29/03/2026
“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” — Juan 12:13
Al día siguiente, Jesucristo entró en Jerusalén, pero no como muchos imaginaban.
No vino con ejército, ni con poder político, ni con señales de dominio. Entró montado en un pollino, en sencillez, en humildad.
La multitud lo recibió con entusiasmo. Extendían mantos en el camino, levantaban ramas y proclamaban:
“Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor”.
Había expectativa. Había emoción. Había celebración.
Pero también había confusión.
Muchos pensaban que Jesús venía a resolver su realidad inmediata, a establecer un reino visible, a cambiar circunstancias externas.
Sin embargo, Él venía a hacer algo mucho más profundo: transformar el corazón.
Este día nos deja una reflexión clara, no siempre Dios obra como esperamos. A veces llega de manera distinta, en formas que no encajan con nuestras ideas, pero que responden a un propósito mayor.
La fe no se basa solo en momentos de entusiasmo. La misma multitud que hoy aclamaba, días después guardaría silencio. Seguir a Cristo implica permanecer, no solo celebrar.
Jesús no vino a cumplir expectativas humanas, vino a cumplir el plan de Dios.
Hoy, la pregunta es personal:
¿Estamos siguiendo a Jesucristo por lo que esperamos recibir, o por quien Él es realmente?
“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” — Juan 12:13