17/05/2026
¿DE QUÉ ESPÍRITU ERES?
Hay una pregunta que la Iglesia necesita volver a hacerse con urgencia: ¿De qué espíritu están naciendo nuestras palabras?
Hoy escuché el testimonio de una mujer que durante años estuvo sumergida en el ocultismo y el satanismo. Desde niña fue entregada a las tinieblas, y entre las muchas cosas impactantes que relató, hubo una que estremeció profundamente mi corazón: contó que muchas veces enviaban espíritus demoníacos contra las iglesias, no necesariamente para atacarlas desde afuera, sino para influenciar a los mismos creyentes a hablar mal unos de otros, murmurar, dividir, despreciar y contaminar el ambiente espiritual del Cuerpo de Cristo.
Y entonces comprendí algo: Satanás no siempre destruye la Iglesia persiguiéndola. Muchas veces intenta destruirla haciendo que ella misma se ataque.
Por eso hoy vemos con tanta facilidad burlas hacia los hermanos, desprecio hacia congregaciones, ataques constantes entre denominaciones, críticas cargadas de odio contra pastores y expresiones peyorativas hacia los creyentes. Y lo más delicado es que muchos creen que simplemente están “opinando”, sin discernir el espíritu que puede estar operando detrás de sus palabras. La Biblia dice que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Las palabras revelan quién gobierna el interior del hombre.
Por eso resulta tan revelador el caso del endemoniado gadareno. La Escritura dice que vivía entre sepulcros y que se hería continuamente con piedras (Marcos 5:5). Aquella escena no es sólo física; es profundamente espiritual. Porque todo hombre dominado por las tinieblas termina destruyéndose a sí mismo.
Y aquí está la revelación: La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Nosotros somos miembros los unos de los otros. Entonces, ¿qué sucede cuando alguien dedica su boca a destruir constantemente al propio Cuerpo?¿Qué ocurre cuando un creyente vive golpeando a sus propios hermanos con palabras?
Es la imagen del gadareno: un hombre golpeándose a sí mismo sin darse cuenta. Nadie en su sano juicio hiere su propio cuerpo. Sólo alguien dominado por otra naturaleza.
Y esto me recuerda uno de los momentos más impactantes del evangelio. Cuando Jesús iba camino a Jerusalén, pasó por una aldea de Samaria y los samaritanos no quisieron recibirlo. Entonces Jacobo y Juan, llenos de indignación, dijeron: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54).
Humanamente parecía celo espiritual. Parecía defensa de Dios. Parecía pasión santa. Pero Jesús se volvió y los reprendió diciendo: “No sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:55).
Qué palabra tan poderosa.
Ellos hablaban de fuego, pero Cristo discernía el espíritu detrás de sus palabras. Porque no todo lenguaje aparentemente espiritual viene del Espíritu Santo. Hay palabras que parecen celo, pero nacen del orgullo. Palabras que parecen verdad, pero están llenas de odio. Palabras que parecen discernimiento, pero vienen de un corazón contaminado por amargura.
Jesús les estaba diciendo: “Ustedes quieren destruir personas, pero no entienden Mi espíritu. Yo no vine a consumir hombres, sino a salvarlos.”
Y eso sigue siendo necesario hoy.
Porque muchos creen que tienen discernimiento espiritual sólo porque critican iglesias, denuncian pastores o atacan congregaciones. Pero el verdadero discernimiento nunca pierde el amor. El Espíritu Santo corrige para restaurar, no para destruir.
El diablo es llamado “el acusador de los hermanos”.
No el restaurador. No el consolador. No el edificador.
Por eso debemos examinarnos profundamente:
¿Cómo hablamos del Cuerpo de Cristo?
¿Qué clase de contenido consumimos?
¿Qué sale de nuestra boca cuando hablamos de otros creyentes?
Porque cuando una persona vive permanentemente despreciando, ridiculizando y atacando a los hermanos, debe detenerse y preguntarse: ¿Estoy hablando desde el Espíritu de Dios o desde otro espíritu?
Romanos 8 dice que los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios. Y ese Espíritu produce amor, dominio propio, mansedumbre, bondad y verdad.
El Espíritu Santo nunca inspira burla hacia la Iglesia que Cristo compró con Su sangre. Nunca produce placer en destruir hermanos. Nunca convierte la corrección en humillación pública.
Sí, existen errores que deben ser confrontados.
Sí, existe falsa doctrina.
Sí, existe manipulación religiosa.
Pero una cosa es corregir desde el corazón de Cristo, y otra muy distinta es hablar desde un espíritu de acusación constante.
Hoy más que nunca necesitamos una boca gobernada por el Espíritu Santo. Palabras que sanen, palabras que edifiquen, palabras que restauren.
Porque al final, nuestras palabras siempre revelarán de qué espíritu somos…
Pastor Christián Inzunza