Esclavo De Cristo Por Gracia

Esclavo De Cristo Por Gracia El proposito de esta pagina es que solo nuestro Señor Jesús sea Glorificado atraves de estudios, sana doctrina, edificación de la iglesia

06/09/2026

Deuteronomio 13–14 | Salmos 99–101 | Isaías 41 | Apocalipsis 11
Tres preguntas:
(1)¿Cómo se reconoce un falso profeta? La Biblia ofrece varios criterios complementarios. Por ejemplo, en Deuteronomio 18:22, se nos dice que si un supuesto profeta predice algo que no ocurre, el profeta es falso. Por supuesto, este criterio no sirve si lo predicho queda aún muy lejos en el futuro. Además, aquí en Deuteronomio 13 se nos advierte que el inverso no es ninguna garantía de la autenticidad de un profeta. Si lo profetizado por el profeta sucedía, o si lograba realizar alguna señal milagrosa, había otro criterio que se debía aplicar. ¿Se trata de un mensaje profético cuyo propósito es incitar al pueblo a dar culto a otro Dios que no sea el Señor que les trajo de Egipto? Lo que presupone este criterio es una comprensión profunda de la revelación anterior. Tienes que saber lo que Dios ha revelado acerca de sí mismo para poder determinar si un profeta te induce a conducir hacia un dios falso. Al falso dios se le puede también atribuir los nombres bíblicos de Dios (como es el caso, por ejemplo, del mormonismo, o de la cristología de los Testigos de Yahvé). La primera carta de Juan indaga más en este criterio: si las palabras del profeta (1 Juan 4:4–6) no encajan con lo que los creyentes hayan oído “desde el comienzo” (1 Juan 2:7; 2 Juan 9), no pueden ser de Dios (ver también las palabras de Pablo en Gálatas 1:8–9)
(2)¿Por qué son peligrosos los falsos profetas? Además de la razón más patente – que enseñan falsa doctrina que hacen que la gente se extravíe del Dios viviente, lo cual, finalmente, atrae el juicio divino – hay dos razones más. En primer lugar, el mismo nombre por el cual son llamados revela el problema esencial. Profesan hablar la palabra de Dios, y esto puede resultar tremendamente seductor. Si se nos acercan y nos dicen, “vamos a pecar descaradamente”, la mayoría de nosotros no escuchará. La seducción de la falsa profecía consiste en su aparente espiritualidad y amor a la verdad. En segundo lugar, aunque los falsos profetas pueden entrar en una comunidad desde el exterior (por ejemplo Hechos 20:29 – y si se trata del exterior “adecuado”, esto les reviste de un aspecto muy atrayente), pueden también surgir desde dentro de la comunidad (por ejemplo Hechos: 30), como es el caso aquí – un miembro de la familia (13:6). Conozco una institución que se estropeó doctrinalmente a causa del nepotismo.
(3)¿Qué es lo que deberíamos hacer? Tres cosas. En primer lugar, hay que reconocer que estos acontecimientos inquietantes no escapan a la soberanía de Dios. Así se muestra aún más primordial la lealtad. En segundo lugar, aprender la verdad, asimilarla en profundidad o estaremos expuestos a la falta de discernimiento. En tercer lugar, hay que purgar la comunidad de los falsos profeta, (mediante un proceso que toma una forma diferente bajo los términos del nuevo pacto: 2 Corintios 10–13; 1 Juan 4:1–6), o acabarán por adquirir un aire de credibilidad, y hacer enormes estragos en el seno de la comunidad.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra: Vol. I (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trans.; 1a edición, p. 160). Publicaciones Andamio.

06/04/2026

Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6
Deuteronomio 8 ofrece una perspectiva teológica importante sobre los cuarenta años de peregrinaje en el desierto. Siendo Dios un Dios personal, es posible relatar esta historia como la historia de la interacción entre Dios y su pueblo: el responde a sus necesidades, ellos se rebelan, ellos se arrepienten – y luego el mismo ciclo vuelve a comenzar de nuevo. Por un lado, es posible contemplar el relato entero desde el punto de vista de la soberanía trascendente y fiel de Dios. Él permanece siempre al mando. Esta es la perspectiva que viene reflejada en este capítulo.
Por supuesto que Dios podía haberles dado todo lo que querían antes de que llegasen a articular sus deseos. Podía haberse dedicado a consentirles y mimarles hasta la saciedad. En lugar de ello, su propósito fue humillarles, ponerles a prueba, e incluso dejar que pasasen hambre antes de, por fin, alimentarles de maná (8:2–3). Moisés insiste que el propósito detrás de esta última experiencia fue que Dios les enseñara que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (8:3). Y más ampliamente, “Reconoce en tu corazón que, así como un padre disciplina a su hijo, también el Señor tu Dios te disciplina a ti” (8:5).
¿Por qué tanta disciplina? La triste realidad es que gente caída como tú y como yo nos fijamos con gran facilidad en los dones que recibimos, al mismo tiempo que ignoramos al Dador. Siempre llega el momento cuando esta tendencia se degenera en el culto a lo creado en lugar del culto al Creador (ver Romanos 1:25). Dios sabe que Israel corre este peligro. Les lleva a una tierra agrícolamente prometedora, con agua suficiente, con riqueza mineral (8:6–9). ¿Cuál sería en un escenario así la probabilidad de que aprendieran la verdad que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor”?
Incluso tras aquellos cuarenta años de disciplina, los peligros resultarán ser enormes. Por lo tanto, Moisés les recalca estas lecciones una y otra vez. Será una vez que el pueblo haya entrado en la tierra y esté gozando de la abundancia considerable que allí encontrará, que los peligros comenzarán. “Pero ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios. No dejes de cumplir sus mandamientos, normas y preceptos que yo te mando hoy” (8:11). Con la riqueza vendrá la tentación a la arrogancia, lo cual incitará al pueblo a olvidarse del Señor que les liberó de la esclavitud (8:12–14). Al final, no sólo acabarán dando más valor a las riquezas que a las palabras de Dios, sino que podrían incluso justificarse a sí mismos, proclamando con orgullo: “Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos” (8:17) – olvidando de manera muy conveniente que incluso la capacidad de producir riquezas es un don que procede de la gracia de Dios (8:18).
¿De qué maneras muestra tu vida que valoras enormemente cada palabra que procede de la boca de Dios, por encima de todas las bendiciones, e incluso de las necesidades, de esta vida?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra: Vol. I (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trans.; 1a edición, p. 155). Publicaciones Andamio.

06/01/2026

2 Corintios 12:9 LBLA
Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí.

05/29/2026

Deuteronomio 2 | Salmos 83–84 | Isaías 30 | Judas
“El Señor es sol y escudo; Dios nos concede honor y gloria. El Señor brinda generosamente su bondad a los que se conducen sin tacha. Señor Todopoderoso, ¡dichosos los que en ti confían!” (Salmo 84:11–12).
Gran parte de este salmo exulta del alegre privilegio y la delicia de morar en la presencia de Dios que, para los hijos del antiguo pacto, significaba vivir a la sombra del templo. “Anhelo con el alma los atrios del Señor; casi agonizo por estar en ellos. Con el corazón, con todo el cuerpo, canto alegre al Dios de la vida.” (84:2). Tener un lugar “junto a tu altar” es tener un hogar, así como el gorrión halla una morada o la golondrina construye un nido (84:3). “Dichoso el que habita en tu templo, pues siempre te está alabando.” (84:4; ver también la meditación del 17 de Abril).
Pero ¿qué ocurre con los dos últimos versículos de este salmo? ¿Acaso no exageran y prometen demasiado? El salmista insiste en que Dios no niega “nada bueno” a aquellos cuyo caminar es irreprensible. Bueno, como todos pecamos, supongo que debe haber una cláusula de escape: ¿Quién es intachable? ¿No es evidente que Dios retiene muchas cosas buenas a un montón de gente cuyos caminos son tan irreprensibles como pueden serlo de este lado del nuevo cielo y la nueva tierra?
Consideremos a Eric Liddell, el famoso atleta olímpico escocés que se homenajea en la película Carros de fuego. Liddell se convirtió en misionero para China. Durante diez años impartió clases en una escuela y, después, pasó al interior del país para realizar una evangelización de primera línea. La obra no solo era desafiante, sino peligrosa, en gran parte por las crecientes incursiones de los japoneses. Finalmente, fue recluido con otros muchos occidentales. Fue una luz resplandeciente de servicio y buen ánimo en el miserable campamento; un faro para los muchos niños que no habían visto a sus padres durante años, un líder abnegado. Pero unos pocos meses antes de ser liberado, Liddell murió de un tumor cerebral. Tenía cuarenta y tres años. Jamás vio a la más pequeña de sus tres hijas en esta vida: su esposa e hijos habían regresado a Canadá antes del barrido japonés que acorraló a los extranjeros. ¿Acaso Dios no le negó una larga vida, años de servicio fructífero, el gozo de criar a sus propios hijos?
La respuesta se halla, quizás, en su himno favorito:
¡Descansa, alma mía! El Señor está de tu parte;
Lleva con paciencia la cruz de la pena y el dolor.
Deja que tu Dios ordene y provea;
En cada cambio, él permanecerá fiel.
¡Descansa, alma mía! Tu mejor Amigo, tu Amigo celestial
Te conduce a un gozoso final a través de caminos espinosos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra: Vol. I (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trans.; 1a edición, p. 149). Publicaciones Andamio.

05/28/2026

Deuteronomio 1 | Salmos 81–82 | Isaías 29 | 3 Juan
“Abre bien tu boca y la llenaré” (Salmo 81:10): el simbolismo es transparente. Dios está perfectamente dispuesto y es capaz de satisfacer todas nuestras necesidades y nuestros deseos más profundos. Implícitamente, el problema consiste en que ni siquiera abrimos la boca para disfrutar del alimento que él provee. La ilustración vuelve en el último versículo: aunque los impíos se enfrentarán al castigo eterno, el Señor dice: “y a ti te alimentaría con lo mejor del trigo; con miel de la peña te saciaría” (81:16).
Por supuesto que Dios habla de algo más que del alimento físico (aunque de igual importancia). El entorno es común tanto en Salmos como en las partes narrativas del Pentateuco. En su misericordia, Dios rescató espectacularmente a su pueblo de la esclavitud en Egipto, respondiendo a su propio clamor de angustia. “Yo libré su hombro de la carga, sus manos se libraron de las canastas. En la angustia llamaste, y yo te rescaté” (81:6–7). Y ahora llega el pasaje que conduce a la frase citada al comienzo de esta meditación:
Escucha, pueblo mío, mis advertencias;
¡ay Israel, si tan sólo me escucharas!
No tendrás ningún dios extranjero,
ni te inclinarás ante ningún dios extraño.
Yo soy el Señor tu Dios,
que te sacó de la tierra de Egipto.
Abre bien tu boca y te la llenaré.
Históricamente, la respuesta del pueblo fue, como siempre, decepcionante: “Pero mi pueblo no me escuchó; Israel no quiso hacerme caso” (81:11). En este caso no se les prometió la satisfacción simbolizada por bocas llenas. Lejos de esto. Dios declara: “Por eso los abandoné a su obstinada voluntad, para que actuaran como mejor les pareciera” (81:12).
Está claro que la naturaleza de la idolatría cambia de siglo en siglo. Hace poco leí unas líneas de John Piper: “El mayor enemigo del hambre de Dios no es el veneno, sino el pastel de manzana. Lo que apacigua nuestro apetito por el cielo no es el banquete de los impíos, sino el constante picoteo entre horas a la mesa del mundo. No es esa película X sino los constantes sorbos de trivialidad que absorbemos cada noche en los programas de máxima audiencia. A pesar de todo lo malo que puede hacer Satanás, cuando Dios describe lo que nos aparta de la mesa del banquete de su amor, siempre acaba siendo un trozo de terreno, una yunta de bueyes y una esposa (Lucas 14:18–20). El mayor adversario del amor de Dios no radica en sus enemigos, sino en sus dones. Y los apetitos más mortíferos no son el tóxico del veneno, sino lo que sentimos por los sencillos placeres de este mundo. Porque cuando sustituimos a Dios por un apetito, apenas sí logramos discernir la idolatría, que además es casi incurable” (Hambre de Dios [Publicaciones Andamio: Barcelona, 2004], 14).
“Abre bien tu boca y la llenaré”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra: Vol. I (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trans.; 1a edición, p. 148). Publicaciones Andamio.

05/27/2026

Números 36 | Salmo 80 | Isaías 28 | 2 Juan
En Números 27:1–11 se nos presenta por primera vez a Zelofehad y sus hijas. Por lo general, la herencia se transmitía a través de los hijos, pero él solo tenía cinco hijas llamadas Maalá, Noa, Jogla, Milca y Tirsa. Este hombre pertenecía a la generación que pereció en el desierto. ¿Por qué preguntaron sus hijas a Moisés si a su linaje se le debía prohibir que heredasen solo porque su descendencia fuera toda femenina? Se nos dice que Moisés “presentó su caso ante el Señor” (27:5). El Señor no solo falló a favor de la petición de las hijas, sino que proporcionó un estatuto que regularizaba esta decisión para casos similares en todo Israel (27:8–11).
Sin embargo, en Números 36 aparece un giro inesperado de esta norma. Los jefes de las casas paternas de Manasés, a la que pertenecía la familia de Zelofehad, preguntan qué ocurrirá si las hijas se casan con israelitas no pertenecientes a su tribu. Aportarían su herencia al matrimonio y la transmitirían a sus hijos que pertenecerían al linaje de su padre. Esto supondría que, a lo largo de los siglos, pudiera haber una redistribución masiva de los territorios tribales y, potencialmente, una falta de equidad entre las tribus. En esta cuestión, también es el Señor quien toma la decisión (36:5). “Ninguna heredad podrá pasar de una tribu a otra, porque cada tribu israelita debe conservar la tierra que heredó.” (36:9). La única opción era que las hijas de Zelofehad se casaran con hombres de su propia tribu, norma que ellas cumplieron con agrado (36:10–12).
Si esto ofende nuestra sensibilidad, deberíamos considerar el porqué.
(1) De forma pragmática, ni siquiera nosotros podemos casarnos con cualquiera: casi siempre contraemos matrimonio dentro de nuestros círculos altamente limitados de amigos y conocidos. Por tanto, en Israel: la mayoría de la gente desearía hacerlo dentro de sus tribus.
(2) Más importante aún: hemos heredado los prejuicios occidentales a favor del individualismo (“Me casaré con quien me plazca”) y del enamoramiento (“No pudimos evitarlo; ocurrió y nos enamoramos). Sin duda, existen ventajas en estos convencionalismos sociales, pero no son más que eso: meras costumbres sociales. Para la mayoría de la gente de todo el mundo, los padres conciertan los casamientos o, lo más probable es que, como mínimo, se realicen con mayor aprobación familiar de la que opera en Occidente. ¿En qué punto se disuelve nuestro amor a la libertad para convertirse en un egocentrismo individualista con poca consideración por los parientes y la cultura, o, en este caso, por la clemente estructura del pacto de Dios que proporcionó una distribución equitativa del territorio?
Vivimos en nuestra propia cultura, claro está, y bajo un nuevo pacto. También tenemos restricciones bíblicas que se imponen a la hora de escoger con quién casarnos (p. ej., 1 Corintios 7:39). Lo que es más importante aún, debemos evitar la abominable idolatría de pensar que el universo debe bailar a nuestro son.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra: Vol. I (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trans.; 1a edición, p. 147). Publicaciones Andamio.

05/26/2026

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5
Cuando se hicieron los planes para dividir la Tierra Prometida entre las doce tribus, se excluyó a Leví. Se les dijo a los levitas que Dios era su herencia: no recibirían territorio tribal, pero vivirían de los diezmos entregados por el resto de los israelitas (Números 18:20–26). Aun así, necesitaban un lugar donde vivir. De modo que Dios ordenó a cada tribu que apartara algunas ciudades para ellos, junto con los pastos circundantes para su ganado (Números 35:1–5). Como los levitas debían enseñar al pueblo la ley de Dios, además de sus deberes en el tabernáculo, las disposiciones del terreno tenía la ventaja añadida de dispersarlos entre el pueblo donde pudieran hacer el mayor bien. Asimismo, sus tierras diseminadas no podían pasar a otras manos que no fueran levíticas (Levítico 25:32–34).
La otra disposición peculiar del territorio establecido en este capítulo es la designación de las seis “ciudades de refugio” (Números 35:6–34). Debían salir de las cuarenta y ocho asignadas a los levitas, tres a cada lado del Jordán. Si alguien mataba a otro, intencionada o accidentalmente, podía huir a una de estas ciudades donde se protegería de la ira de los vengadores de la familia. En una época en la que las peleas de sangre no eran desconocidas, esta norma enfriaba el ambiente hasta que el sistema oficial de justicia pudiera dilucidar la culpa o la inocencia del homicida. Si se le hallaba culpable mediante una prueba convincente (35:30), debía ser ejecutado. Acude a la memoria el principio establecido en Génesis 9:6: quienes derramaran sangre de un ser humano, hecho a imagen de Dios, habrían cometido un acto tan vil que se ordenaba la pena máxima. No se trataba de una lógica disuasiva, sino de valores (cf. Números 35:31–33).
Por otra parte, si se trataba de una muerte accidental y el homicida era inocente de as*****to, no quedaba libre de culpa y se le enviaba sencillamente a su casa, sino que debía permanecer en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote (Números 35:25–28). Solo entonces podía regresar a su propiedad ancestral y retomar una vida normal. Esperar que el sumo sacerdote falleciese podía ser cuestión de días o de décadas. Si el tiempo era sustancial, podía servir para aplacar a los vengadores de la familia de la víctima. Pero el texto no proporciona este razonamiento.
Probablemente existen dos razones para que se estipule que el asesino debiera permanecer en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote. (1) Su muerte marcaba el final de una era y el principio de otra. (2) Y, de forma más importante, puede ser que su muerte simbolizara que alguien tuviera que morir para pagar por la muerte de un portador de la imagen de Dios. Los cristianos sabemos adónde conduce este pensamiento.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra: Vol. I (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trans.; 1a edición, p. 146). Publicaciones Andamio.

05/19/2026

Números 28 | Salmos 72 | Isaías 19–20 | 2 Pedro 1
Uno de los rasgos de los Salmos que describen la llegada al trono, o el reino, de un rey davídico, es la manera como el lenguaje a veces parece exagerado. Este rasgo combina con la tipología Davídica inherente para dar a estos Salmos un doble enfoque. Por un lado, se pueden leer como descripciones algo extravagantes de uno de los reyes Davídicos (en este caso Salomón, según el título); por otro lado, invitan al lector a anticipar algo más que un David, un Salomón, o un Josías.
Así es el caso del Salmo 72. Por un lado, el rey Davídico reinaría en justicia, por lo cual es del todo apropiado que este salmo sea dedicado a este tema. En particular, debía ponerse del lado de los afligidos, “a los pobres del pueblo” (72:4), de aquel que “no tiene quien lo ayude” (72:12). Debe oponerse al opresor y al violento, estableciendo justicia para los que de otra manera sufrirían la opresión y la violencia (72:14). Su reino debe caracterizarse por la prosperidad, la cual es “fruto de la justicia” (72:3), principio que en Occidente estamos rápidamente perdiendo de vista. Dios entrará en la nación como un río abundante; el pueblo rogará por su rey; abundará el trigo por todas partes de la tierra (72:15–16).
Por otro lado, parte de este lenguaje es maravillosamente extravagante. En este aspecto el salmo refleja los términos con los cuales otros antiguos reyes de la región se hacían ensalzar. No obstante, dada la tipología Davídica y las crecientes expectativas mesiánicas, es difícil no captar algo más específico. “Que viva el rey por mil generaciones, lo mismo que el sol y que la luna” (72:5) – lo cual se podría aplicar a la dinastía, o bien podría tratarse del deseo extravagante de un rey Davídico puramente humano, pero que, en un sentido literal, puede referirse únicamente a un rey Davídico en particular. “Que domine el rey de mar a mar, desde el río Éufrates hasta los confines de la tierra” (72:8) – lo cual encapsula una preciosa ambigüedad. ¿Son estos mares solamente los mares Mediterráneo y el de Galilea? El término hebreo ¿Debería traducirse (como de hecho es posible) de manera conservadora como refiriéndose al “fin de la tierra”? Tal lectura es muy poco probable. Puesto que no sólo le rendirán homenaje las tribus del desierto (es decir, de tierras colindantes), sino también los reyes de Tarsis - ¡España! – y de otras tierras lejanas le pagarán tributos (72:11). “Que en su nombre las naciones se bendigan unas a otras; que todas ellas lo llamen dichoso” (72:17) – un eco tan contundente como se pudiese imaginar de la alianza de Abraham (Génesis 12:2–3).
Ha venido alguien más grande que Salomón (Mateo 12:42).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra: Vol. I (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trans.; 1a edición, p. 139). Publicaciones Andamio.

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