11/08/2026
Nos gusta hacer cosas buenas, pero también nos gusta que sepan que fuimos nosotros quienes las hicimos.
Hay algo dentro de nosotros que, incluso cuando sirve, quiere quedarse con una pequeña parte del crédito. Queremos que sepan que estuvimos ahí, que nuestras manos participaron, que nuestro esfuerzo fue importante. Y quizás no nos damos cuenta de que, delante de Dios, deberíamos mirar las cosas de otra manera.
Porque, si somos honestos, ¿qué hicimos nosotros?
Pablo hace una pregunta que debería hacernos detener: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” Y esa pregunta nos devuelve a nuestro verdadero lugar. El talento que tenemos fue recibido. La capacidad fue recibida. Las oportunidades fueron recibidas. Incluso la posibilidad de servir a Dios es un regalo.
Entonces, ¿de qué podríamos presumir?
La Biblia habla de la soberbia con una dureza que a veces olvidamos. Proverbios 8:13 dice: “La soberbia y la arrogancia… aborrezco”. Y Proverbios 16:5 declara: “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón”.
Dios aborrece la soberbia porque la soberbia hace que el instrumento quiera quedarse con la gloria del artista.
Pensemos en un pincel en las manos de un gran pintor. El pincel no creó la obra. No imaginó el cuadro, no escogió los colores ni decidió qué quería expresar. Simplemente estuvo disponible en las manos del artista.
Y, aun así, qué honor para ese pincel haber sido escogido para formar parte de una obra hermosa.
Así deberíamos mirar nuestra vida con Dios.
Nosotros no somos la fuente. Somos instrumentos. No somos los autores de lo que Dios hace; somos personas a las que, por gracia, se les permitió participar.
Y eso no debería hacernos sentir menos. Al contrario: debería llenarnos de gratitud.
Porque Dios no nos necesita. Y precisamente por eso es tan hermoso que quiera usarnos.
Quizás por eso el segundo lugar sea un lugar tan precioso. No porque valemos menos, sino porque sabemos quién merece el primero. No necesitamos ocupar el centro para que nuestra vida tenga sentido.
Juan el Bautista entendió esto cuando dijo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”.
Qué libertad hay en esas palabras.
Poder hacer algo hermoso sin necesitar que nuestro nombre aparezca debajo. Poder servir sin exigir reconocimiento. Poder ser utilizados por Dios y sentir que eso, por sí solo, ya es un privilegio inmenso.
Porque si algún día Dios nos permite formar parte de algo grande, nuestra respuesta no debería ser: “Miren lo que hice”.
Debería ser: “Qué honor que Dios haya querido usarme para esto”.
Al final, no nos merecíamos el pincel, ni el lienzo, ni la oportunidad de participar en la obra.
Todo fue gracia.
Y si todo fue gracia, entonces podemos estar tranquilos en el segundo lugar.
Porque desde allí podemos contemplar lo que Dios hizo y decir:
“Yo no pinté este cuadro. Solo tuve el privilegio de estar en las manos del Pintor.”