25/08/2026
Hoy vemos con tristeza cómo algunas iglesias y denominaciones compiten entre sí, como si el Reino de Dios fuera una marca, un territorio o una propiedad privada. Hay celos entre pastores, comparaciones de ministerios, disputas por reconocimiento y una necesidad constante de demostrar quién tiene más influencia, más miembros o “la verdad completa”.
Pero Cristo no nos llamó a construir plataformas personales, sino a edificar su Iglesia. Un pastor no pierde autoridad porque otro crezca; una congregación no deja de ser valiosa porque otra tenga más miembros; y una denominación no necesita despreciar a otra para defender su identidad. El crecimiento del otro no es una amenaza cuando todos trabajamos para el mismo Señor.
La Escritura nos exhorta:
“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.”
— 1 Corintios 1:10, RVR1960
Cuando la competencia reemplaza al amor, cuando se prohíbe pensar, preguntar o relacionarse con otros creyentes, cuando un líder se coloca por encima de toda corrección y su grupo se considera el único legítimo, comenzamos a caminar por una línea peligrosa: la del sectarismo. La Iglesia puede conservar un nombre cristiano y, aun así, actuar con control, orgullo y exclusividad.
La unidad bíblica no significa que todos pensemos igual en cada detalle. Significa que, aun con diferencias, reconocemos al mismo Cristo, honramos la Palabra, practicamos el amor y dejamos de tratarnos como enemigos. La madurez espiritual no se demuestra aislándose de todos, sino aprendiendo a convivir con humildad, discernimiento y gracia.
Jesús mismo oró por sus discípulos diciendo:
“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.”
— Juan 17:21, RVR1960
Que Dios nos libre de los celos ministeriales, del orgullo denominacional y de esa necesidad de tener siempre la razón. Que nuestros púlpitos no separen lo que Cristo compró con su sangre. Y que el mundo, al mirarnos, pueda ver menos competencia religiosa y más del amor de Jesús.
Antes de preguntar “¿de qué iglesia eres?”, deberíamos preguntarnos: “¿se parece nuestra manera de tratarnos a la oración de Jesús?”
Ps. Leonardo Pizarro B