vivir agradecido por esa gracia, confiando en que si me amaste en mi peor momento, no dejarás de amarme ahora que soy tu hijo. Enséñame a gloriarme solo en Ti, a descansar en tu amor y a reflejarlo en todo lo que haga.
Amén.

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07/12/2023

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