23/04/2026
El favoritismo dentro de la iglesia es una realidad silenciosa que contradice directamente el corazón del evangelio. Cuando un pastor muestra preferencia por ciertos miembros —ya sea por influencia, posición, cercanía o beneficio— se rompe el principio de igualdad que Cristo estableció.
La iglesia no es un espacio de jerarquías humanas, sino un cuerpo donde todos tienen el mismo valor delante de Dios. Sin embargo, cuando el trato cambia según la persona, se envía un mensaje peligroso: que algunos son más importantes que otros. Esto no solo hiere a quienes son ignorados, sino que distorsiona la imagen de un Dios justo.
La Biblia es clara al respecto: Dios no hace acepción de personas. Y si el pastor está llamado a representar el carácter de Cristo, entonces su trato debe reflejar esa misma imparcialidad. Jesús no se acercó solo a los influyentes; su ministerio estuvo marcado por su cercanía con los olvidados, los rechazados y los que no tenían nada que ofrecer.
El favoritismo no siempre es evidente. A veces se disfraza de afinidad, de confianza o de costumbre. Pero sus efectos son profundos: divide, enfría y crea barreras invisibles dentro de la comunidad.
La reflexión no es solo para quien lidera, sino para toda la iglesia. Porque donde hay favoritismo, el amor deja de ser genuino. Y donde el amor se distorsiona, el propósito de la iglesia también se debilita.
Al final, el llamado es a volver al modelo de Cristo: un amor sin preferencias, sin condiciones y sin exclusiones.