12/09/2025
🔥MUJERES PENTECOSTALES EN CHILE: 116 AÑOS DE FE, SERVICIO Y COMPROMISO
Hablar de la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile (IMP) es también hablar del corazón y las manos de cientos de mujeres que, desde 1909, sostuvieron la obra del Señor con oración, lágrimas, canto y servicio incansable. Son las herederas de aquel avivamiento que comenzó en Valparaíso, cuando el fuego del Espíritu Santo encendió no solo templos, sino vidas enteras (Montero Carvajal, 2013).
Con una fe sin fingimiento, estas mujeres intercedieron por sus familias, visitaron enfermos, enseñaron la Biblia en hogares y escuelas dominicales, y llevaron el mensaje de Cristo por calles, plazas y campos. Muchas veces lo hicieron en silencio, sin cargos oficiales, pero con la autoridad que da el testimonio y la oración perseverante. Su labor fue decisiva para que el pentecostalismo echara raíces profundas en la sociedad chilena (Orellana Urtubia, 2016).
Cuando en 1929 la iglesia obtuvo su personalidad jurídica de derecho privado (a través del Decreto Supremo N.º 2148) comenzó una nueva etapa. La IMP pudo administrar bienes, organizarse en estatutos y tener representación legal (Iglesia Metodista Pentecostal de Chile, s. f.). Pero mientras la estructura institucional crecía, las mujeres ya habían edificado lo más importante: comunidades de fe vivas, templos llenos de oración y generaciones enteras formadas en la Palabra de Dios.
Ellas fueron más que “ayudantes” del avivamiento: fueron pilares espirituales. Mientras algunos discutían sobre teología o estatutos, ellas doblaban rodillas en las vigilias; mientras se planificaban campañas, ellas visitaban enfermos y llevaban consuelo a hogares en duelo. Cada templo levantado en ciudades y pueblos tiene detrás la historia de mujeres que vendieron empanadas, organizaron rifas o lavaron ropa ajena para comprar bancas, biblias y cemento.
El pentecostalismo chileno les debe a estas mujeres mucho más que reconocimiento: les debe su expansión, su mística y su vida espiritual. Investigaciones recientes recuerdan que, aunque a veces invisibles en los documentos oficiales, su huella está en cada milagro, en cada familia restaurada y en cada nueva congregación plantada a lo largo del país (Mansilla & Orellana, 2019). Además, la reflexión teológica del Imago Dei nos recuerda que mujeres y hombres compartimos la misma dignidad y el mismo llamado a servir (Pensamiento Pentecostal, s. f.). No hay en la Escritura un “Evangelio menor” para las mujeres: el mismo Espíritu que descendió en Pentecostés fue derramado sobre todos, sin distinción (Aránguiz Kahn, 2023). Por eso, reconocer su papel no es un gesto de cortesía histórica: es una exigencia bíblica, espiritual y moral.
Hoy, más de un siglo después, las mujeres pentecostales siguen enfrentando desafíos enormes: ser líderes, madres, profesionales y siervas de Dios en un mundo cambiante. Pero si algo enseña la historia es que, cuando la iglesia ora, cuando las hermanas interceden y sirven con pasión, la obra de Dios avanza, sin importar cuán adversos sean los tiempos (Montero Carvajal, 2013; Orellana Urtubia, 2016).
Por eso, esta reseña no es solo memoria: es también gratitud y llamado. Gratitud por aquellas pioneras anónimas que nos heredaron templos, himnos y ejemplos de fe. Y llamado para que las nuevas generaciones de mujeres pentecostales tomen la antorcha, llenas del Espíritu Santo, para seguir siendo columnas de oración, modelos de Cristo y heraldos de esperanza en Chile y el mundo.