18/05/2026
Hechos 1:11
En la antesala de Pentecostés hay una escena que no sólo resalta por su emotividad. No es simplemente un momento de despedida, sino una escena de entronización del Cristo resucitado y el inicio del cumplimiento de la voluntad definitiva de Dios en el mundo.
Cuando Jesús se despide de sus discípulos y asciende delante de ellos, les deja una promesa que marcaría para siempre su futuro y el de toda la Iglesia: “Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos…” (Hechos 1:8).
Poco después de pronunciar estas palabras, y mientras ellos veían cómo Jesús ascendía, aparecen aquellos varones con vestiduras blancas anunciando que ese mismo Jesús que ascendía también habría de regresar (Hechos 1:11).
Y es precisamente esa esperanza, esa última promesa, el marco profético sobre el cual debemos reflexionar en este tiempo de Pentecostés.
Cuando Dios envió su Espíritu sobre la Iglesia, no lo hizo solamente para vivir experiencias espirituales o ver milagros, sino para capacitarnos para la misión y la extensión del Reino de Dios en la tierra “hasta que él regrese”.
La promesa de su Espíritu es la garantía de su presencia en nosotros y la certeza de que todo lo que Él prometió, Él lo cumplirá.
Que en este tiempo de Pentecostés podamos reconocer nuestra necesidad del Espíritu Santo, no sólo para vivir momentos espirituales intensos, sino para ser fieles testigos de aquello que nuestros ojos han visto, nuestros oídos han oído y nuestras manos han tocado.
Enzo Muñoz P.
Obispo Administrador
Región Sur Centro